Alabarda de Plata

Alabarda de PlataEsta Caballero parece tener un especial interés en que no se sepa nada sobre ella, o que ni siquiera haya registros claros sobre sus apariciones. Siempre que le es posible se mantiene lejos del frente, e incluso de las tropas a las que ha acudido a ayudar, y la única noticia de su presencia es una salva de proyectiles y misiles que llueve sobre el enemigo. El informe más completo recogido sobre ella es obra del inquisidor Avertis del Ordo Heréticus, que incluye la escasa comunicación establecida entre la Caballero y las tropas de la guardia imperial. Se dice que el inquisidor intentó usar el informe para acusarla de traición.

Sucedió durante la campaña por el mundo-residencia de Paumor, donde uno de sus tres continentes estaba dedicado exclusivamente a alojamientos para tropas de defensa planetaria y equipos de trabajo de los planetas vecinos que viajaban en sus rotaciones libres. Conforme sus turnos de varios meses llegaban a su fin, no había otro tema de conversación entre los habitantes del sistema que la jornada de descanso que les aguardaba en Paumor.

El gobernador planetario Sinx empezó a exigir cuotas desorbitadas a sus colegas por acoger a sus ciudadanos, y la falta de acuerdo desembocó en la negativa a admitir viajeros. Cada individuo tenía asignada una vivienda durante un tiempo determinado antes de que los cargueros volvieran a llevarlos a sus lugares de trabajo por todo el sistema, por lo que impedir su alojamiento violaba toda una serie de tratados interplanetarios, además de ser contraproducente para el rendimiento de fábricas, granjas y cuarteles.

Se declaró a Sinx culpable de herejía por poner en peligro la seguridad de todo el sector y se envió al inquisidor Avertis del Ordo Hereticus al mando del 64º regimiento de Guerrilleros de Tormunder para procesarle. Sinx, que había beneficiado a sus allegados militares, contaba con una poderosa fuerza de defensa e incluso los expertos en combate urbano y tácticas de trincheras de Tormunder tuvieron dificultades para abrirse paso por los laberínticos complejos de bloques de viviendas. Pronto las tropas del inquisidor perdieron sus blindados, víctimas de las minas y las constantes emboscadas, y su capacidad para expulsar a los traidores de los edificios de rococemento disminuyó más y más con cada día, hasta quedar varados en varios puntos cruciales.

Avertis, cuyo Chimera había sido destruido a la entrada de la plaza del palacio gubernamental, tuvo que escuchar informes de los oficiales de Tormunder similares por todas las secciones: el enemigo estaba muy bien parapetado y la artillería no podía moverse con seguridad por aquel entorno; el avance era imposible. Sus propias tropas no podían entrar en aquella plaza, pues desde el otro lado les llovía fuego graneado de armas pesadas situadas en las torretas y balcones reforzados, y los edificios laterales habían sido demolidos estratégicamente para que no pudieran rodearlos. Los hombres de Paumor luchaban en su terreno y sabían muy bien cómo defenderlo, aunque fuera por la errónea causa de su líder. Hastiado de los retrasos, Avertis ordenó a los oficiales de Tormunder que coordinaran un asalto simultáneo en todos los frentes, convencido de que lograría romper alguno de esos puntos de resistencia sin importar las bajas que pudieran sufrir. Ninguno se atrevió a decirle al inquisidor la locura que aquello suponía.

Alabarda de PlataMientras transmitían las instrucciones de oficial a oficial, los voco-operadores empezaron a recibir transmisiones desde retaguardia. Un Caballero Imperial había aparecido a las afueras del complejo y se estaba abriendo camino por las calles, despejando una ruta segura para los suministros de Tormunder mientras expulsaba a los rebeldes a su paso. El teniente Ságueran se unió a los vítores de sus hombres cuando el gigante blindado apareció tras una esquina, con sus potentes pasos haciendo retumbar la ciudad misma. Su armadura era tan brillante que refulgía a la escasa luz que se filtraba entre los edificios y la mitad de su yelmo estaba pintado en rojo sangre. En cada brazo portaba un cañón del tamaño de uno de los vehículos civiles cuyos restos poblaban la ciudad.

– ¿Quién está al mando? -comunicó por el canal de voz con un agudo enmascaramiento de voz.

Avertis se puso en pie, acercándose mientras se alisaba su negra gabardina.
– Inquisidor Avertis, del Ordo Her…

– El oficial al mando -interrumpió el Caballero.

Conforme las zancadas de aquella mole plateada de doce metros pasaban de largo al diminuto inquisidor, prácticamente todos a su alrededor pudieron percibir su ira.

– Con vuestro permiso… mi señor -empezó a tartamudear Ságueran.

Tras una pausa, una honda inspiración y un profundo acopio de paciencia, Avertis hizo un seco gesto con la mano. El oficial carraspeó para ordenar sus pensamientos y accionó su comunicador al tiempo que alzaba la mano para llamar la atención del lejano yelmo.

– Soy el teniente Ságueran, tercera sección del 64º de Guerrilleros de Tormunder.

– Sus hombres me han guiado hasta aquí, teniente -respondió el Caballero-. Parece que están atascados ante el palacio del gobernador.

– Así es. Hemos perdido la mayoría de blindados y no podemos cruzar esa plaza a la sombra de sus cañones.

– Yo decido qué se puede o no se puede hacer, teniente -intervino el inquisidor-. Mi orden anterior sigue vigente. Sus hombres lanzarán un asalto masivo contra el palacio. El Caballero les dará el fuego de cobertura necesario y derribará las puertas.

– Teniente, denme el fuego de cobertura que puedan, pero no entren en la plaza hasta que les de la señal; no quiero que me estorben ¿Entendido?

La segunda vez que el Caballero ignoró a Avertis fue la gota que colmó el vaso, pero éste ya se dirigía a la entrada a la plaza mientras los gritos del inquisidor caían en oídos sordos.

Tal y como había exigido el Caballero, salió a la plaza en solitario, con sólo algunas armas pesadas de Tormunder apostadas en las ruinas tras él como apoyo. Sus armas empezaron a tronar al tiempo que se movía alejándose de las tropas de la guardia imperial con las torretas del palacio siguiéndole y descargando sus cañones láser y automáticos de gran calibre. La distancia y la agilidad del Caballero le hacía un blanco difícil pese a su tamaño, y sólo algunos disparos impactaron contra su escudo iónico con escaso efecto. Por contra, él dirigía sus armas con una precisión espeluznante, incluso mientras recorría casi a la carrera todo el lateral de la plaza, acabando con un arma emplazada tras otra. Ságueran dirigía el fuego de sus unidades de armas pesadas contra las secciones del palacio que el Caballero no podía cubrir con total impunidad, pues toda la atención del enemigo estaba centrada en la plateada figura.

Alabarda de Plata– Ya es suficiente -declaró Avertis a los pocos minutos-. Teniente, ordene el asalto.

– ¡No! -tronó el Caballero- ¡Las puertas aún no han caído! ¡No quiero a sus guardias en mi línea de tiro!

– ¡He sido más que paciente con vuestra insolencia! ¡Será mejor que no me pongáis a prueba!

– ¡No quiero a nadie en mi línea de tiro! -repitió el Caballero con tal vehemencia que rozaba en la histeria.

El teniente Ságueran cerró el canal antes de hablar con el inquisidor, agazapado a su lado.

– Mi señor, con las puertas cerradas no podremos sino apelotonarnos ante la fachada.

– ¡Ni él ni usted deciden la estrategia a seguir, teniente!.

– Señor, el Caballero está lidiando solo contra todo el palacio y está venciendo ¿Sus órdenes son que se lo impidamos o que le apoyemos?

Durante largo rato se sucedieron las explosiones encadenadas y el intercambio de proyectiles bajo la afortunadamente silenciosa mirada de Avertis. Una vez limitada la potencia de fuego del palacio, el Caballero dirigió todas sus armas contra las compuertas doradas. El constante martilleo de su cañón de batalla y el módulo lanzacohetes de su caparazón terminaron por desmenuzar aquellas planchas de plastiacero autoreactivo hasta que sólo quedó una gigantesca y humeante boca abierta en el centro del palacio.

– El palacio es suyo -declaró con sombría desgana.

El gigante permaneció donde estaba, en el lado más alejado de la plaza disparando sin cesar a las almenas mientras los Guerrilleros de Tormunder salían en tropel de entre las ruinas. Acompañando al estandarte de su regimiento, Ságueran cargó junto a sus hombres pistola en mano, dejando a Avertis solo entre un montón de escombros y los restos aún humeantes de su Chimera.

Después de que Sinx fuera capturado las tropas de defensa planetaria de Paumor se rindieron sin condiciones y el Caballero desapareció tal y como había llegado. Muchos soldados le vieron abandonar la ciudad y perderse en el horizonte haciendo caso omiso a las muestras de agradecimiento. Algunos veteranos le reconocieron de anteriores encuentros y rumores; le llamaban Alabarda de Plata o El Archero, “porque atacaba desde gran distancia y con una fuerza letal”. Unos decían que prefirió huir de la ira del inquisidor, otros que prefirió marcharse antes que aplastarle bajo su pie. Movido por el rencor, Avertis ordenó recopilar las transmisiones y puso a sus lexicomecánicos a investigar el pasado del Caballero para identificarle con vistas a emitir una orden de captura. Otros inquisidores le tacharon de excéntrico por dedicar tales esfuerzos a incriminar a alguien que había sido el artífice de una gran victoria. Los Caballeros Desarraigados eran combatientes difíciles de clasificar, pues su legado era anterior incluso al Imperio y sus leyes, y el gran respeto y reverencia que se les profesaba eran difíciles de socavar sin pruebas fehacientes.

Aunque la acusación no prosperó, los servidores encontraron una curiosa información. Una década antes una Caballero de la casa Zarkovian había estado a punto de atentar contra un inquisidor del Ordo Xenos. Durante una misión, éste le ordenó disparar contra un portal de teleportazión orko antes de que el kaudillo de un gran Waaagh!!! escapara, pero la Caballero se negó a hacerlo pues alrededor del chisporroteante edificio tenía lugar un brutal combate cuerpo a cuerpo entre los pielesverdes y varias unidades de los Guardianes de la Muerte que le cortaban la huida. Finalmente, la Caballero recibió una comunicación de uno de los propios marines espaciales con dos exigencias: que abriera fuego y que lo hiciera sin dudar.

Inevitablemente, la onda expansiva de sus disparos acabó con cuatro Guardianes de la Muerte antes de que el transportador implosionara y quedara inutilizado. Con su ruta de escape destruida, el kaudillo intentó huir en un kamión pero fue interceptado y abatido por las tropas inquisitoriales. La Caballero, presa de la ira, acusó al inquisidor de ineptitud y de que de no haber sido por su temeraria estrategia podrían haber capturado al orko sin sacrificar a nadie. No obstante, los propios Guardianes de la Muerte supervivientes le instaron a detenerse y honrar el sacrificio de sus hermanos respetando sus últimas palabras. Los Caballeros Zarkovian están atados por un juramento de proteger a la Humanidad y los conceptos del inquisidor de “daños colaterales” y “bajas aceptables” no eran algo que pudieran aceptar; pero también estaban atados  por el pacto por el que se habían unido a aquella misión. Mientras la Caballero perteneciera a la Casa Zarkovian, estaría sujeta a que un inquisidor del Imperio le reclamara bajo su mando, de modo que decidió exiliarse e hizo grabar en su armadura cuatro cráneos en honor a aquellos cuatro Marines Espaciales para tenerlos siempre en su memoria.

Alabarda de PlataUna vez leyó aquellos informes, Avertis repasó los registros visuales del asalto al palacio de Sinx y magnificó las imágenes del Caballero plateado. Había dos cráneos metálicos grabados bajo cada uno de sus brazos, cuatro eternos y silenciosos vigilantes de que sus armas no volvieran a causar bajas entre los justos.

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2 respuestas a Alabarda de Plata

  1. Khorsario dijo:

    Muy chulo el relato. Hace ya unas cuantas entradas que te vengo leyendo y me parece muy interesante tu blog dedicado a los Caballeros Imperiales. A ver si algún día me decido y me hago con la caja del miniuego.

    Le gusta a 1 persona

  2. aertesd dijo:

    Muy agradecido. Imperial Knights Renegade es una caja no sólo recomendable, sino casi necesaria si te gustan los Caballeros Imperiales.

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