Concurso de Relatos de Warhammer 40.000 Talavera 2018 – 3º Premio

3er RelatoTalavera 2018Al principio pensé que se trataba de una broma, pero he sido informado por unos amigos y participantes en el torneo anual de Warhammer 40.000 de Talavera 2018, que ha tenido lugar este fin de semana, de que mi participación ha obtenido el tercer puesto en su concurso de relatos de temática de Warhammer 40.000; dotado con un premio de una selección de novelas.

Escribir relatos ha sido más que una afición para mí desde hace mucho tiempo y me siento muy honrado y agradecido por ser considerado para tal puesto. Desde aquí mi enhorabuena a todos los participantes por ayudar a mantener lo que en mi opinión es uno de los pilares fundamentales de esta afición que es Warhammer 40.000.

A continuación, una versión revisada del relato:


ARMAS Y MUNICIONES

-¡Informe del frente Trainas, señora! ¡El comandante Serenko estima las bajas de su brigada en el cuarenta por ciento de su infantería y el diez por ciento de sus blindados! ¡Enemigo en retirada, las líneas aguantan!

-Sectores Épsilon y Omega informan de fuerte resistencia, señora. Campos de minas y emboscadas que entorpecen su avance.

-¡Destacamento de artillería Daga Silenciosa bajo ataque enemigo! ¡Han perdido casi todos sus antiaéreos Hidra!

La sala de mando táctico era apenas un largo y oscuro corredor flanqueado por terminales de datos. Cada operador del Astra Militarum parecía un espectro verdoso, con el rostro bañado en los simples datos que brillaban en sus pantallas y que constituían la mayoría de la iluminación de todo el lugar. Al final de esa doble fila de espaldas encorvadas y voces desesperadas, la alta general Fedra Polisak se sentaba en lo que podría ser el dispositivo de tortura más refinado que el Imperio había podido idear para la persona al mando de un regimiento de guardias imperiales. En aquel agobiante trono metálico, estrecho y rodeado de cables, la oficial estaba asediada en todos sus costados por holopantallas de luz verde y vocoemisores que vertían sobre ella los informes y demandas de los oficiales bajo su mando como un torrente inacabable.

La veterana general desplazaba su atención de una pantalla a otra y daba órdenes escuetas y tajantes. En su ojo izquierdo, aún entero a pesar de las dos cicatrices paralelas que surcaban la mejilla, un tic le contraía el párpado a intervalos irregulares mientras ordenaba que un ala de apoyo aéreo acudiera a reforzar a Daga Silenciosa y el despliegue de batallones de refuerzo para Serenko, Daigas y Riamus. La defensa del páramo rocoso de Trainas estaba cobrándose un alto precio y los demás frentes no lograban avanzar. El estancamiento, como bien sabía la general, era un lazo alrededor del cuello del Astra Militarum que había que cortar antes de que les estrangulara. Por desgracia, el enemigo parecía también consciente de ello.

-Señora, la bahía de atraque nueve informa de que ha llegado un contingente que solicita unirse a la lucha.

Aquel informe atrajo la atención de la general sobre todos los demás.

-¿Designación?

-Sólo aparece un símbolo. No logro identificarlo.

Una pantalla más pequeña se unió al enjambre de rectángulos de luz verdosa que acosaban a la general. En éste había sólo un emblema; un puño cerrado que parecía emerger de unas ondulantes aguas.

Palisak tampoco supo identificarlo, pero toda ayuda sería bienvenida.

 

 

Bastión de Geothor II, el acorazado clase Retribución que servía como nave insignia a Palisak, tenía numerosas bahías de atraque para alojar a sus escuadrones de cazas y bombarderos, que habrían de servirle como escolta autotransportada. Bajo los cavernosos techos y arcadas góticas de aquellos hangares se albergaba la posibilidad de extender la destrucción sobre flotas enteras. Un teniente de intendencia, luciendo su sencilla gabardina de oficial de bajo rango como si fuera el manto de un rey, apresuró el paso seguido de cerca por un escueto séquito formado por dos suboficiales y un tecnosacerdote. Este último destacaba entre los colores azules y negros de los soldados de Geothor II como una llama en el cielo nocturno por el rojo intenso de sus ropajes.

-Repita eso, sargento -exigió el teniente sin aminorar el paso.

-La general Palisak ha sido clara, señor. Un contingente aliado ha llegado a la órbita y ha solicitado unirse a nosotros. Los representantes de dicho contingente acaban de atracar en la bahía nueve.

El teniente vio el símbolo del puño entre las aguas en la placa del suboficial.

-¿Y por eso la mitad de mis brigadas de carga han sido derivadas a atender su llegada? ¿No acaba de decir que ese contingente es una sola nave?.

-Dos naves, señor. Pero ambas seriamente dañadas. Estos aliados han pasado a través de una zona de caza de corsarios aeldari para llegar hasta nosotros y al parecer no disponen actualmente de capacidad para realizar desembarcos planetarios. La general les ha ofrecido varios de nuestros transportes para que se unan al siguiente desembarco.

-¡Valiente ayuda!

La admiración que el sargento mostraba por esos aliados y su fascinante odisea para llegar hasta aquel planeta irritó al teniente de intendencia Brem, sobre todo por la alteración que ello había supuesto a sus perfectamente organizadas operaciones de carga y descarga, un cometido del que se sentía muy orgulloso. Se tratara de quien se tratara, la general en persona le había ordenado recibirles y proporcionarles todo cuanto solicitaran. En eso consistían sus obligaciones diarias, pero proveer de suministros a algún zarrapastroso regimiento de voluntarios le obligaba a rendir muchas cuentas por el material que la general regalaba tan generosamente.

Al llegar ante las puertas de la zona de descarga de la bahía nueve, Brem tuvo que esperar a que el habitualmente silencioso tecnosacerdote cantara sus salmos de apertura. Las bahías de atraque eran un punto débil en toda nave y posibles focos de abordajes, por lo que no era de extrañar que contaran con su propio contingente de defensa y barracones independientes. Los soldados que les recibieron al otro lado vestían una formidable armadura que poco tenía que envidiar a los uniformes blindados del Militarum Tempestus, pero su saludo fue ignorado por el teniente en su apresurada y desganada andadura.

La imagen que se presentó ante Brem distaba mucho de cualquier cosa que se hubiera imaginado. En el cuartucho designado como oficina de intendencia, su oficina, se encontró a cuatro figuras desconocidas y a sus suboficiales atendiéndoles con toda cortesía. No vio emblema inquisitorial alguno, ni la insignia de ningún regimiento del Astra Militarum que él conociera. Ni siquiera parecían tener nada en común el uno con el otro. Eran una mujer, dos hombres y una figura alargada, de altura descomunal, envuelta en una túnica negra que ni estaba seguro de que fuera humana. Los tres primeros se movieron con calmada celeridad hasta cuadrarse ante él como un grupo de mando listo para pasar revista. Sólo uno de ellos portaba el emblema con el puño y las aguas en su uniforme; el otro hombre lucía el número veinticuatro, la mujer una especie de alabarda y el gigante un libro cruzado por un cetro.

El último permaneció en el mismo rincón de la sala, de brazos cruzados. Sin que nadie se lo ordenara, el tecnosacerdote se encaminó hacia él. Ambos inclinaron sus encapuchadas cabezas en un saludo.

-¿Intendente Brem? -le preguntó el del condenado emblema.

-Teniente de intendencia Sarvok Brem del regimiento cuarenta y seis de Geothor II -apostilló él-. Tengo órdenes de la general Palisak de atender todas sus peticiones en cuanto a abastecimiento. Armas, municiones, lo que necesiten. Deben estar listos para unirse al próximo ataque, así que será mejor que sus hombres se den prisa. Están entorpeciendo los suministros de dos regimientos a bordo de esta nave.

Hubo un silencio incómodo a continuación. El hombre a quien se había dirigido le dedicó una mirada acusatoria que el teniente no supo comprender y los otros abandonaron la actitud marcial a modo de silenciosa protesta. El gigante parecía enfrascado en una conversación con el tecnosacerdote en la que ninguno de los dos emitía sonido alguno, ajenos a todo lo demás.

-Hemos cruzado dos sectores en respuesta a su petición de refuerzos, teniente de intendencia -respondió el primero con una frialdad que rayaba en el desprecio-. Precisamos de acondicionar sus transportes a nuestras necesidades y su equipo ya está haciendo un excelente trabajo al respecto. No necesitamos nada más y no hay nadie más a quien avituallar.

Aquella gente tenía una forma de hablar peculiar. Su entonación tenía un deje arcaico. Las palabras habrían sonado con ironía en cualquier otro, pero él las pronunciaba con una extraña sinceridad casi ingenua. La insinuación a lo innecesario de su presencia no le pasó desapercibida a Brem, pero sus otras palabras le provocaron mayor reacción.

-¿Nadie más? ¿Ustedes cuatro son el contingente? -masculló incrédulo.

Inmediatamente, los cuatro individuos salieron de la estancia dando por concluida la conversación. Para sorpresa del teniente, sus propios suboficiales y su tecnosacerdote le saludaron con diligencia y siguieron al grupo hacia el hangar principal de la bahía nueve. Preso de la rabia, Brem salió tras ellos dispuesto a exigirles una explicación, empezando por sus identificaciones, pero sólo dio dos pasos en el muelle de atraque antes de palidecer.

Ante él había cuatro monstruosidades mecánicas. Cuatro androides que se alzaban a no menos de doce metros de altura y cuya envergadura duplicaba fácilmente la de cualquier tanque convencional. Estaban inmóviles, en pie, dos a cada lado de la bahía como colosales guardianes mientras el personal bajo su mando y los ciberservidores llevaban a cabo chisporroteantes y chirriantes operaciones en las panzas de transportes diseñados para cargar carros ultrapesados Baneblade.

-¡Son Caballeros Imperiales! -logró balbucear Brem.

El hombre del puño y las aguas fue el único que se dignó volver la cabeza para hablarle.

-No se preocupe por nosotros, teniente de intendencia. Tenemos nuestras propias armas y municiones.

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