Familia

La bóveda estaba cubierta por una maraña de cables y conductos retorcidos, entrelazados unos sobre otros sin orden ni concierto. Un persistente zumbido electrotáumico ensordecía los oídos y hacía vibrar el mismo cráneo de todo el que se adentrara en aquel lugar de desesperación. Por suerte para todos no había forma de entrar. Para desgracia de sus dos ocupantes, no había forma de salir. Sus gritos eran lo único que sonaba más alto que aquel vibrante retumbar.

Los dos cuerpos se agitaban, suspendidos con los brazos en cruz como dos marionetas temblorosas. Por encima de ellos, racimos de focos amarillentos no dejaban de parpadear como si se tratara de los ojos de una horda de criaturas acechantes en la oscuridad del techo arqueado. Sus miembros estaban atados con el mismo cableado que colapsaba las paredes y el techo, encadenados a las tuberías segmentadas en una firme sujeción que tintineaba con cada espasmo y con cada retorcimiento involuntario. Estaban tan cerca que casi podían tocarse, la mano derecha de uno apenas a unos centímetros de la izquierda del otro, pero sus dedos no dejaban de encogerse y estirarse espasmódicamente. Sus ojos estaban abiertos de par en par; los dientes, sanguinolentos de tanto apretar, enmarcados por la horrible mueca de unos labios paralizados en la más absoluta agonía y cubiertos de espumarajos rosados. En la pared delante de cada uno había nichos que delataban que en algún momento aquella estancia fue una capilla. En cada hueco reposaba una pistola y un casco completo de antiquísima factura que lucía un símbolo cuyo peso se asentaba sobre una tradición milenaria, cuyo significado era sagrado y cuya importancia era suprema. La presencia de aquellos objetos estaba tan calculada como las descargas sinápticas que el cableado conducía hacia los sujetos a través de los conectores que atravesaban sus cueros cabelludos y sus cráneos, hasta sus mismos cerebros, pues ambos eran Caballeros Imperiales, aquellos eran sus yelmos y sus armas, y ellos estaban allí para ser doblegados.

Con los ojos inyectados en sangre, Dónovor Civault Eigron mantenía la mirada fija en su propia pistola, una obra de arte de la armería conservada operativa desde que sus primeros ancestros hicieran el voto de proteger a las gentes de su mundo natal. Mientras sus músculos agonizaban sujetos a la extenuante ordalía eléctrica, fue consciente de su fracaso durante la guerra que los siervos del Caos habían traído hasta su mundo. La invasión fue tan sangrienta y despiadada como metódica e intachable en su ejecución. Los Caballeros Imperiales eran oponentes formidables incluso ante el poder de una legión de marines espaciales traidores, de modo que atacaron sus fábricas, cortaron sus suministros y, en esencia, les hicieron la guerra allá donde no estuvieran. Las tropas de defensa planetaria no fueron rivales para su astucia y brutalidad. Los caballeros no sólo fracasaron en su deber de protegerles, sino que fueron derrotados precisamente porque aquellas gentes débiles y dependientes no fueron capaces de brindarles apoyo. Ellos eran los custodios de aquel mundo, pero el mundo no fue capaz de respaldarles. Un nuevo asalto mental penetró en la mente de Dónovor como para acentuar tal revelación; una espada al rojo vivo que surcaba su cabeza haciéndole bramar de un dolor tan espiritual como físico, pero que no le daría la liberación de la muerte.

¿Cuánto llevaban soportando aquella tortura? Horas, días… habían aplastado a aquellos marines del Caos como si fueran hormigas bajo los pies de sus armaduras. Los habían abatido a cientos antes siquiera de ponerse a tiro de sus armas. Los caballeros eran gigantes en el campo de batalla, más que máquinas, más que el noble piloto que las controlaba, eran sencillamente guerreros de un nivel tan superior que no encontraban rival, que convertían batallas de leyenda en masacres tan prosaicas que no satisfacían los altivos ideales a los que aspiraban. Entonces las municiones empezaron a escasear, los barones separaron sus lanzas para acudir en auxilio de la soldadesca, rompieron las formaciones y dejaron de perseguir al enemigo por auxiliar a su pueblo. Fueron cazados uno por uno, cayeron en emboscadas preparadas con sus gentes como cebo e incluso fueron traicionados desde sus propias filas por oficiales que buscaban salvar sus insignificantes vidas, sus propios canales de comunicaciones empleados en su contra para transmitir electro-fantasmas infecciosos y malcódigos incapacitantes. Por sí solos habían sido imparables, pero fueron derrotados por arrastrar el lastre de su propia casa: sus votos de defensa de aquel planeta que tan miserablemente les había fallado. Aún tenía los ojos fijos en su pistola, que antes fue de su padre, antes del hermano de éste, y antes de la madre de ambos. Podía remontar la lista de propietarios cientos y cientos de años, una generación tras otra hasta el origen de una casa de Caballeros Imperiales que, ahora se percataba, había sido el escudo de una carcasa vacía, la piel de una armadura que nunca había contenido sino una población de cobardes e ineptos que no valían de nada sin ellos. No tenía sentido seguir con aquella tradición vergonzosa. No estaba dispuesto a seguir sufriendo por ellos.

Hubo un repentino apagón en la bóveda y los focos que iluminaban a Dónovor se apagaron. La estancia quedó entonces dividida en dos mitades. En una la luz seguía iluminando el cuerpo torturado de su caballero, mientras que la otra quedó a oscuras, su prisionero colgando inerte de sus ataduras de cadenas y cables. Una compuerta fue abierta trabajosamente desde el exterior. La comitiva tuvo que abrirse paso entre las fibras ópticas y conductos flexibles que cegaban la entrada, pero cada una de las figuras encapuchadas logró no tropezar hasta formar un semicírculo ante el caballero en penumbra. Unos miembros robóticos hicieron girar un rudimentario cabrestante, haciendo descender la figura hasta que sus piernas tocaron el suelo. Con silenciosa ceremonia, sus brazos fueron liberados de las cadenas y un cuenco de agua fue ofrecido a sus labios resecos. Dónovor bebió descuidadamente, movido por una sed ardiente, derramando el líquido sobre su uniforme ya empapado de sudor sin que le importara lo más mínimo el escozor de las yagas de su boca. Fue tratado con delicadeza mientras era despojado de cada uno de los cables, ungiendo cada conexión con una gota de aceite oscuro antes de ser girada y desenroscada de su cráneo. Las figuras vestían la túnica rojo oscuro de los sacristanes de su casa, pero había sido teñida de negro con alguna sustancia oleosa que aún manchaba sus brazos mecánicos y el suelo por donde se movieran. Tras toser, Dónovor tomó algunas aspiraciones más profundas, dándose cuenta de que era la primera vez que podía hacerlo desde que fuera encarcelado en su propio cuerpo y dejado para agonizar en aquella cámara. Los ojos le escocían, secos e irritados, y parpadeó varias veces para enfocar mejor su yelmo y su pistola, ahora apenas a unos pasos de él. Pensó en deshacerse de aquellas complacientes figuras, empuñar el arma y liberar a su camarada para abrirse paso fuera del manicomio en que habían convertido aquel lugar. Pero ¿para qué? ¿Para volver a alzarse en armas en defensa de un pueblo miserable que no había estado a la altura y de un Imperio que les había abandonado a su suerte en las garras de los marines que un día creó?

Los mismos sacristanes le ayudaron a avanzar hacia el nicho. Mientras unos le mantenían en pie, otros dos tomaron el yelmo y la pistola, sosteniéndolos ante él en sus manos metálicas como ofrendas. Dónovor sólo tomó la pistola y, en un doloroso esfuerzo, la deslizó en la funda hecha a medida que aún colgaba de su cinturón.

-Llevaos ese yelmo -jadeó-. No quiero verlo mientras lleve ese escudo.

Hubo un gruñido furibundo tras él. Al mirar por encima de su hombro, Dónovor vio que su camarada le miraba fijamente a través del rictus contraído que la tortura le obligaba a mantener.

-Lo siento, Hekhtur. Pero tienen razón.

Dónovor Civault Eigron fue conducido fuera de la capilla con la ayuda de los que fueran sus captores, mientras aquel que portaba su yelmo esperaba a que hubieran salido tal y como era su deseo expreso. Acababa de dar la espalda a todo lo que su familia había representado desde antes de que el Emperador unificara a la Humanidad. Había renunciado al escudo de su casa, que aquel esclavo mantenía a la vista del caballero que aún se aferraba a sus sagrados juramentos.

Hekhtur Cerberan quedó completamente solo en su oubliette. Volvió a clavar la vista en el emblema de su propio yelmo, cerrando fuertemente los puños sobre las cadenas que le sujetaban, pero ni siquiera sus músculos y tendones le pertenecían bajo aquella penitencia impuesta y pronto un espasmo le hizo abrirlos.

 

Antaño cada familia de nobles caballeros se había alojado en su propia residencia, con sus armaduras mantenidas por sus sacristanes e ingenieros con la devoción de una orden religiosa. Ahora las armaduras Cerberan que habían sobrevivido a la victoria de los Guerreros de Hierro habían sido reunidas en el gigantesco hangar que otrora albergara la cadena de producción de un manufactorum. La maquinaria había sido modificada con los restos de las forjas-altar que los vencedores habían podido rescatar de entre los escombros de su propia conquista. Una docena de gigantescas armaduras de caballero clase Armiger y Questoris se alineaba de espaldas a las paredes, rodeadas de andamios de vigas soldadas, conexiones chisporroteantes y monitores precariamente ensamblados mientras las servogrúas manipulaban placas de blindaje y armas varias veces superiores en tamaño a los servidores corrompidos que las operaban.

Desde el antiguo puesto de control, alzado sobre una torre de quince metros de altura en el centro del edificio, podía dominarse toda la instalación. Con sus ventanales ahora reducidos a marcos de cristal quebrado como si fueran grandes mandíbulas abiertas, la cabina parecía más una jaula desvencijada y sin embargo un grupo de sacristanes en túnicas azabache controlaba todas y cada una de las acciones del manufactorum. Unidos a sus consolas y bajo la atención de los caballeros, renegados a su causa, los fieles cuidadores de las armaduras controlaban cada estación, cada movimiento de los servidores, cada recarga, cada soldadura y cada remache mientras las monturas Cerberan eran reparadas y remodeladas a imagen y semejanza de la nueva doctrina de su casa.

Una mujer que lucía en sus hombros los galones de las baronías Cerberan observó el monitor de uno de los sacristanes mientras Dónovor era ayudado a moverse por el andamiaje que rodeaba a Colmillo de Furia, su antiguo caballero Armiger modelo Archa de Guerra. Los servidores le sujetaron con un arnés y lo izaron lentamente sobre la cabina abierta del caparazón, haciéndolo desaparecer en el interior. La imagen cambió a una vista desde el interior de la cabina de mando mientras Dónovor se ajustaba el voluminoso yelmo mechanicum y él mismo se atravesaba la nuca con el neuroconector principal al recostarse.

-Iniciando ritual del despertar -anunció el sacristán con la mónotona voz de una máquina-. Colmillo de Furia ha reconocido a su señor. Pronto su voluntad será la de él.

-Y la de él es ahora la nuestra -respondió ella con apenas algo más de humanidad.

-¡Rabiosa!

Los sacristanes interrumpieron su labor para mirar a las figuras que ascendían las escaleras, más imponentes aún que aquel grito. Los marines del Caos, cuatro en total, hicieron retumbar el suelo de la sala con sus pisadas. Sus servoarmaduras metalizadas habían traído el pavor a millones de almas a lo largo de los siglos antes de poner un pie en Randoryn Alfa. Las vetas amarillas y negras que rodeaban el símbolo de los Guerreros de Hierro proclamaban su odio por el Imperio y su voluntad de doblegar sus máquinas para sumarlas a su causa, su afán por conquistar cada fortaleza y convertirla en un santuario blindado e inexpugnable que escenificara cómo ellos podían convertir lo falible en infalible. Eran varias veces más grandes que cualquiera de las figuras de la sala en todas las dimensiones, gigantes entre meros humanos, pero uno de ellos destacaba entre los demás. Su forma era apenas distinguible entre una masa de tentáculos de acero segmentado que no dejaban de enroscarse y desenroscarse alrededor de su cuerpo con un constante repiqueteo. Caminaba apoyado en un báculo rematado en un enorme disco dentado, como la hoja de una sierra, cuyo centro había sido vaciado formando la silueta de un engranaje. Era fácil de identificar; un herrero disforme de los Guerreros de Hierro; el terror encarnado para cualquier adepto del Dios Máquina.

En cuanto aparecieron, los otros caballeros renegados de la sala se reunieron con la baronesa, flanqueándola como un grupo de guardaespaldas mientras el primero de los marines del Caos se dirigía hacia ella como un toro embravecido a punto de embestir. Se detuvo antes de arrollarla sin que ella mostrara el más leve signo de temor, ni siquiera de respeto. Los sacristanes permanecieron en sus puestos, intentando concentrarse en sus obligaciones.

-¿Por qué vuestros esclavos están activando esa ridícula máquina? -vociferó mientras señalaba el ventanal hacia Colmillo de Furia-. ¡Ya tenemos de esos de sobra! ¡Ingranak quiere aquel operativo de inmediato!

Los renegados siguieron el gesto del marine del Caos hacia otro extremo del hangar, donde un caballero clase Questoris permanecía aparentemente inactivo y abandonado en una de las forjas-altar. Cuando Rabiosa volvió a mirar a los ojos al Guerrero de Hierro, éste pareció exasperarse más aún por su pasividad. La estrella de ocho puntas del Caos había sido marcada a fuego alrededor de uno de los ojos de la mujer, que miró al calamar mecánico con forma de marine que ocupaba el centro de la formación.

-Te hemos dado un plazo más que suficiente -empezó a decir el tal Ingranak, más sosegado que el anterior-. Mi señor Ghanshor quiere ese impulso-láser, y necesitamos la armadura activa para estudiarlo. Parece que habéis hecho progresos reparándolo.

-Ya te advertí de que esto no admite plazos -respondió ella, erguida altiva ante el cuarteto de gigantes-. Canis Rex está reparado, pero sólo responderá a su amo.

-¡Ahórranos vuestra absurda mitología! -interrumpió el primer marine-. ¡Es una máquina, un arma! ¡Activadla o lo haremos nosotros!

-¡Nuestras armaduras no son juguetes que podáis accionar a vuestro capricho! -intervino otro de los caballeros.

-¡Ahora nos pertenecéis en cuerpo y alma, renegados! -replicó el Guerrero de Hierro- ¡Ya os aplastamos al invadir este planeta y podemos volver a hacerlo si no aprendéis cual es vuestro lugar!

Aquellas palabras hicieron aparecer varias arrugas en la piel quemada del ceño de Rabiosa. En un movimiento tan fugaz como inesperado, desenfundó su pistola y apuntó directamente a la boca del marine del Caos. Los otros alzaron sus bólters contra ella, pero fueron detenidos por los tentáculos del propio Ingranak. El resto de caballeros no hizo ademán alguno de intervenir.

-Tranquilicémonos todos -dijo aún sosteniendo la mirada de la mujer.

-Eres rápida ¿pero crees que vas a asustarme con tu absurda arma? -se burló el marine.

-Cierra la boca de una vez -le reprendió el herrero disforme-. Sus armas proceden de la Edad Oscura de la Tecnología. Estás a un suspiro de que te vuele la cabeza.

-¿Qué? -la entereza del Guerrero de Hierro flaqueó- ¿Y vas a consentir que se alce contra nosotros?

-Sólo la veo alzada contra ti. Tú lo has provocado y no has sido capaz de evitarlo. Debería matarte yo mismo antes que darte ocasión de cometer un tercer error, pero ya han muerto suficientes de todos nosotros -hizo un gesto con la mano libre para abarcar tanto a Guerreros de Hierro como a caballeros Cerberan.

-Miembros de mi familia se han matado entre sí por ofensas mucho menores -advirtió Rabiosa-. Nuestras monturas no son vulgares máquinas. Sus espíritus máquina resuenan con los susurros de nuestros ancestros. Si sois incapaces de entender lo que ello significa, recordad con qué facilidad aplastamos regimientos enteros de vosotros.

-Y tú recuerda que fuisteis derrotados igualmente, y que esta no es la única familia Cerberan de Randoryn Alfa -replicó Ingranak con severidad-. Por todo el planeta tenemos congéneres tuyos, barones leales dispuestos a cumplir órdenes sin replicar.

-Pero ninguno de ellos tiene a Canis Rex.

-Muy cierto -se permitió admitir Ingranak-. Ahora todos estamos en el mismo bando. Rabiosa, tú comprendes no sólo a tus máquinas, sino a tus camaradas. Les conoces, has sido crucial en el proceso de conversión y por ello te has ganado tu lugar en nuestra cruzada. Pero pronto nuestra flota partirá. Quiero a todos tus caballeros a bordo, y quiero ese impulso-láser. Consigue que esa armadura sea operativa para entonces o la haré desguazar para quitarle el brazo y usar el resto como repuestos.

-Hazlo y nunca podrás volver a ponerlo en funcionamiento. Canis Rex no sólo porta el último impulso-láser de nuestra casa; su guantelete atronador es la Mano de la Libertad, una reliquia igualmente valiosa cuyo secreto se perdió hace milenios. La clave de sus armas está en el corazón de Canis Rex y éste sólo se doblegará ante Hekhtur Cerberan. Cuando Hekhtur se una a nosotros todos tendremos lo que buscamos.

Ingranak desvió la mirada hacia el monitor que Rabiosa había estado contemplando a su llegada. El último Cerberan se mostraba crucificado entre una cascada de cables, tiritando y vociferando. No parecía que fuera a resistir mucho más.

-Será mejor para todos que la espera merezca la pena.

Rabiosa bajó la pistola, satisfecha con el prolongado silencio, y humillación, de aquel marine irrespetuoso.

-Nadie más que yo ansía marchar contra el ingrato Imperio al que he protegido durante tanto tiempo a cambio de nada -declaró.

-Danos esa arma y te prometo una devastación que colmará tus ansias más alocadas.

Aquello arrancó una sonrisa del rostro marcado de Rabiosa antes de que se volviera para seguir contemplando los monitores.

Mientras los marines del Caos descendían la escalera en espiral hasta el suelo del hangar, uno de ellos dejó de rezongar para hablar abiertamente.

-¿Piensas dejar impune la osadía de esa mujer?

-¿A cambio de entregarnos el secreto del impulso-láser? La dejaría mataros uno por uno si me lo pidiera. Tenéis suerte de que ella sea mucho más inteligente que vosotros.

 

Debatiéndose aún en el infierno personal en que había sido confinado, el último caballero Cerberan leal gemía y gritaba aferrándose a su cordura. Su mente era sondada sin cesar con la delicadeza de una taladradora magmática, sus propios implantes de comunión utilizados para mermar su voluntad y castigar su lealtad a unos colores que ya no significaban nada. El yelmo y la pistola eran un recordatorio del porqué de su sufrimiento y al mismo tiempo un cebo diabólicamente dispuesto. Si accedía a los constantes susurros que se agolpaban en su mente, su alma quedaría mancillada para siempre. Si pretendía fingir su rendición para echar mano de su pistola, olvidaría por qué estaba luchando. No había engaño posible en aquella tortura. Dónovor había sido su escolta durante más de tres décadas. Habían luchado juntos y él se había sometido a sus órdenes mentales sin titubear. Le conocía como a un hermano y sabía que su fe y determinación eran inquebrantables. Sin embargo, ahí estaba. Solo. Abandonado primero por aquellos a los que juró proteger y ahora por sus propios compañeros, su propia familia.

Deja de luchar. Eres el último ¿Por qué resistirte? Casi todos los demás han muerto y los pocos que quedan vivos han rendido pleitesía a vuestros vencedores ¿Qué derecho tienes tú para privar a los Guerreros de Hierro del justo premio de su victoria? Eres un caballero, te debes a tu causa ¿pero de qué sirve una causa corrupta? Randoryn Alfa era tu hogar pero ha resultado ser una perrera llena de cobardes indignos de tu protección ¿Quiénes pueden ser más merecedores de tu lealtad que aquellos que te han hecho abrir los ojos al fin? Sólo ha costado las vidas de los débiles, lo único que importa ahora es seguir siendo fuertes, una casa de caballeros, una familia de guerreros. Los marines del Caos te ofrecen la oportunidad de vivir, de vengarte. Los Cerberan eran indiscutibles antes de que ese falso Emperador les obligara a anexionar su mundo, de sumarlo a su redil lleno de aduladores, de ineptos y de causas vacías que han vuelto a su pueblo débil. Podéis empezar de nuevo, no como defensores, sino como líderes. Podéis moldear Randoryn Alfa como lo que siempre debió ser: el feudo de los Cerberan.

Aunque resonaban con su propia voz, sus propios pensamientos, Hekhtur intentaba convencerse a sí mismo de que aquellas ideas estaban siéndole susurradas artificialmente. Hora tras hora luchó contra ellas a pesar del dolor de enfrentarse a su verdad. Aquello no era un mero tormento, alguien sabía qué fibras tocar y cómo manipular su mente para doblegarla ante una certeza que sólo podía negar por mera fuerza de voluntad. No podía razonar consigo mismo cuando era su mente quien le instaba a ceder, de modo que siguió obstinadamente asido a lo único que le quedaba: sus votos como caballero de la casa Cerberan. Juramentos hechos por él y mantenidos por sus antecesores más allá de lo que podía recordar, pero al intentar recitar la primera frase el dolor le laceró la cabeza desde la frente hasta la nuca como una cuchilla candente.

El grito de Hekhtur brotó de los vocoemisores de la sala de control. Era el chillido desesperado de alguien sin esperanza alguna que sufre sólo por testaruda reticencia a admitir su derrota, alguien que prefería la muerte a dar a sus carceleros la satisfacción de verle rendirse. Rabiosa lo presenció sintiendo su corazón oprimido, porque cuanto más se resistía Hekhtur más débiles les hacía parecer a ellos por sucumbir allí donde él aún resistía.

-No cederá -advirtió otro de los renegados, que observaba la imagen junto a ella-. Morirá antes de convertirse.

-No -rechazó Rabiosa-. Somos su familia. No le queda nada ni nadie salvo nosotros. Tarde o temprano lo comprenderá.

Rabiosa se encontró con su propia voz rezando dentro de su mente, exigiendo a Hekhtur que no les abandonase, ordenándoselo, implorándoselo incluso. Los gritos prosiguieron entrecortados con sollozos que rasgaban el alma, pero los renegados lo contemplaron fingiendo más entereza de la que sentían. La cavernosa enormidad del hangar resonaba con los ecos que provenían de la torre de control, con la voz del último Cerberan cayendo en los sordos oídos de los servo-esclavos que se afanaban en reponer proyectiles, soldar blindajes y decorar la efigies de los caballeros activos con muestras de lealtad a sus nuevos amos del Caos. Sólo un caballero permanecía apartado de los demás; sólo uno conservaba los colores y el escudo de su casa sin que nadie se atreviera a tocarlo hasta que su espíritu máquina hubiera sido debidamente influenciado por su propio señor. Abrazado por la forja-altar, que lo rodeaba con sus pasarelas y grúas como una gigantesca araña oxidada, Canis Rex colgaba con sus músculos hidráulicos distendidos, el yelmo caído y sin vida, encorvado sobre piernas flexionadas como un anciano aguardando el momento en que la nueva doctrina de la casa decidiera que podía ser útil mientras su otra mitad se debatía entre la vida y la muerte.

-Intruso en el limbo de cogitación -informó de repente otro de los sacristanes.

Un caballero se acercó para comprobar la consola del siervo e inmediatamente frunció el ceño.

Los gritos de Hekhtur mantuvieron la conversación más allá del umbral de interés de Rabiosa. Sus ojos estaban fijos en los del maestro de armas, rojos por la sangre y resplandecientes por las lágrimas. No dejaba de suplicarle que se rindiera apretando las manos con fuerza contra su vientre.

-Debe tratarse de otro electro-fantasma espía de los Guerreros de Hierro. Nunca están conformes con lo que se les da; siempre quieren más.

-No lo creo, señor. Se trata de algo similar pero es un acceso interno. Alguien está comprobando los registros, el sistema de vigilancia… se mueve muy rápido.

-Pues bloquéalo y localiza su origen ¿Es uno de los nuestros?

-Negativo. Todas las terminales de esta sala están controladas y no hay ningún otro acceso. No entiendo…

De repente la consola que monitorizaba a Hekhtur empezó a chirriar con un sonido de alerta.

-¿Qué significa esto? -se extrañó Rabiosa.

-Hay un intruso en el limbo de cogitación -la tranquilizó el otro caballero-. Apuesto a que es otra argucia de los Guerreros de Hierro. Te advertí que seguramente tienen espías entre nuestros servo-esclavos.

-Ha desistido, señores -dijo el encapuchado-. Ha encontrado lo que buscaba o se ha rendido, pero he podido determinar su origen. Está en la forja-altar nueve.

Los renegados intercambiaron miradas de asombro, incluso de terror. Acudieron en tropel a asomarse a una de las cristaleras, pero la estación nueve seguía tan solitaria como había estado desde hacía días. Allí sólo descansaba la inerte figura del último Preceptor.

-¡Es Canis Rex! -confirmó el sacristán-. ¡Canis Rex ha accedido al sistema, por sí solo!

Rabiosa volvió la mirada hacia el terminal que había estado acaparando toda su atención, y su voz tembló.

-¡Estaba buscando a Hekhtur!

Como a consecuencia de las palabras de la baronesa, un gemido de metal torturado rebotó por todo el hangar rápidamente seguido por los gritos asustados del personal que aún conservara su humanidad. Los servidores ciborg siguieron efectuando sus tareas preprogramadas como autómatas mientras los ingenieros y sacristanes salían corriendo despavoridos, todos en la misma dirección. Desde la cabina de control, los renegados tuvieron una excelente vista de cómo la figura de doce metros de alto del caballero modelo Preceptor se removía en las ataduras de la forja-altar que lo aprisionaba, doblando algunas pasarelas como plástico flexible, arrancando gruesos colgajos de cables con su monstruoso guantelete como si no fueran más que enredaderas crecidas con el paso del tiempo sin que hubiera piloto alguno en su cabina. Cuando alzó su rostro blindado, sus ojos brillaron directamente hacia la cabina de la torre. Se encontró con las miradas incrédulas de aquellos con los que había servido, a los que había servido y que le habían separado de aquel que era el mejor de entre todos ellos, el único merecedor de su obediencia. Su mudo gesto de odio pronto encontró su voz en el zumbido de carga de los policonductores de su codiciado impulso-láser. Los caballeros salieron corriendo hacia la escalera apartando a los sacristanes a empujones.

Una lanza de intensa luz carmesí arrancó llamaradas del mismo aire en su trayectoria desde el brazo de Canis Rex hasta el centro de control, transmitiendo suficiente energía para desintegrar toda la cabina y atravesarla abriendo un boquete de varios metros de diámetro en el techo de rococemento antibombardeos del manufactorum. En un solo instante la estructura de metal y lo que quedaba de las cristaleras resplandecieron al rojo blanco y se evaporaron al igual que las consolas, mientras que las túnicas de los sacristanes y los uniformes de los caballeros soltaron leves fogonazos al encogerse sobre sus cuerpos reducidos a oscuras nubes de ceniza. Privados de directrices, todos los servidores del hangar se detuvieron a la vez y se desplomaron como espantapájaros caídos de sus postes.

 

Hekhtur Cerberan dejó de tembar y un violento acceso de tos le hizo doblarse varias veces antes de poder tomar una bocanada de aire. Algo había sucedido. La miríada de ojos brillantes se había apagado, el zumbido se había silenciado y su mente, aunque aún hirviendo afligida, era ahora libre. Estaba ensordecido y se sintió como si le hubieran permitido subir a la superficie de un océano justo antes de ahogarse ¿Acaso había sucumbido? ¿Se había rendido sin siquiera ser consciente de ello y por lo tanto su cautiverio, su honor, habían terminado? No hubo comitiva, nadie llegó para liberarle, atenderle y ungirle con aceites malditos. Fuera lo que fuera, no era algo previsto por sus captores, pero aún seguía prisionero de sus cadenas.

 

Canis Rex fijó su silenciosa mirada en los equipos de trabajo que se habían lanzado al suelo del hangar aterrados. Vio a los sacristanes, figuras dedicadas a prepararle para la batalla y atenderle tras la misma, manchados y retorcidos como repugnantes parodias de lo que ya nunca volverían a ser. Le devolvían la mirada aún en el suelo como si suplicaran la clemencia que no habían mostrado por su señor.

Las fuerzas de seguridad del hangar aparecieron por varias compuertas laterales. Se trataba de antiguas tropas de defensa planetaria que, a diferencia de sus antiguos camaradas presos, habían jurado lealtad al Caos a cambio de su intrascendente supervivencia. Habían acudido movidos por la señal de alarma como polillas al resplandor de una vela, sin siquiera voluntad de conocer el motivo que los impulsaba; era la señal convenida por sus amos y eso bastaba, pero aquellas pobres criaturas se detuvieron presas del pavor al constatar la ciclópea naturaleza de la amenaza. Los sacristanes les exhortaron a detener al Preceptor. Pronto comprendieron lo vacío de aquella orden cuando su cañón empezó a emitir un sonido ululante, descargando su fenomenal potencia en cascada a través del focalizador en una ráfaga tras otra de haces intermitentes a los que se unieron los disparos del multi-láser de su clavícula. El manufactorum fue cruzado por una tormenta láser en cuyo ojo se erguía Canis Rex, girando su torso a izquierda y derecha para acribillar objetivos a docenas. Disparaba indiscriminadamente, sin precisión ni control alguno, era una bestia desbocada y como tal atacaba a todo lo que se moviera con rabia ciega. Los cuerpos humanos y los uniformes de combate no ofrecían resistencia alguna a un poder de tal magnitud; segados, cercenados y cauterizados como por venganza divina.

Un movimiento a su derecha atrajo su atención. Colmillo de Furia, su fiel escolta desde antes de que sus respectivos señores hubieran nacido, le disparó con su lanza termal y el chorro de microondas capaz de atravesar su cuerpo blindado restalló contra la pantalla iónica que Canis Rex interpuso tal y como su noble habría hecho, disipando el ataque en un resplandor azulado antes de que le tocara. En campo abierto el Archa de Guerra habría podido superarle en agilidad, pero en aquel entorno cerrado el Preceptor le dio alcance fácilmente y cerró su reverenciado guantelete atronador sobre el Archa de Guerra, levantándolo del suelo como un cachorro pataleando y agitando inútilmente su cuchilla-sierra. Sólo hubo unos instantes de chillidos de Dónovor Civault Eigron Cerberan implorando a Canis Rex que se detuviera, antes de ser aplastado en su cabina y de que el núcleo de Colmillo de Furia estallara.

Como si se percatara de ello por primera vez, miró los restos chisporroteantes que asía y giró la cabeza hacia las otras armaduras. Vio símbolos hirientes que habían sustituido al emblema de su casa, y los retazos de las almas de todos los caballeros que habían ocupado su trono mechanicum antes que el noble Hekhtur gritaron de impotencia al percatarse de que Canis Rex era el último bastión incorrupto del honor y la tradición de los Cerberan. Aquella frustración fue descargada alzando los restos de Colmillo de Furia y metiéndolos a la fuerza en la cabina abierta de Mordedura Letal, el caballero clase Cruzado que le había mantenido a salvo durante más cargas de las que nadie podría recordar. El trono mechanicum quedó aplastado, devastando el mismo corazón de la armadura y reduciéndola a una gigantesca estatua inerte e inútil. No consentiría que sus hermanos fueran mancillados de aquella forma, de modo que volvió a canalizar su ardiente sangre de plasma hacia el impulso-láser y disparó a plena potencia contra el cadáver profanado de Collar de Guerra, su hermano modelo Paladín. No le fue difícil acertar a un blanco estático de tamaño similar al suyo. La explosión desintegró al Paladín y derribó toda aquella sección del andamiaje de las forjas-altar, sepultando a los escoltas Helverin Mastín I y Cabeza de Lobo al tiempo que la bola de fuego resultante los devoraba. Sólo pudo refrenar su ira al recordar que no estaba solo. Hekhtur aún vivía confinado en alguna parte de aquel lugar y era su deber salvaguardarle. Cargando al máximo los capacitadores de la Mano de la Libertad, Canis Rex descargó un puñetazo contra el mamparo interior del hangar, provocando tal onda expansiva que el rococemento se deshizo en círculos concéntricos, permitiéndole pasar a la siguiente sección del edificio.

 

Reconocería el sonido de ese reactor, esos disparos, esas pisadas aunque no le quedara un gramo de cordura. Era Canis Rex. Habían conseguido despertarlo sin él, pero algo debía de haber salido mal. Estaba luchando. Hekhtur oyó el agudo silbido de una lanza termal que sólo podía pertenecer a un Archa de Guerra, y luego una serie de explosiones que le hicieron oscilar en sus ataduras. Estaba cerca, puede en que en el mismo edificio, debatiéndose por sí solo mientras él colgaba como un pedazo de carne ensartada por tubos y conexiones impías que habían estado vertiendo el veneno más abyecto en su misma alma. Empezó a retorcerse, y por primera vez en mucho tiempo era dueño de sus acciones. Sus músculos restallaban como si miles de agujas laceraran la carne a cada intento de tensarse, tirar y zafarse con los hombros resentidos por la dolorosa crucifixión.

Vamos, le dijo su propia voz. Tienes que liberarte. Tienes que romper tus cadenas. Ya no te queda nada, sólo tu vida y tu honor, y no podrás hacer nada por aquello que has perdido. Canis Rex no puede llegar hasta ti, está ganando tiempo, te está esperando. Tienes que salir de aquí. Tienes que romper tus cadenas. Te han atado como a un perro, han jugado con tu mente, tus recuerdos, tu misma fe, han destruido tu casa y han intentado que reniegues de su recuerdo. ¡Pero no lo han conseguido! ¡Sigues aquí! ¡Eres un caballero, un maestro de armas! ¡El último Cerberan! ¡Rompe tus cadenas y hazles saber el error que cometieron dejándote con vida, pretendiendo convertirte a su causa depravada! ¡Sólo uno de los tuyos habría sabido cómo utilizar tus implantes de comunión para pervertir tu voluntad! ¡Tienes que salir de aquí, tienes que hacerles pagar todo lo que han hecho! ¡Pero para ello tienes que romper tus cadenas!

¡Rompe tus cadenas!

¡Rompe tus cadenas!

¡Rompe! ¡Tus! ¡Cadenas!

Esta vez el grito que inundó la bóveda no fue un aullido de dolor ni un chillido de agonía. Fue un rugido de furia desatada, una ensordecedora proyección de la clase de odio que surge tras un sufrimiento extremo. Alimentados por ese odio, los brazos de Hekhtur empezaron a ejercer presión, sus manos se cerraron poderosamente sobre los manojos de cables y los eslabones que las inmovilizaban, y empezó a tirar de ellos sometiendo su cuerpo a una tensión similar a la que experimentaría en un potro. Las cadenas eran firmes, pero sus captores las habían enrollado en torno a los conductores confiados de que las fibras conectadas a su cabeza bastarían para mantenerle prisionero. Los cables empezaron a crujir y a agrietarse, arrancados uno por uno del techo con un alentador chasquido cada vez, apenas audible en el titánico bramido del caballero, hasta que de repente toda la telaraña empezó a deshilacharse bajo su peso, haciéndole caer aparatosamente. Liberadas de la tensión, las cadenas se deslizaron fácilmente de sus muñecas, y Hekhtur Cerberan sintió el peso de su cuerpo sostenido por sus propios músculos, su propia voluntad, por primera vez desde lo que le pareció una eternidad. Alzó la mirada hacia su yelmo y su pistola, las recompensas ofrecidas a cambio de su sumisión. Pero no había sido doblegado, fueron manos libres las que se alzaron para desconectar las viles fibras que se aferraban a las conexiones de su cabeza como mordeduras de serpiente; las mismas manos que sostuvieron el casco grabado con el mastín de los Cerberan, presionando la frente sobre el emblema.

La compuerta empezó a emitir golpes y chirridos metálicos. Estaban intentando abrirla desde fuera, pero la energía de emergencia era insuficiente para accionar el cierre. Cuando lo consiguieron, los sacristanes entraron apresuradamente, apartando los pesados manojos de cables como si fueran los cortinajes de una estancia real, para encontrar a su prisionero en pie, ataviado con su yelmo y empuñando el arma que nunca había dejado de pertenecerle.

-Mi señor, Canis Rex se ha desbocado. -dijo el encapuchado más cercano con toda la alarma que podía imprimir a su habla sin alma, mientras sacaba de su túnica una voluminosa maza voltaica-. Su espíritu máquina ha enloquecido. Ha aniquilado a vuestros nobles hermanos y está destruyendo al resto de armaduras. Tenemos que detenerle.

Los demás empezaron a entrar en la sala blandiendo armas similares. En su debilitado estado un mero roce de aquellas mazas bastaría para dejarle fuera de combate. No solo pretendían evitar su fuga, pretendían utilizarle para apaciguar a Canis Rex.

Tamaño insulto sólo mereció una respuesta. Su interlocutor y los otros dos sacristanes que se alineaban tras él salieron despedidos por la entrada con el primer disparo de su pistola. Su segundo disparo rozó apenas el hombro de otro atacante, arrancándole el brazo de cuajo y haciéndole caer envuelto en espirales descontroladas de su túnica. Tuvo que dar un paso atrás para evitar un mazazo chisporroteante. Estaba agarrotado, dolorido, extenuado en cuerpo, mente y alma y privado del exotraje bípedo de doce metros que le convertía en un coloso imparable, pero lo que aquellos seres medio hombres medio máquinas no deberían haber olvidado es que era un Caballero Imperial. Su mano libre sujetó la muñeca del sacristán al siguiente intento y golpeó en el mango con el codo, haciendo que el sacristán se golpeara en la cara con la cabeza de su propia maza. La transferencia voltaica derribó al portador instantáneamente, dejando a Hekhtur libre de usar su maza para bloquear el siguiente ataque y descerrajar un disparo a quemarropa que partió al agresor en dos. Al alzar la maza dispuesto a descargar una vez más, se dio cuenta de que había acabado con el último.

Se encontró, jadeante, en un estrecho pasillo que se extendía a izquierda y derecha bordeado por varias compuertas más, precariamente iluminado y peor conservado aún. No fue difícil orientarse: sólo tenía que avanzar hacia los disparos y las pisadas que retumbaban en toda la estructura. Vio algunos ciber-esclavos caídos por el suelo, agitando las cabezas de lado a lado y abriendo y cerrando sus pinzas hidráulicas como si no superan qué hacer con ellas. Algunos siervos humanos cruzaron la intersección ante él a la carrera sin hacerle el más mínimo caso, de modo que él tomó el camino por el que habían venido.

Al trasponer otro umbral metálico se encontró en lo alto de una pasarela elevada que cruzaba el amplísimo y vacío espacio de una zona de carga industrial. Vio monstruosas compuertas abiertas en los laterales de lo que resultó ser uno de los manufactorums, en cuyo interior Canis Rex deambulaba una lenta zancada tras otra. El Preceptor podía haber huido, pero permanecía allí como un blanco estático, resistiéndose a abandonar el edificio. Le buscaba, le esperaba a él.

En un momento dado, la montura localizó movimiento en las pasarelas superiores y ambos sostuvieron la mirada durante un momento, como si escrutaran los ojos del otro a través de los visores de sus yelmos. El Preceptor vio el emblema de los Cerberan en su frente. El noble lo vio en su escudo.

Le costaba creerlo aún viéndolo con sus propios ojos. Canis Rex siempre había tenido un espíritu máquina indómito, pero verlo actuar por sí mismo era poco menos que un acto milagroso. Debió de reconocerle, porque en lugar de abatirle se acercó hasta estar inmediatamente debajo de él. Sin dudar un momento, Hekhtur pasó trabajosamente al otro lado de la barandilla y se dejó caer el par de metros que le separaban del caparazón. La escotilla de acceso se levantó como la tapa de un ataúd, pero para él eran las puertas del único hogar que le quedaba.

Acogido en el estrecho y familiar abrazo de su propio trono mechanicum, Hekhtur inició el ritual del despertar más extraño de toda su vida con Canis Rex ya despierto. El neuroinductor principal avanzó desde el respaldo del asiento para deslizarse a través del puerto practicado en el yelmo, siendo acogido en la nuca de un caballero que lo sintió con alivio tras haber tenido conectores mancillados en el cráneo. Pronto su voluntad se fundió con la de su montura, ambas envueltas en los susurros de sus antecesores. Susurros que clamaban venganza y retribución. Ningún otro noble podría recordar una afrenta de magnitud siquiera similar a la que ambos habían soportado.

Como uno solo volvieron a atravesar el agujero del mamparo, contemplando el horripilante espectáculo de caballeros Cerberan deformados y corrompidos. Canis Rex ya había librado a algunos de tal miseria; no consentirían que los restantes siguieran sufriendo, pero no esperaban que el modelo más alejado, situado el primero y más cercano a la compuerta de salida, diera un paso al frente saliendo de su forja-altar para girarse hacia ellos.

Separados por doscientos metros de liso rococemento salpicado de cadáveres humeantes y los restos de varios de sus congéneres, ambos caballeros se miraron fijamente.

-¿Cómo has podido hacernos esto? -preguntó una voz por el comunicador, arrastrada por una garganta oprimida de rabia.

Hekhur ya había reconocido la antigua armadura modelo Gallardo Zarpa de Marfil, pero no había querido creerlo hasta que oyó la voz de su amazona.

-¿Eilixis? Por todos los ancestros… dime que no eres tú.

-Tú has acabado con tu propia familia Hekhtur -contestó Rabiosa con la voz tiritando de pura furia contenida-. Tu maldita montura ha matado a nuestros hermanos, sólo yo pude escapar. No sabes cuánto esfuerzo me costó que los Guerreros de Hierro dejaran el destino de los Cerberan de este sector en mis manos. ¡Yo había forjado una nueva casa sobre el fracaso de la anterior!

-Di más bien sobre la tumba de los caídos ¡Nos colgaron como piezas de carne! ¡Nos torturaron hasta nuestras mismas almas! ¿Quién les enseñó a usar nuestros implantes contra nosotros?

-¡Yo, por supuesto! ¡Yo fui la primera en soportar esa tortura y puedes estar seguro de que fue mil veces peor! ¡Yo fui la primera en liberarme de ella, sólo tuve que aceptar nuestra derrota!

-¡Vendiste a tu familia! ¡Vendiste nuestros cuerpos y nuestras almas! ¡Vendiste Randoryn Alfa!

-¡Les proporcioné una nueva vida! ¡Íbamos a ser los señores de Randoryn Alfa, Hekhtur! ¿Qué nos ha dado el Imperio que valga más que eso?

-¡Eilixis, somos caballeros, no tiranos! ¡Nos debemos a la protección de nuestra gente!

-¿Y qué hizo nuestra gente mientras caíamos uno por uno? ¿Mientras las municiones se agotaban y nuestros reactores languidecían esperando un apoyo que nunca llegó? ¡Esa gente nos debía a nosotros su mísera existencia y lo único que hicieron fue acurrucarse como cobardes o entregarse sin luchar!

-No busques excusas en nuestro pueblo Eilixis. Nuestro fracaso debió de ser terrible para que perdieran su fe en nosotros, pero no podemos darles la espalda por ello. Nosotros somos sus protectores, no ellos los nuestros.

-¡Te aferras a las antiguas doctrinas como un niño! ¿Qué debes tú a esa gente para excusarles de esa manera? ¡Es gracias a mí que Canis Rex sigue de una pieza! ¡Los Guerreros de Hierro querían despedazarlo pero yo logré mantenerlo a salvo para tí! ¡Te he estado esperando desde que juré lealtad al Caos, Hekhtur! ¡Somos más que caballeros, somos familia! ¡Podíamos haber llegado a dominar a nuestros vencedores, ser sus líderes, sus amos! ¡Podíamos haber sido dioses y tú quieres seguir siendo su perro guardián!

-Randoryn Alfa prosperó antes de la llegada del Emperador y siguió haciéndolo bajo Su protección. Mira a tu alrededor y mira en qué se ha convertido ahora. Prefiero ser un perro guardián que un falso dios a tu lado.

Rabiosa tembló con su grito de odio. Su máscara estaba marcada con la estrella del caos alrededor de uno de sus visores de igual modo que la cara de ella. Su guantelete atronador había sido adornado con largas cuchillas, el lomo de su espada-sierra segadora había sido modificado para dejar al descubierto el filo, su batería de misiles exhibía una aleta como la de un tiburón y, en el escudo de su clavícula derecha, el mastín de los Cerberan había sido pintado con sangre en las fauces y el cuerpo marcado con su nuevo nombre, pero ninguna de aquellas profanaciones era tan espeluznante como aquel grito.

Desde extremos opuestos del hangar, ambos caballeros iniciaron una prolongada carrera al modo de las justas de entrenamiento que Hekhtur y Eilixis Cerberan habían compartido en tantas ocasiones. Rabiosa avanzó con paso moderado mientras su torreta disparaba sus saetas autopropulsadas en ráfagas de tres. Canis Rex, por el contrario, aceleró en zancadas cada vez más rápidas, aplastando los escombros a su paso. Los misiles impactaron a medio metro por delante de él haciendo resplandecer su escudo iónico como una pantalla que se movía en arcos para interceptar cada proyectil. Rabiosa modificó la trayectoria de sus siguientes disparos, ralentizando aún más su avance para ganar en precisión. Un misil arrancó media greba de Canis Rex, y los siguientes hicieron volar su hombrera derecha y su multi-láser, sumando una constante merma a medida que la distancia se reducía más y más entre ellos.

Rabiosa se dio cuenta de que el maestro de armas no respondía al fuego. Ni siquiera intentaba disparar su impulso-láser sino que balanceaba ambos brazos como un corredor para mantener el equilibrio y por ello sus andanadas de misiles no lograban ralentizarle; de modo que empezó a aumentar su propia velocidad haciendo entrechocar el puño y la espada con una cascada de chispas mientras cargaba su rifle de fusión. Acabaría con él en una sola acometida. Ella estaba intacta mientras que la armadura de Hekhtur había sufrido varios daños en su aproximación. Se dio cuenta de su error de cálculo demasiado tarde. Con la inercia acumulada por su carrera ininterrumpida, Canis Rex atravesó el radio de alcance de su rifle de fusión como una centella, dando un paso a un lado y cruzando su trayectoria con la de ella en un mero parpadeo. Rabiosa alzó sus armas preparada para la colisión.

Utilizando el cañón del impulso-láser como si fuera una espada, el Preceptor golpeó la axila de su oponente para trabar los pistones que accionaban su guantelete atronador e impedir que le alcanzara un nanosegundo antes de que la Mano de la Libertad se estrellara de lleno bajo la placa pectoral de Rabiosa. La energía rebosó del impacto en una tormenta de arcos voltaicos cuyo núcleo centelleaba como una supernova. El metal se puso al rojo, luego al blanco y luego empezó a desintegrarse y a hundirse, aplastado por el colosal puñetazo que se hundió profundamente en el cuerpo del antiguo Gallardo y lo levantó del suelo arrastrado por el irresistible envite. Canis Rex derribó a su rival de espaldas, extrajo el puño de sus entrañas y lo cerró sobre su yelmo, aplastando y retorciendo hasta arrancarle la cabeza.

Tendida sobre el respaldo de su trono mechanicum ahora horizontal, Eilixis Cerberan jadeó incrédula por el rápido desenlace. Ninguno de sus instrumentos funcionaba, el vínculo con su armadura estaba inerte y pudo oír cómo se extinguía el latido del corazón de plasma del reactor. Se arrancó a sí misma del conector neural y desechó su casco, que rodó por la cabina mientras ella se alzaba para abrir la escotilla justo a tiempo de ver a Canis Rex alejándose hacia la salida del manufactorum.

-¡Te arrepentirás de esto Hekhtur! -increpó con lágrimas de rabia en los ojos-. ¡Eres un estúpido si crees que esto te servirá de algo! ¡Quedan muchos más Cerberan en Randoryn Alfa! ¡La tuya es una causa perdida! ¡Estás solo, abandonado! ¡Te daremos caza como el perro que eres! ¡Recuerda mis palabras: te arrepentirás de dejarme con vida!

El último Preceptor alcanzó el umbral del hangar. Lentamente, giró la cadera y el torso hacia su derecha, volviéndose hacia los restos derribados de Rabiosa.

-Te equivocas -dijo un sombrío Hekhtur-. Sólo queda un Cerberan. Y no pensaba dejarte con vida.

El impulso-láser cobró vida con un intenso crepitar. Sus conductores se iluminaron primero con un resplandeciente azul que se convirtió en un blanco cegador al tiempo que la bocacha conductora se orientaba directamente hacia ella.

 

-Mi señor Ingranak, recibimos múltiples alertas de la megafactoría Rombus. El campo de prisioneros está bajo ataque.

-¿Rombus? Estuve allí hace apenas ocho horas. Es imposible que esas guerrillas imperialistas hayan llegado tan lejos.

-Intento recabar información, señor, pero toda la megafactoría parece haber caído en el descontrol. Nuestros randorianos están en desbandada; no oigo más que órdenes de retirada.

-Informa a Rabiosa. Los Cerberan están cerca, que se encarguen de someter la zona ya que aún siguen ahí.

-Señor… el manufactorum tres ha sido completamente destruido. No tengo contacto con ninguno de los caballeros.

-¿Qué estás diciendo?

-Hemos… perdido contacto con todos los caballeros del sector… señor. Todos los oficiales de la zona repiten lo mismo: Canis Rex está arrasando el campo de prisioneros de Rombus. Se ha hecho con el mando de los imperiales… están escapando y haciéndose con el equipo de nuestras tropas. ¡Esperad! Recibo un contacto por el canal de voz de los Cerberan.

-Ya era hora. Rabiosa ¿qué demonios está pasando allí?

-Se llamaba Eilixis, y era baronesa de la casa Cerberan; señora de Zarpa de Marfil, miembro de mi familia, sangre de mi sangre, una de las mejores que nunca haya visto Randoryn Alfa, pero traicionó el camino del caballero y arrastró a otros en su caída. Vosotros, tiranos, esclavistas, usurpadores, mancilladores, habéis conquistado mi mundo y vuelto a mi propia familia contra mí y contra aquellos a los que juramos proteger. Habéis subyugado no solo a mi gente, sino a su mismo espíritu. Sabed que no os culpo por la debilidad de aquellos que han consentido unirse a vosotros. Ahora que todos sois de la misma calaña, sabed esto: Canis Rex está en cada aliento ávido de libertad y en cada rescoldo libre de cada alma que ansíe la caída de sus opresores. Por lo que le habéis hecho a él y a los suyos, no dejará de tomarse venganza. Jamás se rendirá. Jamás se detendrá. Aplastará a todo aquel que pretenda erigirse en dueño de otros. Aquellos que alguna vez fuisteis su familia, sabed que os perseguirá con más ahínco que a ninguno. Aquellos que le creáis solo contra vosotros; sabed que le lleve a donde le lleve su ira Hekhtur Cerberan estará con él, y nunca más volverá a contenerle.

Publicado en Archivo, Caballeros Imperiales, Desarraigados, Relatos | Etiquetado , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Armas del Armiger Moirax de Forge World

Warhammer-community ha anunciado la salida a la venta de las armas que faltaban del Armiger Moirax, el escolta de los Caballeros Imperiales de Forge World. Con esta adición ya puede desplegarse todo el potencial destructivo de estos ágiles combatientes sea cual sea el enemigo a abatir.

Las reglas para jugar con los Caballeros Imperiales y del Caos de Forge World estan disponibles de forma gratuita en la página de la empresa en inglés.
Para aquellos que lo prefieran, aquí están las reglas traducidas por mí al castellano. He aprovechado la salida de estas armas para revisar y subsanar un par de errores de traducción que he encontrado en las Garras de Asedio.

Cañón de Conversión Moirax

El Cañón de Conversión Moirax es un arma errática pero con un potencial destructivo devastador. La particular tecnología de gravitones aumenta la potencia del impacto cuanto más alejado está el objetivo, lo que la convierte en un arma anticarro de largo alcance letal en el ágil chasis de un Armiger.

Púlsar de Gravitones

El Púlsar de Gravitones no tiene ni el alcance ni la potencia del anterior, pero provoca explosiones de mayor área de efecto que causan mayor número de impactos, y sus pulsos aplastan al objetivo bajo su propio peso volviendo su armadura casi inútil. Un arma terrorífica contra infantería pesada y vehículos ligeros.

Publicado en Caballeros Imperiales, Modelos, Modelos Forge World | Etiquetado , , , , , , , , , , , , | 1 Comentario

Ángel de Darenne y Tiburón Cobra, los Escualos de Charias

Escualos de Charias

Los orkos caían sobre el mundo de Vevrum como una lluvia. Sus naves espaciales eran un insulto a la vista del personal del Adeptus Mechanicus que atendía las ancestrales maquinarias de sus asentamientos, ahora puestas en grave peligro. Soldadas sin ton ni son, ensambladas a golpes e incluso excavadas en asteroides, aquellas cosas surcaban a duras penas la leve atmósfera del planeta dejando atrás estelas de llamas y de los restos que se les desprendían. Que algo así pudiera sobrevivir a una reentrada era odioso, que sobrevivieran sus salvajes ocupantes lo era aún más pero, aún así, el desprecio de los tecnosacerdotes del Dios Máquina palidecía junto a la aversión de aquel que se había erigido en su custodio.

Nadie sabía su verdadero nombre, pero llegó a lomos de una máquina tan magnífica que el fabricador general de Vevrum quiso recibirle en persona. Se hacía llamar Ogenus, y su montura era conocida como el Caballero Ahogado. Sus orígenes estaban envueltos en el misterio, pero su odio por los pielesverdes era legendario y posiblemente era lo que le había traído a un planeta desértico que la mayoría de gobernadores imperiales había rehusado auxiliar.

Vevrum era poco más que una bola de arena, pero los skitarii del cercano mundo forja de Pentrarrovanium habían descubierto hacía siglos que, en ciertos lugares, la composición de esa arena podía refinarse y producir materiales cristalinos de excelente calidad para fabricar componentes de armas láser, aislantes electrotáumicos, visores espectrovoltaicos y un sinfín de aplicaciones. El caballero poco sabía de la importancia o no de aquel mundo; su nave había recibido la señal de auxilio emitida por los asentamientos pentarrovianos y había acudido en defensa del Imperio. Tal era la lógica arcaica de aquel guerrero, tal había sido la suerte de los skitarii.

La otra cara de la moneda habían sido los orkos, caídos en aquel mundo tras salir atropelladamente del Immaterium. Quizá huyendo de alguna batalla espacial perdida, quizá lanzados a la aventura siguiendo su bárbaro instinto, cuando empezaron a descender sobre los mares de dunas que los pentarrovianos habían hecho su hogar aquel granizo de piedra y metal ya nunca se detuvo. Conscientes de la nulidad de recursos del planeta, el resto del sistema estaba dispuesto a dejar que los orkos se desgastaran en Vevrum antes de lanzar su contraataque, pero Ogenus no estuvo dispuesto a sentarse a mirar cómo los tecnosacerdotes combatían por defender su feudo sin hacer nada. Alguien le reprochó que su movimiento era poco inteligente, y que a fin de cuentas los skitarii eran mitad máquina. Su respuesta no fue tan contundente por el tono en que se transmitió como por el significado de sus palabras: eran mitad humanos y eso bastaba.

Angel de Darenne 1

Ángel de Darenne

Apostado justo ante la compuerta principal de la ciudad-factoría amurallada, el Caballero Ahogado lanzaba una salva ininterrumpida de fuego con sus colores azules destacando sobre la arena anaranjada y el rojo de los muros. Las seis bocas de su monstruoso cañón rotante estaban al rojo vivo y trazaban un círculo incandescente. Era fácil imaginar la trayectoria de sus proyectiles, sólo había que seguir las hileras de orkos despedazados como por una fuerza invisible allá donde el caballero clase Guardián dirigiera su fría mirada. Eran tantos que ni podía verse la arena bajo sus pies mientras lanzaban su carga contra un único enemigo acorazado que les miraba indolente desde sus doce metros de altura. A sus espaldas, los vigilantes skitarii apostados en lo alto de las murallas abrían fuego a su vez, sus largos fusiles emitiendo un chispazo eléctrico donde un arma convencional vomitaría un fogonazo, y derribando a un alienígena tras otro con el estallido de sus balas galvánicas. No obstante, ni siquiera todo ello era suficiente para detener la oleada orka. Paso a paso, ganaban terreno por los flancos del caballero, pues el arco de terreno frente a él era una zona de muerte ineludible. Pronto empezaron a estrellarse y a aporrear las murallas, a atropellarse y a aplastarse unos a otros, ganando altura sobre los cadáveres de sus propios congéneres. A una orden inaudible, los vigilantes se retiraron de las murallas para ser reemplazados por las temidas vanguardias radiactivas. Las ráfagas a quemarropa de proyectiles de radio no sólo acribillaron a los orkos a los pies de aquellos muros, sino que su aura ponzoñosa les restaba fuerzas para acometer la escalada.

Rodeado en todos sus frentes, el Caballero Ahogado no pudo mantener a sus enemigos a raya durante más tiempo. Activó el lanzallamas auxiliar de su brazo y retrocedió a pasos lentos, dejando tras de sí un ardiente muro que engullía orkos a docenas. Cuando los primeros golpes empezaron a repiquetear, débiles e infantiles, contra sus piernas, llegó el momento. Cerró el guantelete atronador de su otro brazo y dejó fluir la energía de su reactor por sus sistemas, cargándolo con un creciente zumbido. La energía rebosó de aquel gran puño con tal fuerza que varios orkos cayeron calcinados por la mera proximidad. Cuando descargó el golpe sobre el suelo, la arena saltó en varios círculos concéntricos mientras las ondas expansivas arrasaban a los orkos en un creciente diámetro a su alrededor. Incluso las compuertas de la factoría se agitaron como si hubieran sido embestidas por un ariete y los salvajes orkos fueron aplastados contra las murallas pese a estar a varios metros de aquel primer movimiento; el segundo fue algo que los orkos no habían previsto: aquel caballero no había acudido a la llamada de los skitarii solo.

-¡Ahora! -gritó con la voz de un dios.

La compuerta a sus espaldas se abrió deslizándose hacia el interior de las murallas, pero el abrasador sol no pasó a través del umbral. Un segundo caballero dio un paso al frente, de blindaje oscuro como la noche, y cargó por la derecha de Ogenus blandiendo su espada-sierra como una guadaña. Un tercer gigante traspuso las puertas con su armadura de plata resplandeciendo, mantuvo la posición mientras las murallas volvían a cerrarse a sus espaldas y dirigió el cañón que portaba en cada brazo a zonas opuestas, a cada lado de los dos compañeros que se enzarzaban en cuerpo a cuerpo. Por la izquierda, su cañón gatling demostró ser tan mortífero como el de Ogenus barriendo ese flanco, mientras que su cañón de batalla inició un lento y demoledor martilleo sembrando el terreno a su derecha de explosiones que hacían volar orkos a docenas.

-Alabarda, mantén al enemigo lejos de las puertas. Pretor conmigo.

Las órdenes de Ogenus eran rápidas y concisas, pero aterradoramente serenas. La caballero plateada no se movió mientras descargaba sus armas, los otros dos se abrieron paso hombro con hombro, pisoteando a los orkos tanto como les atacaban con sus armas. Un solo caballero había sido capaz de contener el interminable mar pielverde; tres estaban consiguiendo hacerlo retroceder. Ni siquiera las mentes inundadas de directrices lógicas de los skitarii pudieron evitar un sentimiento de orgullo al presenciar la metódica ejecución del contraataque de los caballeros y la masacre resultante. Era una representación visual, viva, de la superioridad de la máquina sobre la carne. Alabarda de Plata protegía a los otros caballeros, los skitarii la protegían a ella y mientras Ogenus y Pretor 24 se erguían como dos rompeolas gemelos contra los que la oleada alienígena se estrellaba una y otra vez.

Pretor 24 ni siquiera había empleado aún su cañón termal, concentrado únicamente en aplastar y ejecutar amplias siegas con su espada-sierra que reducían filas enteras de enemigos a amasijos de carne y sangre. Su arma eran tan monstruosa y su potencia tal que los falibles cuerpos orkos no eran cercenados, sino triturados a su paso. El Errante tenía experiencia en combatir contra hordas tras años rechazando a los tiránidos en Ultramar y ahora daba justo uso a lo aprendido.

Había pasado mucho tiempo desde que Alabarda de Plata combatiera inmersa en el frente. Había vagado solitaria por el Imperio, embarcándose en una flota del Astra Militarum tras otra allá donde hubiera conflicto, pero manteniéndose siempre alejada de los demás incluso en combate, donde se posicionaba para el bombardeo a larga distancia. No toleraba la cercanía de enemigos ni amigos y tenía buenos motivos para ello, pero Ogenus la había convencido de que las circunstancias eran apremiantes en aquel momento de modo que allí estaba, erguida, saturada por los datos de vectores balísticos con que el espíritu máquina de su montura la acribillaba y eligiendo los más adecuados para reducir el flujo de orkos alrededor de sus compañeros.

Tiburon Cobra 1

Tiburón Cobra

-Alabarda, ajusta más tu fuego a nuestro alrededor -le ordenó la voz de Ogenus por el canal de voz que sólo ellos tres compartían.

-¡No puedo ajustar más los vectores! -respondió ella con signos de estrés más que evidentes-. ¡Os alcanzaría a vosotros!

-Son demasiado para andar con miramientos -la voz de Ogenus permanecía inflexible aún mientras el Caballero Ahogado rechazaba orkos a patadas-. Mejor un impacto fortuito tuyo que otro golpe de sus mecanogarras.

Alabarda apretó los dientes y cerró aún más el arco de disparo de sus armas, pero una visión cruzó entonces su mente, emborronando por un instante sus marcadores de objetivos. Una instantánea acusación, sin palabras, sin gestos; sólo cuatro pares de ojos muertos fijos en ella, vacíos como las cuencas de las calaveras de los muertos. Casi pudo oír la acusación que sus labios inexistentes vertían sobre ella: “mataste a tus aliados”.

La impecable precisión de la Cruzada flaqueó a ojos vista. Sus precisas ráfagas y metódicos impactos de artillería se dispersaron alrededor de Ogenus y Pretor 24. Los xenos eran tantos que aún así las bajas siguieron siendo considerables, pero la zona de exterminio se difuminó y los pielesverdes pudieron ganar terreno. Con una maldición, Alabarda de Plata redujo el alcance de sus disparos para detener la nueva oleada que ahora amenazaba su propia posición, llegando al extremo de necesitar el uso de su lanzallamas y ametralladoras auxiliares. Ogenus volvió la vista atrás para evaluar la situación. La Cruzada alzó su yelmo, mirándole, esperando un reproche, pero el Caballero Ahogado tan sólo asintió. La misión de Alabarda de Plata era proteger la puerta; la de ellos era simplemente facilitárselo.

La ciudad resistía con su único punto débil convertido en el escollo más brutal para los asaltantes gracias al trío de desarraigados. Pero los orkos no habían puesto todos sus recursos en un asalto en masa, como cabría esperar. Sus mekanikoz habían estado canibalizando las armas y motores de sus naves para equipar peñaz enteras contra los muros de la ciudad, mientras que los blindajes eran utilizados para construir dreadnoughts, lataz azezinaz y motokópteroz por docenas para asediar sus puertas. Ambas ideas serían igualmente adecuadas para hacer frente a los caballeros.

Aquellos engendros empezaron a asomar sobre las dunas con sus tubos de escape oscureciendo el aire, sus patas articuladas dando zancadas de lado a lado y los precarios kópteroz monoplaza zigzagueando. Los skitarii fueron los primeros en divisarlos, pero sus escasos tiradores transuránicos eran los únicos con alcance suficiente para responder a su amenaza. Andanadas de gran calibre, proyectiles de energía y haces tractores provenientes de grupos de zakeadorez y tipejoz vazilonez golpearon al Guardián y al Errante con fuerza suficiente para hacerles tambalearse por primera vez mientras el frente de andadores de combate descendía las pendientes arenosas apartando a los orkos a su paso como niños que llegaran tarde a reclamar su lugar en un juego.

Ogenus intentó disparar su cañón vengador sobre los artilugios voladores que le sobrepasaban en dirección a la ciudad, pero los orkos se apelotonaban a su alrededor de tal manera que no podía maniobrar, mientras que Pretor 24 experimentaba la misma dificultad al intentar abrir fuego sobre los bípodes que se aproximaban.

-¡Estamos empantanados! -protestó el Errante-. ¡Alabarda, quítanoslos de encima!

-¡No puedo! -respondió ella con desesperación- ¡Estoy combatiendo cuerpo a cuerpo y estos orkos usan granadas, si me muevo de aquí podrían dañar la puerta!

Sopesando la situación en apenas un parpadeo, Ogenus vio que la Cruzada estaba casi de espaldas contra la compuerta. Negándose a desacatar la orden que él mismo le había dado, permanecía firme en su posición blandiendo sus cañones como garrotes y trazando rugientes arcos con su lanzallamas para mantener la ciudad intacta mientras los skitarii hacían cuanto podían por enfrentarse al asalto aéreo. Él y Pretor 24 estaban solos. Apenas podían moverse en la ciénaga encharcada de sangre en que habían convertido el arenal a su alrededor, y sus blindajes no dejaban de rechinar bajo la intensa y variopinta lluvia de fuego que les caía desde lo alto de las dunas; aún así el Errante partió en dos al primer monstruo mecánico que se le acercó. Cada uno de los caballeros doblaba en tamaño a los más grandes de los bípodes xenos, pero ser rodeados por ellos sería mucho peor que ser asediados por orkos a los que podían pisotear fácilmente.

-Aquí Peltastas de la Luz llamando a Arvias Mikkon. Vectores P4-K1-Mármol y P7-B2-Obsidiana. Preparaos.

Sólo Ogenus reconoció aquellos códigos, y no era para menos pues aquella comunicación desconocida le había llamado por su propio nombre, un nombre que sólo su verdadera familia podía saber. Dejando las conjeturas para después, previno a Alabarda de Plata y Pretor 24 de una inminente barrera de artillería utilizando un código de coordenadas que pudieran comprender.

Como un cataclismo profetizado, los proyectiles empezaron a caer en dos puntos muy concretos. Uno de ellos fueron las inmediaciones de Alabarda de Plata, donde el fuego de cañones automáticos de gran potencia salpicó y disgregó las compactas filas orkas lo suficiente como para que la Cruzada pudiera liberarse y volver a hacer cantar sus armas. El otro fueron las formaciones de zakeadorez de la lejana duna, levantando una nube de arena y cuerpos reventados con cada impacto.

Los vigilantes skitarii señalaron a lo alto de una lejana duna al este, donde una pareja de bípodes se había apostado y descargaba sus armas con una precisión espectacular. Informaron a Ogenus de sus inesperados aliados, su modelo y los colores que lucían, pero él ya había deducido hasta el último detalle. Sus colores ajedrezados rojos y verdes eran los de la casa Mikkon, su antigua casa, y los Peltastas eran las formaciones de escoltas modelo Helverin que habían servido a su lado durante generaciones, a menudo formadas por miembros de su propia familia.

Angel de Darenne 2

Ángel de Darenne

Alabarda de Plata descargó sus armas con furia desmedida haciendo a sus compañeros el mismo favor que los Helverins le habían hecho a ella. Cuando Pretor 24 se hubo zafado de la legión de hormigas pielesverdes, su cañón termal y su rifle de fusión hicieron su debut fundiendo a tres de las lataz azezinas en una cegadora ráfaga de microondas, para inmediatamente después lanzarse a la carga sobre el suelo de cristal fundido para interceptar el avance de los demás ingenios orkos. Ogenus le siguió uniendo su cañón gatling vengador al fuego de los Helverins para despejar la duna de artillería enemiga antes de lanzarse a la refriega.

Al ver que el empuje de su horda flaqueaba, los pilotos de los motokópteroz desistieron en su asedio. No importaba a cuántos pudieran acribillar en lo alto de las murallas si no iban a poder bajar para recoger su botín, de modo que el enjambre de máquinas voladoras se desvió hacia el este, hacia aquella pareja de máquinas humanas de aspecto más pequeño, vulnerable y apetitoso. Los Helverins mantuvieron la posición dirigiendo sus cañones directamente hacia ellos. Aún a aquella gran distancia, su pericia era aterradora contra blancos tan veloces y de movimiento tan irregular como los kópteroz, que empezaron a estallar y caer a la arena envueltos en grasientas nubes de humo y llamas. Casi la mitad de ellos fueron derribados antes de tener a sus víctimas a distancia de asalto, pero entonces éstas pusieron en acción otra temible e inesperada arma. Al mismo tiempo, los Helverins dieron media vuelta y echaron a correr a largas zancadas por la arena en dos direcciones diferentes. Kohetez y ráfagas de akribillador empezaron a caer tras ellos, pero los bípodes rivalizaban en velocidad con sus enemigos voladores y no sólo eso, sino que cada uno se movía para poner a sus perseguidores a tiro de su compañero y eran capaces de maniobrar y hacer blanco incluso en plena carrera, mientras que los orkoz se veían incapaces de darles alcance.

Cuando los pilotos de kópteros supervivientes se dieron cuenta de que los ágiles bípodes no sólo habían estado aniquilándolos, sino que habían estado haciéndoles perder el tiempo, fue demasiado tarde. Pues los Helverins no habían aparecido de la nada en el desierto, estaban actuando como avanzadilla del contingente pentarroviano enviado para liberar los yacimientos de Vevrum. Las barcazas gravitatorias Skorpius asomaron por el horizonte a tiempo de contemplar cómo la ciudad y los caballeros aún resistían. El frente de dreadnoughts orkos había sido detenido antes siquiera de acercarse a las murallas y éstas ofrecían un fuerte contraste entre su superficie cubierta de impactos y salpicaduras de sangre orka y la pátina impoluta de la compuerta ante la que aún se erguía la Cruzada plateada. Los orkos se vieron en peligro de ser atrapados entre el yunque inamovible de los caballeros y el martillo que se cernía sobre ellos, de modo que se retiraron para maquinar, literalmente, su siguiente ataque.

Los tecnosacerdotes insistieron de un modo mucho más solícito, más humano de lo que era su costumbre, en que los caballeros les permitieran reparar y rearmar sus armaduras y atender a los honorables espíritus máquina que habían sido sus salvadores. A la lanza Peltastas de la Luz le fue concedido el honor de entrar en primer lugar en la factoría y, al verlos, Ogenus se vio asaltado por su pasado, de cuando su propio caballero tenía el nombre de Escudo del Destino y lucía aquellos mismos colores, antes de que su fracaso en Charias le costara la vida a su alto rey Johanse Mikkon. Para su sorpresa, los dos jóvenes que descendieron de aquellas monturas le eran muy familiares, pero mucho mayores de lo que recordaba. Eran Naisa y Rodersen Mikkon, hijos del hermano y la hermana de su madre respectivamente; primos entre sí, y primos suyos.

Alabarda de Plata había conocido a Ogenus desde hacía dos años, Pretor 24 desde hacía más de seis, ninguno le había visto sonreír hasta aquel día y mucho menos fundirse en un abrazo con nadie, pero recibió a aquellos dos críos como a alguien largo tiempo añorado. Tras las oportunas presentaciones Ogenus, o Arvias como los Mikkon le llamaban, fue requerido a una reunión familiar. El Caballero Ahogado declaró que no tenía secretos para los que ahora eran sus hermanos de lanza, de modo que éstos estuvieron presentes.

Al parecer Darenne, hija de Johanse, gobernaba la casa Mikkon mientras Tybernas pasaba por un trance terrible. El mundo natal de Ogenus se había sumido en guerra contra una oleada invasora de fuerzas del Caos. Un contingente de los marines traidores de los Devoradores de Mundos se había aliado con varias lanzas de caballeros renegados que compartían su gusto por la sangre y la masacre. Ante tal fuerza combinada, incluso los Mikkon sufrieron graves pérdidas antes de poder rechazar sus asaltos y limpiar su órbita de naves enemigas. El planeta Tybernas había sido saqueado, grandes extensiones de terreno abrasadas y la población diezmada. Por ello la alta reina había llamado a las armas a todos los efectivos de su casa dispersos por el Imperio para recomponer sus filas. Los Mikkon debían ahora ocuparse de su propio hogar.

Tomar los votos del desarraigado era un derecho que asistía a todo caballero. Significaba la ruptura de sus lazos de sangre y de lealtad con su casa y su declaración de que, en efecto, se embarcaba en una cruzada en solitario en la que no debía obediencia a nadie más que a su propia conciencia. La reina Darenne sabía esto tan bien como cualquier otro caballero, y aún así había enviado a dos de sus más cercanos escoltas a seguir el rastro de las hazañas del Caballero Ahogado hasta dar con él. El mensaje estaba muy claro: la situación era grave y la reina llamaba al que fuera guardia real de su padre a su lado.

Tiburon Cobra 2

Tiburón Cobra

El corazón de Ogenus se encogió ante el relato que se desplegaba ante él, pero volvió a latir aliviado al saber que los Mikkon se habían impuesto una vez más a las amenazas que el destino tenía reservadas para ellos. Tybernas había sufrido graves pérdidas, pero aún se alzaba y su casa aún era soberana en sus dominios. Un duro revés, pero no peor que los que se habían sufrido en el pasado. Ser reclamado una vez más por su casa era un honor, pero Ogenus explicó a sus primos que fuera de su sistema había encontrado todo un universo desesperadamente necesitado de su ayuda. Durante casi quince años su crucero había surcado el espacio sin encontrar nunca un momento de ocio. Siempre había una señal de socorro, una llamada a las armas, una cruzada, un asedio, una invasión, defensa, marcha o conflicto en el que el ser humano precisaba de un protector. Había marchado junto al Astra Militarum, había combatido codo con codo con los Adeptus Astartes y las Adepta Sororitas e incluso se había sometido de motu propio al liderazgo de la Inquisición, experiencia esta última que había evitado desde entonces. El Imperio era infinitamente más extenso que un solo planeta, un sistema o incluso un sector. Allá a donde se moviera miles de almas suspiraban aliviadas al saber que combatiría por ellos allá donde no fueran capaces. Encontró a Pretor 24 combatiendo en un conflicto a tres bandas entre Ultramarines, Tiránidos y T’au. Alabarda de Plata servía como artillería móvil en un regimiento de Cazadores de Alimañas de Cardoval II cuando se unieron a su lucha contra guardias imperiales desertores. Ambos habían estado vagando como él y accedieron a acompañarle en su nave. Ahora formaban su propia lanza y su propia casa, una casa sin nombre ni tradición, formada por los lazos de la lealtad que los defensores de la Humanidad se profesan unos a otros.

Al igual que el resto de su casa, Naisa y Rodersen nunca creyeron que Arvias mereciera el exilio por un fracaso del que nadie salvo él mismo le consideraba culpable. Ambos empatizaron con su primo y sus argumentos, pero aún siendo de más baja graduación que él eran caballeros y su deber era acatar las órdenes de su alta reina. Cuando insistieron en que les acompañara de vuelta a Tybernas, Ogenus hizo valer sus votos. Sobre su alma aún pesaba la lápida de Johanse Mikkon y no podría volver a su hogar ni mirar a los ojos a su familia mientras no hubiera expiado su culpa. Deberían regresar sin él.

Los escoltas eran elegidos no sólo por sus habilidades marciales y su arrojo en batalla, sino por su entrega a la hora de vincular los yelmos mechanicum con que se unían a sus armaduras a los tronos mechanicum de sus superiores. Ello no sólo les permitía actuar en perfecta sincronía con los movimientos y deseos de su líder, sino que forjaba un poderoso lazo de lealtad. Por ello fueron incapaces de hacer lo que Ogenus les decía; no sólo iba contra las órdenes de Darenne, sino que implicaba estar de acuerdo con él en que merecía su autoimpuesto destierro. De modo que hicieron algo fuera de lo común en las crónicas de los Mikkon.

La lanza Peltastas de la Luz tomó los votos del desarraigado allí mismo, en el asentamiento de Vevrum, e hicieron el juramento de acompañar al que fuera Arvias Mikkon a donde quiera que su cruzada le llevase. Lucharían junto a él en defensa del Imperio, le ayudarían a restablecer su honor como fuera que él considerara necesario y le devolverían sano y salvo a Tybernas, cumpliendo así los deseos de todos los Mikkon. Ambos habían demostrado ya su habilidad como guerreros, pero Ogenus les reprochó su juventud. No podían renunciar a sus ancestros, sus tradiciones y su casa por su culpa, eso sólo le haría sentirse más agraviado aún; pero no había nada que él pudiera hacer para evitarlo salvo abandonarles a su suerte, y ya había abandonado a su familia una vez.

Así fue como los Peltastas de la Luz fueron rebautizados como los Escualos de Charias y se unieron al Caballero Ahogado y su lanza de desarraigados. Su primo había elegido sus colores de desarraigado por los azules océanos de Charias en los que se hundió, de modo que ellos eligieron los suyos de entre los depredadores marinos más feroces de aquel mundo. Rodersen asumió los colores y el nombre del tiburón cobra. Naisa eligió a la temida manta ángel, pero se aseguró de que su primo tuviera siempre presente que su Reina le reclamaba y que, Desarraigado o no, no podía desoír la llamada de su Casa. Además, su único medio de librarse de ellos sería volver a Tybernas, de modo que Naisa se haría llamar el Ángel de Darenne.

Publicado en Archivo, Caballeros Imperiales, Relatos | Etiquetado , , , , , , , , , , | Deja un comentario

El Escudero Fantasma

Silania Zeera se abrió paso por el infecto pantano a grandes pasos de su armadura clase Preceptor, Corona de Hielo. El terreno estaba encharcado hasta donde le alcanzaba la vista y del agua estancada emanaba un denso vapor blanco que dificultaba ver más allá de algunas docenas de metros. Ni siquiera podía ver un río o una corriente, sólo grandes extensiones pantanosas, salpicadas en algunos puntos con brotes de vegetación frondosa y exuberante a modo de islas verdosas. Muy por delante de ella, sus dos pupilos tenían muchas menos dificultades en vadear el terreno; sus ligeras monturas Armiger no se hundían hasta las rodillas, sino que alzaban las piernas en elegantes zancadas incluso saltando de un promontorio terroso al siguiente. Le sacaban tanta ventaja que tenía que refrenarles para que la niebla no se los ocultara.

Un tentáculo de la flota-enjambre Colquidae se había enroscado en los planetas más alejados del sistema Akrill, entre ellos el mundo-piscifactoría de Fraix y el cercano mundo-caballero de la Casa Zeera. A pesar de verse asediados por naves vivientes en su órbita y una abrumadora lluvia de esporas biológicas que transportaban a sus progenies de criaturas a la superficie, los Zeera enviaron lanzas a Fraix para proteger tanto los criaderos como a la población civil, convencidos de que podrían sobreponerse al asedio si mantenían los planetas unidos.

Ni siquiera en una situación tan apurada habían abandonado los Zeera sus costumbres de batalla, pues no había mejor entorno para entrenar a la próxima generación. Silania y sus dos jóvenes pupilos estaban ejecutando una patrulla en los terrenos pantanosos de Boeshk como primera línea de defensa contra cualquier avance enemigo.

-Mis sensores captan algo, mi señora -dijo la voz de Riven Zeera a las riendas de Estrella Profunda, su artillero Helverin-. Mil doscientos metropasos a mis dos.

-¿Ésveton?

-Confirmado, señora -respondió su otro escolta, su sobrino, que pilotaba su primera armadura Archa de Guerra, Avalancha-. Pero es imposible contactar visualmente a través de esta…

-Guárdate tus quejas, Archa de Guerra -le interrumpió Silania-. Mantened la posición y esperadme. Riven irá en retaguardia y nosotros abriremos camino. Sea lo que sea lo aplastaremos.

No hubo réplica alguna. El Helverin aguardó a que la Preceptora y el Archa de Guerra se adelantaran a él, permitiéndose un segundo de admiración mientras alzaba la vista, contemplando la imponente silueta de la armadura de su superiora. Cuando estuvieron separados por no menos de cincuenta metropasos, sintió el impulso de iniciar la marcha y mantener la distancia. Era consciente de que esa iniciativa no provenía de él, sino que le era transmitida, implantada, impuesta por Silania a través del vínculo de servidumbre entre Trono y Yelmo Mechanicum, y lo aceptaba de buen grado. Tenía mucho que aprender de ella antes de ganarse el derecho a discrepar.

La niebla reducía aquel mundo a una burbuja alrededor de los Caballeros más allá de la cual no había más que un vacío lechoso que vomitaba la superficie pantanosa y la vegetación ante ellos y la volvía a devorar conforme la dejaban atrás. Se movían confiando en los espíritus máquina de sus monturas, que les informaban superponiendo a su visión las lecturas de sus sensores. Sin duda avanzaban hacia algo, una concentración cada vez más numerosa de algo que llenaba cada vez más la parte superior de la esfera de escrutinio, en el centro de la cual ellos quedaban representados por un trío de pequeños indicadores.

-Sean lo que sean, son muchos -advirtió Ésveton-. No debería haber tropas aliadas en esta zona.

-Alto -ordenó Silania-. Mantenemos la posición.

El enorme yelmo de la Preceptora se movía de lado a lado, pero sus visores no lograban penetrar en el manto de blancura. En cualquier otra circunstancia aquella visión podría haber resultado paradisíaca, pero no habían llegado a aquel mundo en busca de la belleza de sus paisajes, sino de las progenies tiránidas que habían estado atacando sus complejos Piscifactorum, que habían de proveer de alimento a todo el subsector. Estrella Profunda se mantuvo alejado con cada uno de sus cañones apuntando a un lado de sus compañeros, mientras que Corona de Hielo y Avalancha se pusieron espalda contra espalda.

-Riven, inicia un bombardeo a nuestros flancos. Ya.

Aún sin contacto visual, Riven ni siquiera concibió replicar. Su montura tenía a los objetivos en sus sensores, y para él eso era tan fiable como tenerlos delante de sus ojos. Sus cañones automáticos abrieron fuego, retrayéndose al interior de sus armazones con cada disparo para compensar el retroceso. Su cadencia era lenta y potente, como el retumbar de tambores de guerra, y sus impactos empezaron a detonar más allá de la frontera neblinosa haciendo que ésta se agitara. Sus proyectiles no estaban diseñados para amplias explosiones, sino para causar el mayor daño posible en el punto de impacto como la carga hueca de una granada perforante. Podían oír los constantes chapoteos y el chasquido de madera húmeda quebrándose conforme Estrella Profunda sembraba su propia cosecha en aquel terreno.

-Abro fuego. Ésveton, permanece alerta.

Corona de Hielo cargó su pulso-láser con un creciente zumbido hasta que la energía rebosó incontenible en una ráfaga de rayos centelleantes, haciendo un barrido frente a ella. El haz láser intermitente llevó su luz más allá de la niebla, desvelando siluetas borrosas que bien podían haber sido los retorcidos y achaparrados árboles que crecían en aquel planeta. Pero los árboles no se habrían apartado después de que los primeros fueran incinerados y estallaran por el choque térmico.

Ésveton quiso unirse a la andanada, pero el mandato neuronal de Silania le refrenó. Él debía estar atento a sus sensores y comprobar la reacción de lo que fuera a lo que estaban disparando.

-El objetivo cede terreno, señora -informó con desilusión mientras su montura mantenía lista su cuchilla-sierra-. Se retiran antes de que podamos verlos siquiera.

Escudero Fantasma-Presta atención. Sólo ceden terreno, traman algo.

Su tía tenía razón, por supuesto. Se sintió estúpido por no haberse dado cuenta de que los contactos estaban replegándose lentamente. Varios indicadores se iban desvaneciendo, pues la salva de artillería estaba cobrándose su tributo de vidas, pero aún así el enemigo permanecía en el terreno. Un súbito pensamiento atravesó la mente de Ésveton con una punzada de horror.

-Mi señora, creo que yo debería retroceder. Estrella Profunda está solo y…

-No te distraigas, Ésveton -le reprendió Silania-. El enemigo nos supera en número y no tenemos contacto visual. Atacar a larga distancia es nuestra mejor baza. O bien les forzamos a retirarse o a atacarnos. Si se retiran el terreno es nuestro; si nos atacan revelan su posición, los aniquilamos y el terreno es nuestro.

El joven Archa de Guerra intentaba intervenir desesperadamente, pero era incapaz de interrumpir el aleccionamiento de su superiora. Los objetivos seguían ahí, ocultos en la niebla, esperando a que los disparos de sus compañeros les alcanzasen. Ni siquiera el más estúpido de los enemigos se dejaría matar así si no tuviera un plan. Él estaba completamente a salvo bajo la sombra de la armadura Preceptora que no dejaba de descargar su venerada arma hacia la blancura; el único punto débil que encontraba en su formación era el apartado Helverin. Como en respuesta a sus temores, Ésveton sintió un repentino cambio en su equilibrio que le forzó a dar un paso lateral para estabilizarse. El blando terreno se estaba moviendo bajo sus pies.

Estrella Profunda salió despedido cuando un géiser de barro pareció explotar justo debajo de él, y entre la inmundicia ascendente una gigantesca criatura en forma de gusano se alzó con un rugido ensordecedor. El Helverin cayó de costado, medio hundido en las charcas mientras aquella cosa clavaba su mirada en él. Su robusto torso quitinoso se prolongaba hacia abajo en una larga cola y hacia los lados en sendas ristras de garras como guadañas, mientras que una espantosa cabeza acorazada coronaba la figura con sus enormes mandíbulas abiertas. Estrella Profunda apenas tuvo tiempo de ponerse en pie y dirigir sus cañones hacia la nueva amenaza, antes de que ésta reptara en pos de él con sinuosa velocidad. Riven ni siquiera gritó cuando las garras empezaron a hundirse en su cabina en rápida sucesión, atravesando la armadura como si fuera de papel y anclándose dentro de ella, antes de que el trigón estirara sus miembros hacia fuera y la destripara desde el interior abriéndola como la concha de un molusco. De Riven Zeera no quedaban más que pedazos de un rojo vivo entre el metal torturado.

-¡Estrella Profunda ha caído! ¡Estrella profunda ha caído! -repitió Ésveton dando tirones de las riendas mentales con que Silania le contenía.

-¡Dispárale!

La orden de Silania fue obedecida por ambas armaduras, que giraron al unísono para hacer frente a la monstruosidad. Corona de Hielo informó a su señora de que el gigantesco blanco estaba fuera del alcance máximo al que su pulso-láser podía desarrollar su máxima potencia, de modo que ajustó la salida de energía para acribillarlo en otra sucesión de rápidas ráfagas mientras que su sobrino al fin podía dar uso a su lanza termal. El abrasador aluvión de pulsos láser e hipercalor hizo crepitar el caparazón externo del gran gusano y redujo una de sus extremidades a cenizas, pero aquella cosa no sólo parecía lejos de estar malherida, sino que les respondió con un desafiante bramido mientras una horda de criaturas menores emergía del agujero del que había salido. Al comprobar su visor posterior, Silania vio un enjambre de biosoldados más pequeños aún, tipo gante, abalanzándose desde la neblina a sus espaldas. Pronto ocultaron todo el suelo que podía ver bajo una estampida de caparazones, garras chasqueantes y bocas hambrientas.

Ésveton reconoció a las criaturas que salían del túnel rodeando al gran gusano; no había mundo donde no se hubiera dado aviso contra la infestación Genestealer. Se movían impidiendo un acercamiento directo al trigón, mientras que él pronto se vio obligado a defenderse trazando amplios sesgos con su cuchilla-sierra segadora para zafarse de los gantes. Apenas sentía resistencia al hendir aquellos cuerpos que crujían y se deshacían con cada mordedura de su fiel arma, y Corona de Hielo no tenía impedimenta alguna en pisotear a su alrededor y amasar aquellas cosas en el barro, pero el terreno se hundía bajo su peso y por más que mataran pronto se hizo evidente que estaban quedando atrapados.

-¡No puedo moverme! -advirtió Silania, la primera vez que Ésveton oía frustración en su firme voz-. ¡Ese monstruo gigante se está acercando! ¡Tenemos que maniobrar!

-¡Lo intento, señora! ¡Sugiero vector 057, intentaré abrir paso hacia allí!

Silania observó que, en efecto, la concentración de enemigos era menor en ese punto.

-¡Bien visto, Archa de Guerra! ¡Los dos a la vez, ahora!

Revolviéndose como dos bestias de metal enfurecidas, los Caballeros porfiaron hasta encararse en una misma dirección, cargando a través de las criaturas tiránidas en imparables arremetidas en paralelo. Avalancha cercenaba sin cesar para proteger las poderosas piernas de Corona de Hielo, mientras que ésta ganaba velocidad sin siquiera dar uso a su espada-sierra.

-¡Lo conseguimos, Ésveton! -celebró Silania-. ¡Ahora demostremos a ese gusano de qué son capaces nuestras armas a corto alcance!

Tras una corta carrera, Corona de Hielo giró en redondo, resbalando levemente en el pantano para plantar cara con sus armas dispuestas, pero Avalancha no había podido seguirle. Estaba enzarzado con la progenie de Genestealers,  que no dejaban de saltar sobre su blindaje casi cubriéndolo por completo. A pesar de ello Avalancha no dejaba de girar y lanzar golpes, negándose a darse por vencido.

Ésveton apenas podía ver nada. Su visor estaba embarrado y no era más que una cambiante sucesión de cuchillas y dientes que mordían la cabeza de su armadura. Sus otros sensores estaban sencillamente sobrecargados, sepultado como estaba bajo una montaña de engendros insectoides. Mantuvo su cuchilla-sierra a plena potencia para evitar que pudiera atascarse con los restos de los cuerpos a los que no dejaba de golpear una y otra vez, olvidando todas las enseñanzas de su Casa sobre disciplina de combate y control de la ira. Estaba luchando contra bestias salvajes, pero en lo tocante a la defensa del Imperium no había bestia salvaje más temible que un Caballero Zeera. Tajo, pisoteó y hasta golpeó con su lanza termal, hizo crujir tendones y quebró coberturas orgánicas duras como la roca, hasta que la escasa luz solar que lograba atravesar la perenne niebla se oscureció bloqueada por una silueta casi tan alta como Corona de Hielo.

El rebaño de gantes estaba diezmado pero seguía siendo suficiente para entorpecer el avance de Silania. Intentaba alcanzar a su sobrino antes que aquel gigantesco monstruo que serpenteaba sin dificultad entre el lodo como una odiosa pesadilla. El gusano se impulsó con sus músculos provocando un sonoro restallido y segó las piernas de Avalancha. Sus cuchillas mayores lo ensartaron contra el suelo y luego lo levantaron para poder morder profundamente en su vientre de metal, arrancando los servomotores de su cintura y arrojando lo que quedaba a un lado como desencantado porque tampoco hubiera carne en aquella presa. El Archa de Guerra rodó con su blindaje blanco cubierto del sucio lodo del pantano, inerte e inmóvil, y los Genestealers volvieron a rodearlo,  deslizando sus garras por su caparazón como si buscaran una hendidura por donde abrirlo.

-¡Señora! -llamó Ésveton aterrado, su canal de voz aún activo.

-¡Ésveton! ¡Sigues vivo! -había más orgullo que sorpresa en la respuesta de la Preceptora.

-Lo siento, mi señora. No pude seguiros.

-¡Resiste, te sacaré de ahí!

Hubo un sonido de cristales rotos seguido por varios disparos de pistola. Silania vio que algunos de los Genestealers caían de encima de Avalancha mientras Ésveton les disparaba a través del agujero abierto en su escotilla. El Caballero estaba defendiendo la cabina de su armadura con todo lo que tenía.

Incluso las armaduras de escolta clase Armiger, las menores del arsenal de su Casa, eran reverenciados objetos de culto para los Zeera, pero entre una armadura dañada aún más dañada y un joven y valiente aspirante vivo, Silania no tuvo dudas. Apuntó con su pulso-láser y su ametralladora y abrió fuego sobre el cadáver de Avalancha, acribillando a las criaturas que se amontonaban sobre él como detestables carroñeros. Una vez se hubo despejado el camino, la escotilla se abrió hacia fuera y un diminuto Ésveton Zeera saltó del interior pistola en mano. Los Genestealers le sisearon amenazadoramente, pero un vibrante rugido del trigón les hizo volverse hacia la Caballero aún en pie. Sólo unos pocos gantes persiguieron al humano en su huida hacia lo desconocido.

-Miserable y cobarde criatura -espetó Silania al monstruo que se erguía más alto aún sobre su cola como si intentara superarla en altura-. No quieres prescindir de tus esbirros contra mí ¿no es cierto?

Escudero FantasmaÉsveton tenía que levantar las rodillas en su agotadora carrera por el pantano, que parecía querer succionarle a cada paso. La humedad del ambiente ya se le había pegado a la cara y sus botas ya estaban lastradas con barro pegajoso y maloliente. Desprovisto de los sensores y la privilegiada visión de su armadura, la neblina parecía cerrarse más aún en torno suyo, pero aún podía ver acercarse a sus perseguidores dando ágiles brincos y ganando terreno con celeridad. No iba a poder alcanzar la arboleda en la que había planeado hacerse fuerte, de modo que sostuvo su pistola, una herencia familiar tan antigua como su armadura, con ambas manos y empezó a disparar. La caja torácica del primero crujió y se abrió como una flor sanguinolenta, perdiéndose en la niebla por el tremendo impacto. Otro se deslizó por su flanco y saltó sobre él con las garras listas para empalarle, pero su siguiente disparo lo detuvo en seco en pleno salto. El tercero murió de forma mucho más asombrosa, incinerado en un haz de energía cegadora que evaporó el agua a su alrededor, dejándolo encogido en una bola negruzca en medio de un cráter totalmente seco. Al mirar atrás, Ésveton vio la inconfundible silueta de una armadura Archa de Guerra, como si Avalancha regresara para protegerle. Estaba más allá del límite de la neblina, pero su ametralladora superior abrió fuego para rechazar a aquellos que atacaban al Caballero sin armadura, que se agazapó para no interponerse en su línea de tiro y siguió disparando. El Archa de Guerra se adelantó a él para abrir camino. No era Avalancha; sus placas de armadura eran de un negro azabache y los bordes refulgían como si estuvieran al rojo vivo. En su cabeza, blanca como una calavera, sus ojos ardieron severamente cuando se posaron sobre él, como exigiéndole que se levantara y siguiera luchando como era su deber de Caballero con o sin montura. Ésveton apretó los dientes y se puso en pie dispuesto a adentrarse de nuevo en la lucha, pero un gante cayó sobre su espalda y le hizo caer. Sintió el peso extrañamente ligero de aquella criatura de su tamaño mientras sus garras hendían su traje y sus dientes intentaban perforar su hombrera, pero no se dejó llevar por el pánico. Rodeó la cabeza del monstruo con el brazo y lo proyectó por encima de él hasta lanzarlo panza arriba al fango antes de descerrajarle un disparo, más que suficiente para acabar con él. Alzó la pistola contra otro que se acercaba a la carrera sobre todas sus extremidades y, al disparar, un chasquido le avisó de que se había quedado sin munición. Antes de que pudiera recargar, el misterioso Archa de Guerra se interpuso entre ellos e interceptó el salto del gante con su cuchilla-sierra segadora, haciendo que una mitad de la criatura cayera a cada lado de Ésveton.

Corona de Hielo recibió la carga del trigón como si le golpeara un meteorito. Los Genestalers le habían precedido y la habían mantenido distraída, intentando quitárselos de encima antes de que treparan por su blindaje, cuando la gigantesca criatura embistió y logró arrancarle el pulso-láser del brazo. Con un potente giro de cintura, Silania blandió su espada-sierra y partió al gusano por la mitad, derribándolo en una cascada de icor purpúreo. El tiránido chilló agónicamente, pero aún mutilado de semejante manera pudo alzarse sobre las cuchillas que le quedaban y huir arrastrando las entrañas por el pantano. Intentó impedírselo, pero su vista quedó ofuscada por un Genestealer encaramado a su yelmo que le arrancó un ojo con sus zarpas. Las criaturas menores actuaban como una informe criatura viva cuyo único propósito parecía ser inmovilizar a sus víctimas para que el trigón les diera caza a placer, pero ahora habían mordido mucho más de lo que podían tragar y estaban sirviendo como escudo para su huida. Si aquella cosa lograba escapar quién sabría dónde aparecería más tarde. El trigón vomitó su sangre mientras chapoteaba como una araña gigantesca. Estaba demasiado débil para excavar, pero tenía a su alcance el túnel por el que había sorprendido a aquellos adversarios. Ya había comprobado de qué eran capaces, se regeneraría a salvo en su madriguera y la flota-enjambre podría…

La cabeza de la criatura estalló. Lo que quedaba de su mandíbula se zarandeó violentamente al extremo del cuello antes de que un torrente de microondas calcinara su costado, volatilizando sus fluidos internos hasta hacer estallar el caparazón. El cuerpo se desplomó agitándose en los estertores de muerte de un cerebro que ya no estaba allí. Primero quedó lánguido y luego los miembros empezaron a encogerse en una inmóvil posición fetal. Ésveton sopló el humo del cañón de su pistola mientras se acercaba al cadáver, y contuvo el impulso de escupir sobre él. Aunque se enfrentaran a engendros de pesadilla salvajes y sin alma, era un Caballero.

Silania se percató del desconocido Archa de Guerra que iba a su lado, sin emblema de Casa ni escudo de armas. Dedujo que le debía a él la supervivencia de su sobrino, habida cuenta de que los pocos gantes y Genestealers restantes estaban huyendo en desbandada.

-Te has portado de manera ejemplar, Ésveton -dijo la Preceptora a través del replicavox de su armadura.

-Tú no -respondió el Archa de Guerra antes de que pudiera continuar-. Dejaste a tu escolta en una posición desprotegida. La misión de ese muchacho no era hacerte las cosas más fáciles, sino aprender de ti. Deberías haber sabido que un Helverin solo es vulnerable. Él lo vio -la armadura se volvió para mirar a Ésveton-. Él se dio cuenta de que su compañero necesitaba apoyo cercano.

-¿Has estado mirando todo el tiempo? ¿Por qué no nos has prestado ayuda desde el principio? -clamó Silania.

-No deberíais haberla necesitado.

-¿Y quién te crees tú que eres para darme lecciones, Archa de Guerra? ¡Exijo que te identifiques de inmediato!

-Sólo soy un escudero. Cuida bien de tus pupilos. Están destinados a ser mejores que nosotros, y el Imperium necesita a los mejores.

Aquel Archa de Guerra volvió a desaparecer entre la niebla tal y como había llegado, dejando a Silania y Ésveton sin explicación alguna. Fue avistado en múltiples ocasiones durante toda la campaña sin un patrón predecible. Apareció de la nada en la red de trincheras Badern para rechazar una oleada de progenies tiránidas junto a los reclutas del 51º regimiento. Luego fue avistado derribando a una monstruosa arpía con el fuego de su lanza termal y arremetiendo contra ella antes de que volviera a alzar el vuelo en las planicies gavusianas. Durante la ofensiva total para recuperar el Piscifactorum Sigma-4 se unió a las líneas de los Caballeros Zeera sin mediar palabra, quienes observaron con inquietud la admiración que despertaba entre sus propios jóvenes. Sólo oír hablar de las apariciones de ese escolta solitario hacía enfurecer a Silania, pero durante el resto de la campaña ninguna otra armadura Armiger se perdió estando bajo su mando. Los elementos del Astra Militarum y las Fuerzas de Defensa Planetaria, por el contrario, intercambiaban comunicados sin cesar siempre en busca del paradero de un benefactor que parecía especialmente interesado en mantenerles vivos. No les importaba que el Archa de Guerra actuara por su cuenta, decidiendo por sí mismo en qué frente combatir antes de volver a marcharse. Ni siquiera cuando se supo de varias ocasiones en que fue observado siguiendo la batalla desde lejos, aguardando un momento adecuado para intervenir que parecía totalmente arbitrario, pues la muerte de las fuerzas imperiales o de otros Caballeros no parecía incentivo suficiente y sólo en determinado momento se lanzaba al combate movido por una motivación imposible de adivinar. Él se llamaba a sí mismo por el sencillo título de “escudero”, pero sus erráticos movimientos y sus apariciones de la nada pronto inspiraron leyendas exageradas entre los guardias imperiales e incluso entre los jóvenes Zeera, quienes empezaron a llamarle el Escudero Fantasma.

Publicado en Archivo, Caballeros Imperiales, Relatos | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Capucha Negra

Los caballeros desarraigados a menudo están acompañados por una leyenda personal. Ya sea por sus proezas en el campo de batalla o por los sufrimientos que han padecido, su aislamiento invita a la soldadesca del Astra Militarum y a los temerosos testigos civiles de su imponente presencia a erigir mitos en torno suyo y a glorificarlos como héroes salvadores. Pero pocos caballeros inspiran tanto miedo al enemigo como a aquellos a los que acude a proteger.

Se le ha llamado por muchos nombres, pues él nunca ha dado ninguno, pero desde su defensa del cementerio sagrado de Daivir V la mayoría de los que han oído hablar de él le conocen como el Enterrador. En muchas ocasiones acude a la batalla en solitario, pero han sido muchos los informes que le describen acompañado por un escolta clase Archa de Guerra cuya voz a menudo es la única que se comunica con cualquiera fuera de los miembros de la caballería Questor. Es a la vez guardaespaldas, soldado, portavoz y consejero del siniestro caballero clase Dominus pero nunca presenta formalmente ni a éste ni a sí mismo. El Enterrador prefiere adherirse a los sobrenombres con que el temor y el asombro de los habitantes del Imperio le han investido, mientras que su escolta siempre se refiere a él como “el barón”. Capucha Negra, como algunos llaman a este acompañante  por el esquema de colores que decora su montura, es su heraldo, y en no pocas ocasiones sus aliados han deseado que el Enterrador se presentara solo.

Capucha NegraCuando caminan por su propio pie ambos ofrecen un aspecto no menos atemorizante que su reputación. Altísimas figuras envueltas en túnicas azabache cuyas largas mangas y holgadas capuchas sólo dejan ver atisbos sombríos de guanteletes y máscaras doradas. Si hay que creer los rumores, proceden de un mundo-caballero cuya localización se desconoce, que puede que ni siquiera haya sido redescubierto aún, pero que debe de mantener algún contacto con el Imperio ya que ellos lo recorren como desarraigados. A aquellos que lo preguntan educadamente, Capucha Negra les responde que proceden de Nurabsal, donde se produce una rara aleación llamada oricalco a la que atribuyen místicas y maravillosas propiedades. Sea como sea, ese metal es muy valorado por los tecnosacerdotes de Marte, que ofrecerán gustosos cualquier suministro o reparación que soliciten a cambio de unos pocos lingotes. Todo el Enterrador está construido de ese material que reluce como el oro envejecido, mientras que su Archa de Guerra sólo lo posee en sus placas de blindaje y los dientes de su cuchilla-sierra. Al parecer, en su hogar, el rango de un caballero es directamente proporcional a la cantidad de oricalco de su armadura.

En combate, esta letal pareja ha demostrado ser completamente impredecible. Si bien se sabe casi con toda seguridad que ambos viajan en la nave personal del Enterrador, en unas ocasiones éste se despliega en solitario y en otras es sólo Capucha Negra quien acude a la batalla. Unas veces combaten unidos y otras se separan o incluso luchan en frentes distintos. El mayor es silencioso y analítico, prefiriendo evaluar la situación por su propia cuenta antes que participar en las reuniones de altos mandos o intervenir en los canales de voz y a menudo inicia acciones unilaterales esperando ser apoyado. El menor es impaciente y mordaz y no duda en criticar a los que han de ser sus aliados apremiándoles a la batalla. Si bien la mayoría de veces son seguidos sin replicar, ya sea porque su curso de acción es evaluado positivamente o sólo por miedo, en alguna ocasión oficiales imperiales se han negado a plegarse a unos deseos que tienen que adivinar o pedir que se les expliquen de formas corteses hasta el hartazgo .

Durante la batalla en las planicies selváticas de Quarovian, los cazadores de orkos de Armageddon se contentaron con mantenerse a distancia cuando un enjambre tiránido entró en combate con la horda pielverde a la que habían estado siguiendo a través de la densa vegetación. Capucha Negra simplemente abandonó las líneas imperiales y marchó hacia el conflicto rastreando el terreno para el Valeroso, que no tardó en marchar en pos de él. Lo que sigue es un extracto de las transmisiones entre la general Krevennan del 148º regimiento y el Archa de Guerra.
General Krevennan: ¿A dónde demonios creen que van? Los tiránidos nos están haciendo el trabajo. Si quieren un trofeo esperen a que se maten unos a otros y recogeremos sus cabezas como xigocalabazas.
Capucha Negra: Nada bueno nos aguarda cuando una de esas razas se imponga sobre la otra. El barón ordena encontrar el punto de conflicto más intenso. Doce clics rumbo cero-dos-seis por si les interesa.
GK: Ya, pues buena suerte, amigos. Sabrán dónde encontrarnos cuando se den cuenta de que incluso ustedes van a morder más de lo que pueden masticar.
CN: -Risas-. El barón dice que no se preocupe, que sabe dónde encontrar a los cobardes: siempre detrás de él.
Tras lo que los cazadores de orkos consideraron un insulto, la general Krevennan ordenó avanzar a sus tropas, pero no pudieron alcanzar al Enterrador antes de que éste llegara a la batalla. El caballero Dominus modelo Valeroso nunca dio un paso atrás, barriendo zonas enteras de maleza y enemigos con abrasadores torrentes de su cañón de conflagración y proyectando su escudo iónico para proteger a los guardias imperiales mientras situaban sus armas pesadas. Los orkos llegaron a vitorear la aparición del gigante no porque le creyeran un aliado, sino porque por fin había en aquella selva algo digno de saquear. Cuando la guardia hubo establecido sus posiciones, el Enterrador se movió hacia el flanco para rodear a los tiránidos, trazando un camino de fuego entre sus progenies por el que Capucha Negra se internó a fugaces zancadas para dar caza a sus criaturas sinápticas. La desbandada de aquellos xenos fue así dirigida directamente contra los orkos, que ahora también debían hacer frente a los humanos, y el resultado fue una carnicería de tales dimensiones y una victoria tan aplastante que Krevennan la anotaría en sus memorias con la frase: “cuando un dios te da la espalda y te llama cobarde, o te humillas y le das la razón o le desafías, le sigues a la batalla y descubres de lo que eres verdaderamente capaz, pues no hay más dios que el Emperador”.

Capucha NegraEn muchos otros lugares Capucha Negra ha hecho gala del mismo ingenio ácido y de una irritante capacidad para atacar al orgullo de sus aliados y empujarles a actuar. En Rodunar Phi-Alfa, su atrevimiento estuvo a punto de provocar un conflicto con el capitán Ésiron de los Garras de Bronce. Casi la mitad de los distritos de aquella ciudad-colmena habían sido tomados por una sublevación de ingenieros y mineros promovida por agentes de los Portadores de la Palabra. Sólo los distritos centrales permanecían fieles al Emperador, protegidos por las fuerzas del Adeptus Arbites locales y los feligreses de una misión de la Eclesiarquía. Capucha Negra comunicó al capitán la impaciencia de su señor porque elucubrara su plan de ataque y le insinuó que lo comprendería si la tarea sobrepasaba sus capacidades, pero le advirtió de que el Valeroso partiría hacia las defensas occidentales de la ciudad a la mañana siguiente, indicándole incluso su vector de aproximación. El altivo Ésiron les desautorizó, pero sabía que poco podría hacer para evitarlo salvo ordenar a sus propios hermanos que se enfrentaran a ellos, de modo que empezó a trazar planes alrededor de aquel vector. Los caballeros eran dueños de sus acciones y sus armaduras, pero él no consentiría que su tozudez les llevara a desperdiciar un recurso tan valioso como el que suponían. En el momento del ataque resultó que aquella zona estaba en un punto ciego para las defensas de la ciudad, pues los búnkeres y torretas que debían custodiarla habían sido destruidos durante las revueltas. Aún en mitad del combate, Ésiron reprochó a los caballeros que los Garras de Bronce habrían descubierto por sí mismos aquel punto débil en las defensas enemigas igualmente. Capucha Negra le respondió que “el barón no sabía que esa zona fuera especialmente vulnerable, simplemente no tuvo miedo de avanzar”. Se desconoce si los caballeros eran conscientes de la clase de insulto que tales palabras suponían a los Marines Espaciales, pero Ésiron pudo tomar la ciudad con éxito gracias a sus acciones conjuntas y ello le bastó.

La jocosidad de su vasallo contrasta con el silencio del Enterrador y con el hecho de que no hable con nadie que no sea otro Caballero Imperial salvo que lo considere estrictamente necesario. Se les ha visto reunidos con miembros del Adeptus Mechanicus, con los que parecen capaces de entenderse, lo cual ha propagado rumores de que en realidad sean miembros del Questor Mechanicus que buscan redimirse o una especie de embajadores del misterioso mundo del que el Enterrador dice proceder. Algunos han llegado a insinuar que, dado que el escolta es quien tiende a llevar la voz cantante, los papeles de señor y sirviente que se les presuponen podrían no ser lo que aparentan, entre otras teorías más estrafalarias inspiradas por hechos como que nunca se les ha visto juntos fuera de sus armaduras.

Sea como sea, la llegada de cualquiera de ellos al escenario de la guerra siempre impulsa a las fuerzas del Imperio a actos más allá de lo que normalmente se atreverían a acometer. Aquellos con valor para dar un paso al frente siempre han podido contar con que les tendrán a su lado. El Enterrador y Capucha Negra suelen permanecer en campo de batalla tras la misma, deambulando entre los cadáveres y restos como si rindieran un silencioso tributo a los caídos.

Publicado en Archivo, Caballeros Imperiales, Relatos | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Los Cuervos Sangrientos

Me gustaría cambiar brevemente de tema para referirme a esta famosa página. En su reciente programa de audio han comentado el trasfondo de los Cuervos Sangrientos aparecido en la revista White Dwarf, sus reglas y características. He tenido el placer de colaborar con ellos siendo la mano que ha traducido el artículo, aunque el material gana mucho leído y narrado por la plantilla de la Voz de Horus, de obligada consulta aquí.

El Capítulo de Marines Espaciales de los Cuervos Sangrientos (Blood Ravens) ha sido el protagonista de las sagas de videojuegos de estrategia Dawn of War durante muchos años con un enorme éxito, hasta el extremo de haber sido el punto de entrada de muchos aficionados a Warhammer 40.000. En su versión más reciente (aunque según muchos la menos acertada) les conocemos por ser aliados de la dama Solaria, líder de la Casa Varlock que podemos ver en acción en Dawn of War III.

Solaria

Como puede verse en el videojuego otorgaron a la armadura de Solaria, Drakania, una configuración imposible de adoptar en una lista de Caballeros Imperiales de Warhammer 40.000, aunque es muy posible que se deba a simple economía de medios a la hora de programar sus movimientos y ataques (es más fácil si sus dos armas son iguales).

Mi enhorabuena a la Voz de Horus por su trabajo y mi agradecimiento por haber podido participar.

Publicado en Archivo, Caballeros Imperiales | Etiquetado , , , , , , , , , | Deja un comentario

Torneo en Estalia (Córdoba) 28-07-2019

Una vez más el equipo de Estalia Córdoba organizó un evento de Warhammer 40.000 y una vez más me decidí a probar suerte con prácticamente el mismo ejército que en una partida anterior esta semana; aunque en esta ocasión no me enfrenté a ningún otro Caballero leal ni del Caos.

Mi ejército: Caballeros Imperiales
Destacamento Superpesado – Casa Mortan (Questor Imperialis)
– Caballero Paladina (Alabarda de Plata)
– Caballero Errante (Pretor 24)
– Caballero Preceptor (Ogenus)
– 2 Escoltas Helverin (Ángel de Darenne y Tiburón Cobra)
– Escolta Archa de Guerra (Escudero Fantasma)

El plan era usar a Ogenus y los Helverins para ocupar el campo de batalla y los objetivos y dejar la parte más ofensiva al resto. Sin embargo sobreestimé la capacidad del Preceptor para permanecer en retaguardia y muy a menudo eché en falta una mayor capacidad de fuego de largo alcance.
Alabarda de Plata sería mi Señora de la Guerra y casi invariablemente emplearía el Rasgo Rastreadora para mejorar la movilidad de mi vanguardia, mientras que su Reliquia variaría entre el Estandarte de Macharius Triunfante y en unas partidas y la Bendición de los Sacristanes para su Cañón de Batalla en otras, dependiendo de si buscaba mayor control o mayor capacidad ofensiva. Pretor 24 obtendría el Baluarte Iónico y Ogenus la Armadura del Ión Santificado para mejorar su resistencia.

Partida 1
Información Vital (Vital Intelligence)

Mi oponente sería una alianza de Vigías de la Muerte (Deathwatch) y Marines Espaciales de la Guardia del Cuervo. Dos unidades de Vigías armados con Cañones de Fragmentación y una unidad de Inceptors con Exterminadores de Plasma, todas ellas unidades capaces de desplegar en cualquier lugar durante la batalla, y un Dreadnought con armas anticarro eran las amenazas principales, y en esta misión los objetivos están en una posición prefijada con lo que cada uno de mis Caballeros sería imprescindible si quería acumular puntos de victoria. El despliegue de Yunque y Martillo me favorecía, pues podía abarcar todo el ancho del campo de batalla e impedir que tropas enemigas se infiltraran hacia mi zona de despliegue, aunque no podría evitar los teletransportes ni las caídas en picado de las unidades enemigas más peligrosas.
Cada Helverin se apostó sobre un objetivo de mi zona y Ogenus permaneció cerca de ellos en los primeros turnos para mejorar su puntería y para protegerlos de cualquier despliegue sorpresivo; mientras que la Paladina, el Errante y el Archa de Guerra ocuparon el centro. El Dreadnought fue el primero en caer pues quería librarme de sus disparos lo antes posible, pero mi oponente, creo, cometió el error de desplegar sus unidades en reserva directamente delante de Pretor 24 y Alabarda de Plata en un intento de frenar su avance, en lugar de atacar a los Helverins en retaguarida cada uno de los cuales era mi única opción de tomar esos objetivos. Mientras que las armas especiales concentraban el fuego en el Errante, un Capitán de los Vigías de la Muerte equipado con retrorreactor y martillo de trueno se adelantó hacia la Paladina, pero no se esperaba lo que ocurrió a continuación. Mientras Escudero Fantasma destacaba en una operación en solitario por el flanco, acabando con unos exploradores y resistiendo buena cantidad de fuego enemigo, Pretor 24 fue finalmente abatido por los disparos; pero antes de caer el Errante sobrecargó su reactor en un Noble Sacrificio, detonando de forma espectacular y borrando del mapa al Capitán, su Bibliotecario y a buena parte de los Vigías armados con Cañones de Fragmentación. Con la muerte del Capitán antes de que llevara a cabo su demoledor asalto, el frente de Marines Espaciales se deshizo y pude consolidar mi control sobre el campo de batalla.
Si mi oponente hubiera utilizado su capacidad de despliegue por sorpresa para amenazar a mis Helverins, y creo que era muy capaz de acabar con uno o ambos en un mismo turno, yo no habría tenido tanta libertad para concentrarme sólo en avanzar.

Torneo 1 Torneo 1 Torneo 1 Torneo 1Torneo 1Torneo 1 Torneo 1 Torneo 1

Partida 2
Suministros desde el Cielo (Supplies from Above)

En esta batalla tuve que enfrentarme a un ejército de Guardia Imperial, en mi opinión uno de los oponentes más complicados para los Caballeros Imperiales. Aunque cada Comandante de Leman Russ carece de la movilidad y capacidad cuerpo a cuerpo de un Caballero Questoris, su potencia de fuego lo iguala y a veces lo supera gracias a sus diversos métodos para mejorar su precisión y cadencia de fuego. Esto unido a sus vehículos de artillería, a una ingente cantidad de tropas difíciles de desmoralizar y a su tremenda cantidad de Puntos de Mando los hace muy versátiles y capaces de ocupar el campo de batalla en una misión con objetivos móviles.
Sus primeros movimientos fueron situar tropas y vehículos rápidos en mis rutas de aproximación para negar mi avance; varias unidades de Guardias Imperiales y un Hellhound que bloquearon los escasos huecos disponibles entre las ruinas. Sus vehículos Basilisk y Leman Russ pronto hicieron notar su poder abatiendo a mi Archa de Guerra y causando graves daños a Ogenus. Mi suerte en el combate a larga distancia fue dispar, no siendo capaz de acabar con su artillería con mis Helverins ni con sus vehículos pesados con mis Caballeros Questoris. La infantería y los vehículos ligeros no hacían sino ganar tiempo mientras caían abatidos a pisotones y tajos de Espada-sierra Segadora, pero eso era todo lo que necesitaban: ganar tiempo. En mi zona de despliegue, mi único objetivo seguro escapaba a mi control constantemente flotando por encima de escenografía que mis Helverins no podían atravesar, lo cual empeoró con la llegada de una unidad de Vástagos Tempestus que contribuyó a complicar ese cometido. En el frente pude ir ganando terreno y haciéndome con objetivos, pero no los suficientes y no a un ritmo que bastara para tomar la delantera y evitar la victoria de mi rival.
En esta partida usé al Preceptor de modo totalmente ineficaz. Su capacidad anticarro tenía demasiado corto alcance y su capacidad para abatir infantería pesada no se adecuaba a las enormes escuadras de Guardias Imperiales, mientras que los Helverins en retaguardia quedaron demasiado alejados para beneficiarse de su experiencia o su apoyo. Creo que gestioné a la infantería enemiga lo mejor que pude, pero que debí concentrar el fuego de mis armas mucho más, centrarme en un vehículo cada vez y destruirlo antes de pasar al siguiente.

Torneo 2 Torneo 2 Torneo 2 Torneo 2 Torneo 2 Torneo 2 Torneo 2 Torneo 2

Partida 3
Tierra Quemada (Scorched Earth)

Los Necrones serían mis últimos rivales del torneo, en una misión en la que es posible destruir los objetivos de la zona de despliegue del rival. Dado que él contaba con motos Cuchillas de la Cripta (Tomb Blades) y la consabida capacidad teletransportadora necrona, mi prioridad sería proteger el objetivo de mi zona de despliegue, mientras que sus tres Arcas del Juicio Final (Doomsday Arks) serían la principal amenaza.
Ya me había enfrentado antes a ejércitos similares y una lista parecida a la que usaba ese día me había dado muy bien resultado, así que cuando durante toda la partida no fui capaz de causar ni siquiera daños leves a ninguna de las Arcas mientras que éstas despedazaron mis filas turno tras turno, sólo puedo achacárselo a la mala suerte. Escudero Fantasma presentó una enconada lucha contra una unidad de Guerreros Necrones en el flanco, pero sus oponentes no dejaban de levantarse tras ser abatidos y él solo no podía evitar que capturaran el objetivo en disputa. Fracasé a la hora de defender mi objetivo y mi rival logró consumirlo, aunque fue un hecho anecdótico que no influyó en mi derrota final.

Torneo 3 Torneo 3 Torneo 3 Torneo 3 Torneo 3 Torneo 3 Torneo 3

Conclusiones

Una vez más mi enhorabuena al equipo de Estalia Córdoba por otro evento divertido y bien organizado que añadir a su ya largo palmarés.

Poco tengo que añadir a mi actuación, salvo remarcar lo que ya es sabido: los Caballeros Imperiales son un ejército de extremos, muy poderosos y resistentes, pero que pagan caros sus errores. El control de objetivos es prioritario y puede hacerse difícil con un ejército de Caballeros puro, sin aliados baratos. El Preceptor puede ser una unidad poderosa a corto alcance pero, si permanece atrás para apoyar a los Helverins, su efectividad a larga distancia se reduce a la infantería pesada y, como mucho, los vehículos y monstruos ligeros. No lo utilicé bien para rechazar las incursiones enemigas en mis zonas de despliegue y se notó mucho. Los Helverins creo que tuvieron mala suerte, su rendimiento fue muy inferior al de pasadas ocasiones similares. Habrá que ver qué deparan las batallas venideras.

Publicado en Archivo, Caballeros Imperiales, Informes de Batalla | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario