Armas del Armiger Moirax de Forge World

Warhammer-community ha anunciado la salida a la venta de las armas que faltaban del Armiger Moirax, el escolta de los Caballeros Imperiales de Forge World. Con esta adición ya puede desplegarse todo el potencial destructivo de estos ágiles combatientes sea cual sea el enemigo a abatir.

Las reglas para jugar con los Caballeros Imperiales y del Caos de Forge World estan disponibles de forma gratuita en la página de la empresa en inglés.
Para aquellos que lo prefieran, aquí están las reglas traducidas por mí al castellano. He aprovechado la salida de estas armas para revisar y subsanar un par de errores de traducción que he encontrado en las Garras de Asedio.

Cañón de Conversión Moirax

El Cañón de Conversión Moirax es un arma errática pero con un potencial destructivo devastador. La particular tecnología de gravitones aumenta la potencia del impacto cuanto más alejado está el objetivo, lo que la convierte en un arma anticarro de largo alcance letal en el ágil chasis de un Armiger.

Púlsar de Gravitones

El Púlsar de Gravitones no tiene ni el alcance ni la potencia del anterior, pero provoca explosiones de mayor área de efecto que causan mayor número de impactos, y sus pulsos aplastan al objetivo bajo su propio peso volviendo su armadura casi inútil. Un arma terrorífica contra infantería pesada y vehículos ligeros.

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Ángel de Darenne y Tiburón Cobra, los Escualos de Charias

Escualos de Charias

Los orkos caían sobre el mundo de Vevrum como una lluvia. Sus naves espaciales eran un insulto a la vista del personal del Adeptus Mechanicus que atendía las ancestrales maquinarias de sus asentamientos, ahora puestas en grave peligro. Soldadas sin ton ni son, ensambladas a golpes e incluso excavadas en asteroides, aquellas cosas surcaban a duras penas la leve atmósfera del planeta dejando atrás estelas de llamas y de los restos que se les desprendían. Que algo así pudiera sobrevivir a una reentrada era odioso, que sobrevivieran sus salvajes ocupantes lo era aún más pero, aún así, el desprecio de los tecnosacerdotes del Dios Máquina palidecía junto a la aversión de aquel que se había erigido en su custodio.

Nadie sabía su verdadero nombre, pero llegó a lomos de una máquina tan magnífica que el fabricador general de Vevrum quiso recibirle en persona. Se hacía llamar Ogenus, y su montura era conocida como el Caballero Ahogado. Sus orígenes estaban envueltos en el misterio, pero su odio por los pielesverdes era legendario y posiblemente era lo que le había traído a un planeta desértico que la mayoría de gobernadores imperiales había rehusado auxiliar.

Vevrum era poco más que una bola de arena, pero los skitarii del cercano mundo forja de Pentrarrovanium habían descubierto hacía siglos que, en ciertos lugares, la composición de esa arena podía refinarse y producir materiales cristalinos de excelente calidad para fabricar componentes de armas láser, aislantes electrotáumicos, visores espectrovoltaicos y un sinfín de aplicaciones. El caballero poco sabía de la importancia o no de aquel mundo; su nave había recibido la señal de auxilio emitida por los asentamientos pentarrovianos y había acudido en defensa del Imperio. Tal era la lógica arcaica de aquel guerrero, tal había sido la suerte de los skitarii.

La otra cara de la moneda habían sido los orkos, caídos en aquel mundo tras salir atropelladamente del Immaterium. Quizá huyendo de alguna batalla espacial perdida, quizá lanzados a la aventura siguiendo su bárbaro instinto, cuando empezaron a descender sobre los mares de dunas que los pentarrovianos habían hecho su hogar aquel granizo de piedra y metal ya nunca se detuvo. Conscientes de la nulidad de recursos del planeta, el resto del sistema estaba dispuesto a dejar que los orkos se desgastaran en Vevrum antes de lanzar su contraataque, pero Ogenus no estuvo dispuesto a sentarse a mirar cómo los tecnosacerdotes combatían por defender su feudo sin hacer nada. Alguien le reprochó que su movimiento era poco inteligente, y que a fin de cuentas los skitarii eran mitad máquina. Su respuesta no fue tan contundente por el tono en que se transmitió como por el significado de sus palabras: eran mitad humanos y eso bastaba.

Angel de Darenne 1

Ángel de Darenne

Apostado justo ante la compuerta principal de la ciudad-factoría amurallada, el Caballero Ahogado lanzaba una salva ininterrumpida de fuego con sus colores azules destacando sobre la arena anaranjada y el rojo de los muros. Las seis bocas de su monstruoso cañón rotante estaban al rojo vivo y trazaban un círculo incandescente. Era fácil imaginar la trayectoria de sus proyectiles, sólo había que seguir las hileras de orkos despedazados como por una fuerza invisible allá donde el caballero clase Guardián dirigiera su fría mirada. Eran tantos que ni podía verse la arena bajo sus pies mientras lanzaban su carga contra un único enemigo acorazado que les miraba indolente desde sus doce metros de altura. A sus espaldas, los vigilantes skitarii apostados en lo alto de las murallas abrían fuego a su vez, sus largos fusiles emitiendo un chispazo eléctrico donde un arma convencional vomitaría un fogonazo, y derribando a un alienígena tras otro con el estallido de sus balas galvánicas. No obstante, ni siquiera todo ello era suficiente para detener la oleada orka. Paso a paso, ganaban terreno por los flancos del caballero, pues el arco de terreno frente a él era una zona de muerte ineludible. Pronto empezaron a estrellarse y a aporrear las murallas, a atropellarse y a aplastarse unos a otros, ganando altura sobre los cadáveres de sus propios congéneres. A una orden inaudible, los vigilantes se retiraron de las murallas para ser reemplazados por las temidas vanguardias radiactivas. Las ráfagas a quemarropa de proyectiles de radio no sólo acribillaron a los orkos a los pies de aquellos muros, sino que su aura ponzoñosa les restaba fuerzas para acometer la escalada.

Rodeado en todos sus frentes, el Caballero Ahogado no pudo mantener a sus enemigos a raya durante más tiempo. Activó el lanzallamas auxiliar de su brazo y retrocedió a pasos lentos, dejando tras de sí un ardiente muro que engullía orkos a docenas. Cuando los primeros golpes empezaron a repiquetear, débiles e infantiles, contra sus piernas, llegó el momento. Cerró el guantelete atronador de su otro brazo y dejó fluir la energía de su reactor por sus sistemas, cargándolo con un creciente zumbido. La energía rebosó de aquel gran puño con tal fuerza que varios orkos cayeron calcinados por la mera proximidad. Cuando descargó el golpe sobre el suelo, la arena saltó en varios círculos concéntricos mientras las ondas expansivas arrasaban a los orkos en un creciente diámetro a su alrededor. Incluso las compuertas de la factoría se agitaron como si hubieran sido embestidas por un ariete y los salvajes orkos fueron aplastados contra las murallas pese a estar a varios metros de aquel primer movimiento; el segundo fue algo que los orkos no habían previsto: aquel caballero no había acudido a la llamada de los skitarii solo.

-¡Ahora! -gritó con la voz de un dios.

La compuerta a sus espaldas se abrió deslizándose hacia el interior de las murallas, pero el abrasador sol no pasó a través del umbral. Un segundo caballero dio un paso al frente, de blindaje oscuro como la noche, y cargó por la derecha de Ogenus blandiendo su espada-sierra como una guadaña. Un tercer gigante traspuso las puertas con su armadura de plata resplandeciendo, mantuvo la posición mientras las murallas volvían a cerrarse a sus espaldas y dirigió el cañón que portaba en cada brazo a zonas opuestas, a cada lado de los dos compañeros que se enzarzaban en cuerpo a cuerpo. Por la izquierda, su cañón gatling demostró ser tan mortífero como el de Ogenus barriendo ese flanco, mientras que su cañón de batalla inició un lento y demoledor martilleo sembrando el terreno a su derecha de explosiones que hacían volar orkos a docenas.

-Alabarda, mantén al enemigo lejos de las puertas. Pretor conmigo.

Las órdenes de Ogenus eran rápidas y concisas, pero aterradoramente serenas. La caballero plateada no se movió mientras descargaba sus armas, los otros dos se abrieron paso hombro con hombro, pisoteando a los orkos tanto como les atacaban con sus armas. Un solo caballero había sido capaz de contener el interminable mar pielverde; tres estaban consiguiendo hacerlo retroceder. Ni siquiera las mentes inundadas de directrices lógicas de los skitarii pudieron evitar un sentimiento de orgullo al presenciar la metódica ejecución del contraataque de los caballeros y la masacre resultante. Era una representación visual, viva, de la superioridad de la máquina sobre la carne. Alabarda de Plata protegía a los otros caballeros, los skitarii la protegían a ella y mientras Ogenus y Pretor 24 se erguían como dos rompeolas gemelos contra los que la oleada alienígena se estrellaba una y otra vez.

Pretor 24 ni siquiera había empleado aún su cañón termal, concentrado únicamente en aplastar y ejecutar amplias siegas con su espada-sierra que reducían filas enteras de enemigos a amasijos de carne y sangre. Su arma eran tan monstruosa y su potencia tal que los falibles cuerpos orkos no eran cercenados, sino triturados a su paso. El Errante tenía experiencia en combatir contra hordas tras años rechazando a los tiránidos en Ultramar y ahora daba justo uso a lo aprendido.

Había pasado mucho tiempo desde que Alabarda de Plata combatiera inmersa en el frente. Había vagado solitaria por el Imperio, embarcándose en una flota del Astra Militarum tras otra allá donde hubiera conflicto, pero manteniéndose siempre alejada de los demás incluso en combate, donde se posicionaba para el bombardeo a larga distancia. No toleraba la cercanía de enemigos ni amigos y tenía buenos motivos para ello, pero Ogenus la había convencido de que las circunstancias eran apremiantes en aquel momento de modo que allí estaba, erguida, saturada por los datos de vectores balísticos con que el espíritu máquina de su montura la acribillaba y eligiendo los más adecuados para reducir el flujo de orkos alrededor de sus compañeros.

Tiburon Cobra 1

Tiburón Cobra

-Alabarda, ajusta más tu fuego a nuestro alrededor -le ordenó la voz de Ogenus por el canal de voz que sólo ellos tres compartían.

-¡No puedo ajustar más los vectores! -respondió ella con signos de estrés más que evidentes-. ¡Os alcanzaría a vosotros!

-Son demasiado para andar con miramientos -la voz de Ogenus permanecía inflexible aún mientras el Caballero Ahogado rechazaba orkos a patadas-. Mejor un impacto fortuito tuyo que otro golpe de sus mecanogarras.

Alabarda apretó los dientes y cerró aún más el arco de disparo de sus armas, pero una visión cruzó entonces su mente, emborronando por un instante sus marcadores de objetivos. Una instantánea acusación, sin palabras, sin gestos; sólo cuatro pares de ojos muertos fijos en ella, vacíos como las cuencas de las calaveras de los muertos. Casi pudo oír la acusación que sus labios inexistentes vertían sobre ella: “mataste a tus aliados”.

La impecable precisión de la Cruzada flaqueó a ojos vista. Sus precisas ráfagas y metódicos impactos de artillería se dispersaron alrededor de Ogenus y Pretor 24. Los xenos eran tantos que aún así las bajas siguieron siendo considerables, pero la zona de exterminio se difuminó y los pielesverdes pudieron ganar terreno. Con una maldición, Alabarda de Plata redujo el alcance de sus disparos para detener la nueva oleada que ahora amenazaba su propia posición, llegando al extremo de necesitar el uso de su lanzallamas y ametralladoras auxiliares. Ogenus volvió la vista atrás para evaluar la situación. La Cruzada alzó su yelmo, mirándole, esperando un reproche, pero el Caballero Ahogado tan sólo asintió. La misión de Alabarda de Plata era proteger la puerta; la de ellos era simplemente facilitárselo.

La ciudad resistía con su único punto débil convertido en el escollo más brutal para los asaltantes gracias al trío de desarraigados. Pero los orkos no habían puesto todos sus recursos en un asalto en masa, como cabría esperar. Sus mekanikoz habían estado canibalizando las armas y motores de sus naves para equipar peñaz enteras contra los muros de la ciudad, mientras que los blindajes eran utilizados para construir dreadnoughts, lataz azezinaz y motokópteroz por docenas para asediar sus puertas. Ambas ideas serían igualmente adecuadas para hacer frente a los caballeros.

Aquellos engendros empezaron a asomar sobre las dunas con sus tubos de escape oscureciendo el aire, sus patas articuladas dando zancadas de lado a lado y los precarios kópteroz monoplaza zigzagueando. Los skitarii fueron los primeros en divisarlos, pero sus escasos tiradores transuránicos eran los únicos con alcance suficiente para responder a su amenaza. Andanadas de gran calibre, proyectiles de energía y haces tractores provenientes de grupos de zakeadorez y tipejoz vazilonez golpearon al Guardián y al Errante con fuerza suficiente para hacerles tambalearse por primera vez mientras el frente de andadores de combate descendía las pendientes arenosas apartando a los orkos a su paso como niños que llegaran tarde a reclamar su lugar en un juego.

Ogenus intentó disparar su cañón vengador sobre los artilugios voladores que le sobrepasaban en dirección a la ciudad, pero los orkos se apelotonaban a su alrededor de tal manera que no podía maniobrar, mientras que Pretor 24 experimentaba la misma dificultad al intentar abrir fuego sobre los bípodes que se aproximaban.

-¡Estamos empantanados! -protestó el Errante-. ¡Alabarda, quítanoslos de encima!

-¡No puedo! -respondió ella con desesperación- ¡Estoy combatiendo cuerpo a cuerpo y estos orkos usan granadas, si me muevo de aquí podrían dañar la puerta!

Sopesando la situación en apenas un parpadeo, Ogenus vio que la Cruzada estaba casi de espaldas contra la compuerta. Negándose a desacatar la orden que él mismo le había dado, permanecía firme en su posición blandiendo sus cañones como garrotes y trazando rugientes arcos con su lanzallamas para mantener la ciudad intacta mientras los skitarii hacían cuanto podían por enfrentarse al asalto aéreo. Él y Pretor 24 estaban solos. Apenas podían moverse en la ciénaga encharcada de sangre en que habían convertido el arenal a su alrededor, y sus blindajes no dejaban de rechinar bajo la intensa y variopinta lluvia de fuego que les caía desde lo alto de las dunas; aún así el Errante partió en dos al primer monstruo mecánico que se le acercó. Cada uno de los caballeros doblaba en tamaño a los más grandes de los bípodes xenos, pero ser rodeados por ellos sería mucho peor que ser asediados por orkos a los que podían pisotear fácilmente.

-Aquí Peltastas de la Luz llamando a Arvias Mikkon. Vectores P4-K1-Mármol y P7-B2-Obsidiana. Preparaos.

Sólo Ogenus reconoció aquellos códigos, y no era para menos pues aquella comunicación desconocida le había llamado por su propio nombre, un nombre que sólo su verdadera familia podía saber. Dejando las conjeturas para después, previno a Alabarda de Plata y Pretor 24 de una inminente barrera de artillería utilizando un código de coordenadas que pudieran comprender.

Como un cataclismo profetizado, los proyectiles empezaron a caer en dos puntos muy concretos. Uno de ellos fueron las inmediaciones de Alabarda de Plata, donde el fuego de cañones automáticos de gran potencia salpicó y disgregó las compactas filas orkas lo suficiente como para que la Cruzada pudiera liberarse y volver a hacer cantar sus armas. El otro fueron las formaciones de zakeadorez de la lejana duna, levantando una nube de arena y cuerpos reventados con cada impacto.

Los vigilantes skitarii señalaron a lo alto de una lejana duna al este, donde una pareja de bípodes se había apostado y descargaba sus armas con una precisión espectacular. Informaron a Ogenus de sus inesperados aliados, su modelo y los colores que lucían, pero él ya había deducido hasta el último detalle. Sus colores ajedrezados rojos y verdes eran los de la casa Mikkon, su antigua casa, y los Peltastas eran las formaciones de escoltas modelo Helverin que habían servido a su lado durante generaciones, a menudo formadas por miembros de su propia familia.

Angel de Darenne 2

Ángel de Darenne

Alabarda de Plata descargó sus armas con furia desmedida haciendo a sus compañeros el mismo favor que los Helverins le habían hecho a ella. Cuando Pretor 24 se hubo zafado de la legión de hormigas pielesverdes, su cañón termal y su rifle de fusión hicieron su debut fundiendo a tres de las lataz azezinas en una cegadora ráfaga de microondas, para inmediatamente después lanzarse a la carga sobre el suelo de cristal fundido para interceptar el avance de los demás ingenios orkos. Ogenus le siguió uniendo su cañón gatling vengador al fuego de los Helverins para despejar la duna de artillería enemiga antes de lanzarse a la refriega.

Al ver que el empuje de su horda flaqueaba, los pilotos de los motokópteroz desistieron en su asedio. No importaba a cuántos pudieran acribillar en lo alto de las murallas si no iban a poder bajar para recoger su botín, de modo que el enjambre de máquinas voladoras se desvió hacia el este, hacia aquella pareja de máquinas humanas de aspecto más pequeño, vulnerable y apetitoso. Los Helverins mantuvieron la posición dirigiendo sus cañones directamente hacia ellos. Aún a aquella gran distancia, su pericia era aterradora contra blancos tan veloces y de movimiento tan irregular como los kópteroz, que empezaron a estallar y caer a la arena envueltos en grasientas nubes de humo y llamas. Casi la mitad de ellos fueron derribados antes de tener a sus víctimas a distancia de asalto, pero entonces éstas pusieron en acción otra temible e inesperada arma. Al mismo tiempo, los Helverins dieron media vuelta y echaron a correr a largas zancadas por la arena en dos direcciones diferentes. Kohetez y ráfagas de akribillador empezaron a caer tras ellos, pero los bípodes rivalizaban en velocidad con sus enemigos voladores y no sólo eso, sino que cada uno se movía para poner a sus perseguidores a tiro de su compañero y eran capaces de maniobrar y hacer blanco incluso en plena carrera, mientras que los orkoz se veían incapaces de darles alcance.

Cuando los pilotos de kópteros supervivientes se dieron cuenta de que los ágiles bípodes no sólo habían estado aniquilándolos, sino que habían estado haciéndoles perder el tiempo, fue demasiado tarde. Pues los Helverins no habían aparecido de la nada en el desierto, estaban actuando como avanzadilla del contingente pentarroviano enviado para liberar los yacimientos de Vevrum. Las barcazas gravitatorias Skorpius asomaron por el horizonte a tiempo de contemplar cómo la ciudad y los caballeros aún resistían. El frente de dreadnoughts orkos había sido detenido antes siquiera de acercarse a las murallas y éstas ofrecían un fuerte contraste entre su superficie cubierta de impactos y salpicaduras de sangre orka y la pátina impoluta de la compuerta ante la que aún se erguía la Cruzada plateada. Los orkos se vieron en peligro de ser atrapados entre el yunque inamovible de los caballeros y el martillo que se cernía sobre ellos, de modo que se retiraron para maquinar, literalmente, su siguiente ataque.

Los tecnosacerdotes insistieron de un modo mucho más solícito, más humano de lo que era su costumbre, en que los caballeros les permitieran reparar y rearmar sus armaduras y atender a los honorables espíritus máquina que habían sido sus salvadores. A la lanza Peltastas de la Luz le fue concedido el honor de entrar en primer lugar en la factoría y, al verlos, Ogenus se vio asaltado por su pasado, de cuando su propio caballero tenía el nombre de Escudo del Destino y lucía aquellos mismos colores, antes de que su fracaso en Charias le costara la vida a su alto rey Johanse Mikkon. Para su sorpresa, los dos jóvenes que descendieron de aquellas monturas le eran muy familiares, pero mucho mayores de lo que recordaba. Eran Naisa y Rodersen Mikkon, hijos del hermano y la hermana de su madre respectivamente; primos entre sí, y primos suyos.

Alabarda de Plata había conocido a Ogenus desde hacía dos años, Pretor 24 desde hacía más de seis, ninguno le había visto sonreír hasta aquel día y mucho menos fundirse en un abrazo con nadie, pero recibió a aquellos dos críos como a alguien largo tiempo añorado. Tras las oportunas presentaciones Ogenus, o Arvias como los Mikkon le llamaban, fue requerido a una reunión familiar. El Caballero Ahogado declaró que no tenía secretos para los que ahora eran sus hermanos de lanza, de modo que éstos estuvieron presentes.

Al parecer Darenne, hija de Johanse, gobernaba la casa Mikkon mientras Tybernas pasaba por un trance terrible. El mundo natal de Ogenus se había sumido en guerra contra una oleada invasora de fuerzas del Caos. Un contingente de los marines traidores de los Devoradores de Mundos se había aliado con varias lanzas de caballeros renegados que compartían su gusto por la sangre y la masacre. Ante tal fuerza combinada, incluso los Mikkon sufrieron graves pérdidas antes de poder rechazar sus asaltos y limpiar su órbita de naves enemigas. El planeta Tybernas había sido saqueado, grandes extensiones de terreno abrasadas y la población diezmada. Por ello la alta reina había llamado a las armas a todos los efectivos de su casa dispersos por el Imperio para recomponer sus filas. Los Mikkon debían ahora ocuparse de su propio hogar.

Tomar los votos del desarraigado era un derecho que asistía a todo caballero. Significaba la ruptura de sus lazos de sangre y de lealtad con su casa y su declaración de que, en efecto, se embarcaba en una cruzada en solitario en la que no debía obediencia a nadie más que a su propia conciencia. La reina Darenne sabía esto tan bien como cualquier otro caballero, y aún así había enviado a dos de sus más cercanos escoltas a seguir el rastro de las hazañas del Caballero Ahogado hasta dar con él. El mensaje estaba muy claro: la situación era grave y la reina llamaba al que fuera guardia real de su padre a su lado.

Tiburon Cobra 2

Tiburón Cobra

El corazón de Ogenus se encogió ante el relato que se desplegaba ante él, pero volvió a latir aliviado al saber que los Mikkon se habían impuesto una vez más a las amenazas que el destino tenía reservadas para ellos. Tybernas había sufrido graves pérdidas, pero aún se alzaba y su casa aún era soberana en sus dominios. Un duro revés, pero no peor que los que se habían sufrido en el pasado. Ser reclamado una vez más por su casa era un honor, pero Ogenus explicó a sus primos que fuera de su sistema había encontrado todo un universo desesperadamente necesitado de su ayuda. Durante casi quince años su crucero había surcado el espacio sin encontrar nunca un momento de ocio. Siempre había una señal de socorro, una llamada a las armas, una cruzada, un asedio, una invasión, defensa, marcha o conflicto en el que el ser humano precisaba de un protector. Había marchado junto al Astra Militarum, había combatido codo con codo con los Adeptus Astartes y las Adepta Sororitas e incluso se había sometido de motu propio al liderazgo de la Inquisición, experiencia esta última que había evitado desde entonces. El Imperio era infinitamente más extenso que un solo planeta, un sistema o incluso un sector. Allá a donde se moviera miles de almas suspiraban aliviadas al saber que combatiría por ellos allá donde no fueran capaces. Encontró a Pretor 24 combatiendo en un conflicto a tres bandas entre Ultramarines, Tiránidos y T’au. Alabarda de Plata servía como artillería móvil en un regimiento de Cazadores de Alimañas de Cardoval II cuando se unieron a su lucha contra guardias imperiales desertores. Ambos habían estado vagando como él y accedieron a acompañarle en su nave. Ahora formaban su propia lanza y su propia casa, una casa sin nombre ni tradición, formada por los lazos de la lealtad que los defensores de la Humanidad se profesan unos a otros.

Al igual que el resto de su casa, Naisa y Rodersen nunca creyeron que Arvias mereciera el exilio por un fracaso del que nadie salvo él mismo le consideraba culpable. Ambos empatizaron con su primo y sus argumentos, pero aún siendo de más baja graduación que él eran caballeros y su deber era acatar las órdenes de su alta reina. Cuando insistieron en que les acompañara de vuelta a Tybernas, Ogenus hizo valer sus votos. Sobre su alma aún pesaba la lápida de Johanse Mikkon y no podría volver a su hogar ni mirar a los ojos a su familia mientras no hubiera expiado su culpa. Deberían regresar sin él.

Los escoltas eran elegidos no sólo por sus habilidades marciales y su arrojo en batalla, sino por su entrega a la hora de vincular los yelmos mechanicum con que se unían a sus armaduras a los tronos mechanicum de sus superiores. Ello no sólo les permitía actuar en perfecta sincronía con los movimientos y deseos de su líder, sino que forjaba un poderoso lazo de lealtad. Por ello fueron incapaces de hacer lo que Ogenus les decía; no sólo iba contra las órdenes de Darenne, sino que implicaba estar de acuerdo con él en que merecía su autoimpuesto destierro. De modo que hicieron algo fuera de lo común en las crónicas de los Mikkon.

La lanza Peltastas de la Luz tomó los votos del desarraigado allí mismo, en el asentamiento de Vevrum, e hicieron el juramento de acompañar al que fuera Arvias Mikkon a donde quiera que su cruzada le llevase. Lucharían junto a él en defensa del Imperio, le ayudarían a restablecer su honor como fuera que él considerara necesario y le devolverían sano y salvo a Tybernas, cumpliendo así los deseos de todos los Mikkon. Ambos habían demostrado ya su habilidad como guerreros, pero Ogenus les reprochó su juventud. No podían renunciar a sus ancestros, sus tradiciones y su casa por su culpa, eso sólo le haría sentirse más agraviado aún; pero no había nada que él pudiera hacer para evitarlo salvo abandonarles a su suerte, y ya había abandonado a su familia una vez.

Así fue como los Peltastas de la Luz fueron rebautizados como los Escualos de Charias y se unieron al Caballero Ahogado y su lanza de desarraigados. Su primo había elegido sus colores de desarraigado por los azules océanos de Charias en los que se hundió, de modo que ellos eligieron los suyos de entre los depredadores marinos más feroces de aquel mundo. Rodersen asumió los colores y el nombre del tiburón cobra. Naisa eligió a la temida manta ángel, pero se aseguró de que su primo tuviera siempre presente que su Reina le reclamaba y que, Desarraigado o no, no podía desoír la llamada de su Casa. Además, su único medio de librarse de ellos sería volver a Tybernas, de modo que Naisa se haría llamar el Ángel de Darenne.

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El Escudero Fantasma

Silania Zeera se abrió paso por el infecto pantano a grandes pasos de su armadura clase Preceptor, Corona de Hielo. El terreno estaba encharcado hasta donde le alcanzaba la vista y del agua estancada emanaba un denso vapor blanco que dificultaba ver más allá de algunas docenas de metros. Ni siquiera podía ver un río o una corriente, sólo grandes extensiones pantanosas, salpicadas en algunos puntos con brotes de vegetación frondosa y exuberante a modo de islas verdosas. Muy por delante de ella, sus dos pupilos tenían muchas menos dificultades en vadear el terreno; sus ligeras monturas Armiger no se hundían hasta las rodillas, sino que alzaban las piernas en elegantes zancadas incluso saltando de un promontorio terroso al siguiente. Le sacaban tanta ventaja que tenía que refrenarles para que la niebla no se los ocultara.

Un tentáculo de la flota-enjambre Colquidae se había enroscado en los planetas más alejados del sistema Akrill, entre ellos el mundo-piscifactoría de Fraix y el cercano mundo-caballero de la Casa Zeera. A pesar de verse asediados por naves vivientes en su órbita y una abrumadora lluvia de esporas biológicas que transportaban a sus progenies de criaturas a la superficie, los Zeera enviaron lanzas a Fraix para proteger tanto los criaderos como a la población civil, convencidos de que podrían sobreponerse al asedio si mantenían los planetas unidos.

Ni siquiera en una situación tan apurada habían abandonado los Zeera sus costumbres de batalla, pues no había mejor entorno para entrenar a la próxima generación. Silania y sus dos jóvenes pupilos estaban ejecutando una patrulla en los terrenos pantanosos de Boeshk como primera línea de defensa contra cualquier avance enemigo.

-Mis sensores captan algo, mi señora -dijo la voz de Riven Zeera a las riendas de Estrella Profunda, su artillero Helverin-. Mil doscientos metropasos a mis dos.

-¿Ésveton?

-Confirmado, señora -respondió su otro escolta, su sobrino, que pilotaba su primera armadura Archa de Guerra, Avalancha-. Pero es imposible contactar visualmente a través de esta…

-Guárdate tus quejas, Archa de Guerra -le interrumpió Silania-. Mantened la posición y esperadme. Riven irá en retaguardia y nosotros abriremos camino. Sea lo que sea lo aplastaremos.

No hubo réplica alguna. El Helverin aguardó a que la Preceptora y el Archa de Guerra se adelantaran a él, permitiéndose un segundo de admiración mientras alzaba la vista, contemplando la imponente silueta de la armadura de su superiora. Cuando estuvieron separados por no menos de cincuenta metropasos, sintió el impulso de iniciar la marcha y mantener la distancia. Era consciente de que esa iniciativa no provenía de él, sino que le era transmitida, implantada, impuesta por Silania a través del vínculo de servidumbre entre Trono y Yelmo Mechanicum, y lo aceptaba de buen grado. Tenía mucho que aprender de ella antes de ganarse el derecho a discrepar.

La niebla reducía aquel mundo a una burbuja alrededor de los Caballeros más allá de la cual no había más que un vacío lechoso que vomitaba la superficie pantanosa y la vegetación ante ellos y la volvía a devorar conforme la dejaban atrás. Se movían confiando en los espíritus máquina de sus monturas, que les informaban superponiendo a su visión las lecturas de sus sensores. Sin duda avanzaban hacia algo, una concentración cada vez más numerosa de algo que llenaba cada vez más la parte superior de la esfera de escrutinio, en el centro de la cual ellos quedaban representados por un trío de pequeños indicadores.

-Sean lo que sean, son muchos -advirtió Ésveton-. No debería haber tropas aliadas en esta zona.

-Alto -ordenó Silania-. Mantenemos la posición.

El enorme yelmo de la Preceptora se movía de lado a lado, pero sus visores no lograban penetrar en el manto de blancura. En cualquier otra circunstancia aquella visión podría haber resultado paradisíaca, pero no habían llegado a aquel mundo en busca de la belleza de sus paisajes, sino de las progenies tiránidas que habían estado atacando sus complejos Piscifactorum, que habían de proveer de alimento a todo el subsector. Estrella Profunda se mantuvo alejado con cada uno de sus cañones apuntando a un lado de sus compañeros, mientras que Corona de Hielo y Avalancha se pusieron espalda contra espalda.

-Riven, inicia un bombardeo a nuestros flancos. Ya.

Aún sin contacto visual, Riven ni siquiera concibió replicar. Su montura tenía a los objetivos en sus sensores, y para él eso era tan fiable como tenerlos delante de sus ojos. Sus cañones automáticos abrieron fuego, retrayéndose al interior de sus armazones con cada disparo para compensar el retroceso. Su cadencia era lenta y potente, como el retumbar de tambores de guerra, y sus impactos empezaron a detonar más allá de la frontera neblinosa haciendo que ésta se agitara. Sus proyectiles no estaban diseñados para amplias explosiones, sino para causar el mayor daño posible en el punto de impacto como la carga hueca de una granada perforante. Podían oír los constantes chapoteos y el chasquido de madera húmeda quebrándose conforme Estrella Profunda sembraba su propia cosecha en aquel terreno.

-Abro fuego. Ésveton, permanece alerta.

Corona de Hielo cargó su pulso-láser con un creciente zumbido hasta que la energía rebosó incontenible en una ráfaga de rayos centelleantes, haciendo un barrido frente a ella. El haz láser intermitente llevó su luz más allá de la niebla, desvelando siluetas borrosas que bien podían haber sido los retorcidos y achaparrados árboles que crecían en aquel planeta. Pero los árboles no se habrían apartado después de que los primeros fueran incinerados y estallaran por el choque térmico.

Ésveton quiso unirse a la andanada, pero el mandato neuronal de Silania le refrenó. Él debía estar atento a sus sensores y comprobar la reacción de lo que fuera a lo que estaban disparando.

-El objetivo cede terreno, señora -informó con desilusión mientras su montura mantenía lista su cuchilla-sierra-. Se retiran antes de que podamos verlos siquiera.

Escudero Fantasma-Presta atención. Sólo ceden terreno, traman algo.

Su tía tenía razón, por supuesto. Se sintió estúpido por no haberse dado cuenta de que los contactos estaban replegándose lentamente. Varios indicadores se iban desvaneciendo, pues la salva de artillería estaba cobrándose su tributo de vidas, pero aún así el enemigo permanecía en el terreno. Un súbito pensamiento atravesó la mente de Ésveton con una punzada de horror.

-Mi señora, creo que yo debería retroceder. Estrella Profunda está solo y…

-No te distraigas, Ésveton -le reprendió Silania-. El enemigo nos supera en número y no tenemos contacto visual. Atacar a larga distancia es nuestra mejor baza. O bien les forzamos a retirarse o a atacarnos. Si se retiran el terreno es nuestro; si nos atacan revelan su posición, los aniquilamos y el terreno es nuestro.

El joven Archa de Guerra intentaba intervenir desesperadamente, pero era incapaz de interrumpir el aleccionamiento de su superiora. Los objetivos seguían ahí, ocultos en la niebla, esperando a que los disparos de sus compañeros les alcanzasen. Ni siquiera el más estúpido de los enemigos se dejaría matar así si no tuviera un plan. Él estaba completamente a salvo bajo la sombra de la armadura Preceptora que no dejaba de descargar su venerada arma hacia la blancura; el único punto débil que encontraba en su formación era el apartado Helverin. Como en respuesta a sus temores, Ésveton sintió un repentino cambio en su equilibrio que le forzó a dar un paso lateral para estabilizarse. El blando terreno se estaba moviendo bajo sus pies.

Estrella Profunda salió despedido cuando un géiser de barro pareció explotar justo debajo de él, y entre la inmundicia ascendente una gigantesca criatura en forma de gusano se alzó con un rugido ensordecedor. El Helverin cayó de costado, medio hundido en las charcas mientras aquella cosa clavaba su mirada en él. Su robusto torso quitinoso se prolongaba hacia abajo en una larga cola y hacia los lados en sendas ristras de garras como guadañas, mientras que una espantosa cabeza acorazada coronaba la figura con sus enormes mandíbulas abiertas. Estrella Profunda apenas tuvo tiempo de ponerse en pie y dirigir sus cañones hacia la nueva amenaza, antes de que ésta reptara en pos de él con sinuosa velocidad. Riven ni siquiera gritó cuando las garras empezaron a hundirse en su cabina en rápida sucesión, atravesando la armadura como si fuera de papel y anclándose dentro de ella, antes de que el trigón estirara sus miembros hacia fuera y la destripara desde el interior abriéndola como la concha de un molusco. De Riven Zeera no quedaban más que pedazos de un rojo vivo entre el metal torturado.

-¡Estrella Profunda ha caído! ¡Estrella profunda ha caído! -repitió Ésveton dando tirones de las riendas mentales con que Silania le contenía.

-¡Dispárale!

La orden de Silania fue obedecida por ambas armaduras, que giraron al unísono para hacer frente a la monstruosidad. Corona de Hielo informó a su señora de que el gigantesco blanco estaba fuera del alcance máximo al que su pulso-láser podía desarrollar su máxima potencia, de modo que ajustó la salida de energía para acribillarlo en otra sucesión de rápidas ráfagas mientras que su sobrino al fin podía dar uso a su lanza termal. El abrasador aluvión de pulsos láser e hipercalor hizo crepitar el caparazón externo del gran gusano y redujo una de sus extremidades a cenizas, pero aquella cosa no sólo parecía lejos de estar malherida, sino que les respondió con un desafiante bramido mientras una horda de criaturas menores emergía del agujero del que había salido. Al comprobar su visor posterior, Silania vio un enjambre de biosoldados más pequeños aún, tipo gante, abalanzándose desde la neblina a sus espaldas. Pronto ocultaron todo el suelo que podía ver bajo una estampida de caparazones, garras chasqueantes y bocas hambrientas.

Ésveton reconoció a las criaturas que salían del túnel rodeando al gran gusano; no había mundo donde no se hubiera dado aviso contra la infestación Genestealer. Se movían impidiendo un acercamiento directo al trigón, mientras que él pronto se vio obligado a defenderse trazando amplios sesgos con su cuchilla-sierra segadora para zafarse de los gantes. Apenas sentía resistencia al hendir aquellos cuerpos que crujían y se deshacían con cada mordedura de su fiel arma, y Corona de Hielo no tenía impedimenta alguna en pisotear a su alrededor y amasar aquellas cosas en el barro, pero el terreno se hundía bajo su peso y por más que mataran pronto se hizo evidente que estaban quedando atrapados.

-¡No puedo moverme! -advirtió Silania, la primera vez que Ésveton oía frustración en su firme voz-. ¡Ese monstruo gigante se está acercando! ¡Tenemos que maniobrar!

-¡Lo intento, señora! ¡Sugiero vector 057, intentaré abrir paso hacia allí!

Silania observó que, en efecto, la concentración de enemigos era menor en ese punto.

-¡Bien visto, Archa de Guerra! ¡Los dos a la vez, ahora!

Revolviéndose como dos bestias de metal enfurecidas, los Caballeros porfiaron hasta encararse en una misma dirección, cargando a través de las criaturas tiránidas en imparables arremetidas en paralelo. Avalancha cercenaba sin cesar para proteger las poderosas piernas de Corona de Hielo, mientras que ésta ganaba velocidad sin siquiera dar uso a su espada-sierra.

-¡Lo conseguimos, Ésveton! -celebró Silania-. ¡Ahora demostremos a ese gusano de qué son capaces nuestras armas a corto alcance!

Tras una corta carrera, Corona de Hielo giró en redondo, resbalando levemente en el pantano para plantar cara con sus armas dispuestas, pero Avalancha no había podido seguirle. Estaba enzarzado con la progenie de Genestealers,  que no dejaban de saltar sobre su blindaje casi cubriéndolo por completo. A pesar de ello Avalancha no dejaba de girar y lanzar golpes, negándose a darse por vencido.

Ésveton apenas podía ver nada. Su visor estaba embarrado y no era más que una cambiante sucesión de cuchillas y dientes que mordían la cabeza de su armadura. Sus otros sensores estaban sencillamente sobrecargados, sepultado como estaba bajo una montaña de engendros insectoides. Mantuvo su cuchilla-sierra a plena potencia para evitar que pudiera atascarse con los restos de los cuerpos a los que no dejaba de golpear una y otra vez, olvidando todas las enseñanzas de su Casa sobre disciplina de combate y control de la ira. Estaba luchando contra bestias salvajes, pero en lo tocante a la defensa del Imperium no había bestia salvaje más temible que un Caballero Zeera. Tajo, pisoteó y hasta golpeó con su lanza termal, hizo crujir tendones y quebró coberturas orgánicas duras como la roca, hasta que la escasa luz solar que lograba atravesar la perenne niebla se oscureció bloqueada por una silueta casi tan alta como Corona de Hielo.

El rebaño de gantes estaba diezmado pero seguía siendo suficiente para entorpecer el avance de Silania. Intentaba alcanzar a su sobrino antes que aquel gigantesco monstruo que serpenteaba sin dificultad entre el lodo como una odiosa pesadilla. El gusano se impulsó con sus músculos provocando un sonoro restallido y segó las piernas de Avalancha. Sus cuchillas mayores lo ensartaron contra el suelo y luego lo levantaron para poder morder profundamente en su vientre de metal, arrancando los servomotores de su cintura y arrojando lo que quedaba a un lado como desencantado porque tampoco hubiera carne en aquella presa. El Archa de Guerra rodó con su blindaje blanco cubierto del sucio lodo del pantano, inerte e inmóvil, y los Genestealers volvieron a rodearlo,  deslizando sus garras por su caparazón como si buscaran una hendidura por donde abrirlo.

-¡Señora! -llamó Ésveton aterrado, su canal de voz aún activo.

-¡Ésveton! ¡Sigues vivo! -había más orgullo que sorpresa en la respuesta de la Preceptora.

-Lo siento, mi señora. No pude seguiros.

-¡Resiste, te sacaré de ahí!

Hubo un sonido de cristales rotos seguido por varios disparos de pistola. Silania vio que algunos de los Genestealers caían de encima de Avalancha mientras Ésveton les disparaba a través del agujero abierto en su escotilla. El Caballero estaba defendiendo la cabina de su armadura con todo lo que tenía.

Incluso las armaduras de escolta clase Armiger, las menores del arsenal de su Casa, eran reverenciados objetos de culto para los Zeera, pero entre una armadura dañada aún más dañada y un joven y valiente aspirante vivo, Silania no tuvo dudas. Apuntó con su pulso-láser y su ametralladora y abrió fuego sobre el cadáver de Avalancha, acribillando a las criaturas que se amontonaban sobre él como detestables carroñeros. Una vez se hubo despejado el camino, la escotilla se abrió hacia fuera y un diminuto Ésveton Zeera saltó del interior pistola en mano. Los Genestealers le sisearon amenazadoramente, pero un vibrante rugido del trigón les hizo volverse hacia la Caballero aún en pie. Sólo unos pocos gantes persiguieron al humano en su huida hacia lo desconocido.

-Miserable y cobarde criatura -espetó Silania al monstruo que se erguía más alto aún sobre su cola como si intentara superarla en altura-. No quieres prescindir de tus esbirros contra mí ¿no es cierto?

Escudero FantasmaÉsveton tenía que levantar las rodillas en su agotadora carrera por el pantano, que parecía querer succionarle a cada paso. La humedad del ambiente ya se le había pegado a la cara y sus botas ya estaban lastradas con barro pegajoso y maloliente. Desprovisto de los sensores y la privilegiada visión de su armadura, la neblina parecía cerrarse más aún en torno suyo, pero aún podía ver acercarse a sus perseguidores dando ágiles brincos y ganando terreno con celeridad. No iba a poder alcanzar la arboleda en la que había planeado hacerse fuerte, de modo que sostuvo su pistola, una herencia familiar tan antigua como su armadura, con ambas manos y empezó a disparar. La caja torácica del primero crujió y se abrió como una flor sanguinolenta, perdiéndose en la niebla por el tremendo impacto. Otro se deslizó por su flanco y saltó sobre él con las garras listas para empalarle, pero su siguiente disparo lo detuvo en seco en pleno salto. El tercero murió de forma mucho más asombrosa, incinerado en un haz de energía cegadora que evaporó el agua a su alrededor, dejándolo encogido en una bola negruzca en medio de un cráter totalmente seco. Al mirar atrás, Ésveton vio la inconfundible silueta de una armadura Archa de Guerra, como si Avalancha regresara para protegerle. Estaba más allá del límite de la neblina, pero su ametralladora superior abrió fuego para rechazar a aquellos que atacaban al Caballero sin armadura, que se agazapó para no interponerse en su línea de tiro y siguió disparando. El Archa de Guerra se adelantó a él para abrir camino. No era Avalancha; sus placas de armadura eran de un negro azabache y los bordes refulgían como si estuvieran al rojo vivo. En su cabeza, blanca como una calavera, sus ojos ardieron severamente cuando se posaron sobre él, como exigiéndole que se levantara y siguiera luchando como era su deber de Caballero con o sin montura. Ésveton apretó los dientes y se puso en pie dispuesto a adentrarse de nuevo en la lucha, pero un gante cayó sobre su espalda y le hizo caer. Sintió el peso extrañamente ligero de aquella criatura de su tamaño mientras sus garras hendían su traje y sus dientes intentaban perforar su hombrera, pero no se dejó llevar por el pánico. Rodeó la cabeza del monstruo con el brazo y lo proyectó por encima de él hasta lanzarlo panza arriba al fango antes de descerrajarle un disparo, más que suficiente para acabar con él. Alzó la pistola contra otro que se acercaba a la carrera sobre todas sus extremidades y, al disparar, un chasquido le avisó de que se había quedado sin munición. Antes de que pudiera recargar, el misterioso Archa de Guerra se interpuso entre ellos e interceptó el salto del gante con su cuchilla-sierra segadora, haciendo que una mitad de la criatura cayera a cada lado de Ésveton.

Corona de Hielo recibió la carga del trigón como si le golpeara un meteorito. Los Genestalers le habían precedido y la habían mantenido distraída, intentando quitárselos de encima antes de que treparan por su blindaje, cuando la gigantesca criatura embistió y logró arrancarle el pulso-láser del brazo. Con un potente giro de cintura, Silania blandió su espada-sierra y partió al gusano por la mitad, derribándolo en una cascada de icor purpúreo. El tiránido chilló agónicamente, pero aún mutilado de semejante manera pudo alzarse sobre las cuchillas que le quedaban y huir arrastrando las entrañas por el pantano. Intentó impedírselo, pero su vista quedó ofuscada por un Genestealer encaramado a su yelmo que le arrancó un ojo con sus zarpas. Las criaturas menores actuaban como una informe criatura viva cuyo único propósito parecía ser inmovilizar a sus víctimas para que el trigón les diera caza a placer, pero ahora habían mordido mucho más de lo que podían tragar y estaban sirviendo como escudo para su huida. Si aquella cosa lograba escapar quién sabría dónde aparecería más tarde. El trigón vomitó su sangre mientras chapoteaba como una araña gigantesca. Estaba demasiado débil para excavar, pero tenía a su alcance el túnel por el que había sorprendido a aquellos adversarios. Ya había comprobado de qué eran capaces, se regeneraría a salvo en su madriguera y la flota-enjambre podría…

La cabeza de la criatura estalló. Lo que quedaba de su mandíbula se zarandeó violentamente al extremo del cuello antes de que un torrente de microondas calcinara su costado, volatilizando sus fluidos internos hasta hacer estallar el caparazón. El cuerpo se desplomó agitándose en los estertores de muerte de un cerebro que ya no estaba allí. Primero quedó lánguido y luego los miembros empezaron a encogerse en una inmóvil posición fetal. Ésveton sopló el humo del cañón de su pistola mientras se acercaba al cadáver, y contuvo el impulso de escupir sobre él. Aunque se enfrentaran a engendros de pesadilla salvajes y sin alma, era un Caballero.

Silania se percató del desconocido Archa de Guerra que iba a su lado, sin emblema de Casa ni escudo de armas. Dedujo que le debía a él la supervivencia de su sobrino, habida cuenta de que los pocos gantes y Genestealers restantes estaban huyendo en desbandada.

-Te has portado de manera ejemplar, Ésveton -dijo la Preceptora a través del replicavox de su armadura.

-Tú no -respondió el Archa de Guerra antes de que pudiera continuar-. Dejaste a tu escolta en una posición desprotegida. La misión de ese muchacho no era hacerte las cosas más fáciles, sino aprender de ti. Deberías haber sabido que un Helverin solo es vulnerable. Él lo vio -la armadura se volvió para mirar a Ésveton-. Él se dio cuenta de que su compañero necesitaba apoyo cercano.

-¿Has estado mirando todo el tiempo? ¿Por qué no nos has prestado ayuda desde el principio? -clamó Silania.

-No deberíais haberla necesitado.

-¿Y quién te crees tú que eres para darme lecciones, Archa de Guerra? ¡Exijo que te identifiques de inmediato!

-Sólo soy un escudero. Cuida bien de tus pupilos. Están destinados a ser mejores que nosotros, y el Imperium necesita a los mejores.

Aquel Archa de Guerra volvió a desaparecer entre la niebla tal y como había llegado, dejando a Silania y Ésveton sin explicación alguna. Fue avistado en múltiples ocasiones durante toda la campaña sin un patrón predecible. Apareció de la nada en la red de trincheras Badern para rechazar una oleada de progenies tiránidas junto a los reclutas del 51º regimiento. Luego fue avistado derribando a una monstruosa arpía con el fuego de su lanza termal y arremetiendo contra ella antes de que volviera a alzar el vuelo en las planicies gavusianas. Durante la ofensiva total para recuperar el Piscifactorum Sigma-4 se unió a las líneas de los Caballeros Zeera sin mediar palabra, quienes observaron con inquietud la admiración que despertaba entre sus propios jóvenes. Sólo oír hablar de las apariciones de ese escolta solitario hacía enfurecer a Silania, pero durante el resto de la campaña ninguna otra armadura Armiger se perdió estando bajo su mando. Los elementos del Astra Militarum y las Fuerzas de Defensa Planetaria, por el contrario, intercambiaban comunicados sin cesar siempre en busca del paradero de un benefactor que parecía especialmente interesado en mantenerles vivos. No les importaba que el Archa de Guerra actuara por su cuenta, decidiendo por sí mismo en qué frente combatir antes de volver a marcharse. Ni siquiera cuando se supo de varias ocasiones en que fue observado siguiendo la batalla desde lejos, aguardando un momento adecuado para intervenir que parecía totalmente arbitrario, pues la muerte de las fuerzas imperiales o de otros Caballeros no parecía incentivo suficiente y sólo en determinado momento se lanzaba al combate movido por una motivación imposible de adivinar. Él se llamaba a sí mismo por el sencillo título de “escudero”, pero sus erráticos movimientos y sus apariciones de la nada pronto inspiraron leyendas exageradas entre los guardias imperiales e incluso entre los jóvenes Zeera, quienes empezaron a llamarle el Escudero Fantasma.

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Capucha Negra

Los caballeros desarraigados a menudo están acompañados por una leyenda personal. Ya sea por sus proezas en el campo de batalla o por los sufrimientos que han padecido, su aislamiento invita a la soldadesca del Astra Militarum y a los temerosos testigos civiles de su imponente presencia a erigir mitos en torno suyo y a glorificarlos como héroes salvadores. Pero pocos caballeros inspiran tanto miedo al enemigo como a aquellos a los que acude a proteger.

Se le ha llamado por muchos nombres, pues él nunca ha dado ninguno, pero desde su defensa del cementerio sagrado de Daivir V la mayoría de los que han oído hablar de él le conocen como el Enterrador. En muchas ocasiones acude a la batalla en solitario, pero han sido muchos los informes que le describen acompañado por un escolta clase Archa de Guerra cuya voz a menudo es la única que se comunica con cualquiera fuera de los miembros de la caballería Questor. Es a la vez guardaespaldas, soldado, portavoz y consejero del siniestro caballero clase Dominus pero nunca presenta formalmente ni a éste ni a sí mismo. El Enterrador prefiere adherirse a los sobrenombres con que el temor y el asombro de los habitantes del Imperio le han investido, mientras que su escolta siempre se refiere a él como “el barón”. Capucha Negra, como algunos llaman a este acompañante  por el esquema de colores que decora su montura, es su heraldo, y en no pocas ocasiones sus aliados han deseado que el Enterrador se presentara solo.

Capucha NegraCuando caminan por su propio pie ambos ofrecen un aspecto no menos atemorizante que su reputación. Altísimas figuras envueltas en túnicas azabache cuyas largas mangas y holgadas capuchas sólo dejan ver atisbos sombríos de guanteletes y máscaras doradas. Si hay que creer los rumores, proceden de un mundo-caballero cuya localización se desconoce, que puede que ni siquiera haya sido redescubierto aún, pero que debe de mantener algún contacto con el Imperio ya que ellos lo recorren como desarraigados. A aquellos que lo preguntan educadamente, Capucha Negra les responde que proceden de Nurabsal, donde se produce una rara aleación llamada oricalco a la que atribuyen místicas y maravillosas propiedades. Sea como sea, ese metal es muy valorado por los tecnosacerdotes de Marte, que ofrecerán gustosos cualquier suministro o reparación que soliciten a cambio de unos pocos lingotes. Todo el Enterrador está construido de ese material que reluce como el oro envejecido, mientras que su Archa de Guerra sólo lo posee en sus placas de blindaje y los dientes de su cuchilla-sierra. Al parecer, en su hogar, el rango de un caballero es directamente proporcional a la cantidad de oricalco de su armadura.

En combate, esta letal pareja ha demostrado ser completamente impredecible. Si bien se sabe casi con toda seguridad que ambos viajan en la nave personal del Enterrador, en unas ocasiones éste se despliega en solitario y en otras es sólo Capucha Negra quien acude a la batalla. Unas veces combaten unidos y otras se separan o incluso luchan en frentes distintos. El mayor es silencioso y analítico, prefiriendo evaluar la situación por su propia cuenta antes que participar en las reuniones de altos mandos o intervenir en los canales de voz y a menudo inicia acciones unilaterales esperando ser apoyado. El menor es impaciente y mordaz y no duda en criticar a los que han de ser sus aliados apremiándoles a la batalla. Si bien la mayoría de veces son seguidos sin replicar, ya sea porque su curso de acción es evaluado positivamente o sólo por miedo, en alguna ocasión oficiales imperiales se han negado a plegarse a unos deseos que tienen que adivinar o pedir que se les expliquen de formas corteses hasta el hartazgo .

Durante la batalla en las planicies selváticas de Quarovian, los cazadores de orkos de Armageddon se contentaron con mantenerse a distancia cuando un enjambre tiránido entró en combate con la horda pielverde a la que habían estado siguiendo a través de la densa vegetación. Capucha Negra simplemente abandonó las líneas imperiales y marchó hacia el conflicto rastreando el terreno para el Valeroso, que no tardó en marchar en pos de él. Lo que sigue es un extracto de las transmisiones entre la general Krevennan del 148º regimiento y el Archa de Guerra.
General Krevennan: ¿A dónde demonios creen que van? Los tiránidos nos están haciendo el trabajo. Si quieren un trofeo esperen a que se maten unos a otros y recogeremos sus cabezas como xigocalabazas.
Capucha Negra: Nada bueno nos aguarda cuando una de esas razas se imponga sobre la otra. El barón ordena encontrar el punto de conflicto más intenso. Doce clics rumbo cero-dos-seis por si les interesa.
GK: Ya, pues buena suerte, amigos. Sabrán dónde encontrarnos cuando se den cuenta de que incluso ustedes van a morder más de lo que pueden masticar.
CN: -Risas-. El barón dice que no se preocupe, que sabe dónde encontrar a los cobardes: siempre detrás de él.
Tras lo que los cazadores de orkos consideraron un insulto, la general Krevennan ordenó avanzar a sus tropas, pero no pudieron alcanzar al Enterrador antes de que éste llegara a la batalla. El caballero Dominus modelo Valeroso nunca dio un paso atrás, barriendo zonas enteras de maleza y enemigos con abrasadores torrentes de su cañón de conflagración y proyectando su escudo iónico para proteger a los guardias imperiales mientras situaban sus armas pesadas. Los orkos llegaron a vitorear la aparición del gigante no porque le creyeran un aliado, sino porque por fin había en aquella selva algo digno de saquear. Cuando la guardia hubo establecido sus posiciones, el Enterrador se movió hacia el flanco para rodear a los tiránidos, trazando un camino de fuego entre sus progenies por el que Capucha Negra se internó a fugaces zancadas para dar caza a sus criaturas sinápticas. La desbandada de aquellos xenos fue así dirigida directamente contra los orkos, que ahora también debían hacer frente a los humanos, y el resultado fue una carnicería de tales dimensiones y una victoria tan aplastante que Krevennan la anotaría en sus memorias con la frase: “cuando un dios te da la espalda y te llama cobarde, o te humillas y le das la razón o le desafías, le sigues a la batalla y descubres de lo que eres verdaderamente capaz, pues no hay más dios que el Emperador”.

Capucha NegraEn muchos otros lugares Capucha Negra ha hecho gala del mismo ingenio ácido y de una irritante capacidad para atacar al orgullo de sus aliados y empujarles a actuar. En Rodunar Phi-Alfa, su atrevimiento estuvo a punto de provocar un conflicto con el capitán Ésiron de los Garras de Bronce. Casi la mitad de los distritos de aquella ciudad-colmena habían sido tomados por una sublevación de ingenieros y mineros promovida por agentes de los Portadores de la Palabra. Sólo los distritos centrales permanecían fieles al Emperador, protegidos por las fuerzas del Adeptus Arbites locales y los feligreses de una misión de la Eclesiarquía. Capucha Negra comunicó al capitán la impaciencia de su señor porque elucubrara su plan de ataque y le insinuó que lo comprendería si la tarea sobrepasaba sus capacidades, pero le advirtió de que el Valeroso partiría hacia las defensas occidentales de la ciudad a la mañana siguiente, indicándole incluso su vector de aproximación. El altivo Ésiron les desautorizó, pero sabía que poco podría hacer para evitarlo salvo ordenar a sus propios hermanos que se enfrentaran a ellos, de modo que empezó a trazar planes alrededor de aquel vector. Los caballeros eran dueños de sus acciones y sus armaduras, pero él no consentiría que su tozudez les llevara a desperdiciar un recurso tan valioso como el que suponían. En el momento del ataque resultó que aquella zona estaba en un punto ciego para las defensas de la ciudad, pues los búnkeres y torretas que debían custodiarla habían sido destruidos durante las revueltas. Aún en mitad del combate, Ésiron reprochó a los caballeros que los Garras de Bronce habrían descubierto por sí mismos aquel punto débil en las defensas enemigas igualmente. Capucha Negra le respondió que “el barón no sabía que esa zona fuera especialmente vulnerable, simplemente no tuvo miedo de avanzar”. Se desconoce si los caballeros eran conscientes de la clase de insulto que tales palabras suponían a los Marines Espaciales, pero Ésiron pudo tomar la ciudad con éxito gracias a sus acciones conjuntas y ello le bastó.

La jocosidad de su vasallo contrasta con el silencio del Enterrador y con el hecho de que no hable con nadie que no sea otro Caballero Imperial salvo que lo considere estrictamente necesario. Se les ha visto reunidos con miembros del Adeptus Mechanicus, con los que parecen capaces de entenderse, lo cual ha propagado rumores de que en realidad sean miembros del Questor Mechanicus que buscan redimirse o una especie de embajadores del misterioso mundo del que el Enterrador dice proceder. Algunos han llegado a insinuar que, dado que el escolta es quien tiende a llevar la voz cantante, los papeles de señor y sirviente que se les presuponen podrían no ser lo que aparentan, entre otras teorías más estrafalarias inspiradas por hechos como que nunca se les ha visto juntos fuera de sus armaduras.

Sea como sea, la llegada de cualquiera de ellos al escenario de la guerra siempre impulsa a las fuerzas del Imperio a actos más allá de lo que normalmente se atreverían a acometer. Aquellos con valor para dar un paso al frente siempre han podido contar con que les tendrán a su lado. El Enterrador y Capucha Negra suelen permanecer en campo de batalla tras la misma, deambulando entre los cadáveres y restos como si rindieran un silencioso tributo a los caídos.

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Los Cuervos Sangrientos

Me gustaría cambiar brevemente de tema para referirme a esta famosa página. En su reciente programa de audio han comentado el trasfondo de los Cuervos Sangrientos aparecido en la revista White Dwarf, sus reglas y características. He tenido el placer de colaborar con ellos siendo la mano que ha traducido el artículo, aunque el material gana mucho leído y narrado por la plantilla de la Voz de Horus, de obligada consulta aquí.

El Capítulo de Marines Espaciales de los Cuervos Sangrientos (Blood Ravens) ha sido el protagonista de las sagas de videojuegos de estrategia Dawn of War durante muchos años con un enorme éxito, hasta el extremo de haber sido el punto de entrada de muchos aficionados a Warhammer 40.000. En su versión más reciente (aunque según muchos la menos acertada) les conocemos por ser aliados de la dama Solaria, líder de la Casa Varlock que podemos ver en acción en Dawn of War III.

Solaria

Como puede verse en el videojuego otorgaron a la armadura de Solaria, Drakania, una configuración imposible de adoptar en una lista de Caballeros Imperiales de Warhammer 40.000, aunque es muy posible que se deba a simple economía de medios a la hora de programar sus movimientos y ataques (es más fácil si sus dos armas son iguales).

Mi enhorabuena a la Voz de Horus por su trabajo y mi agradecimiento por haber podido participar.

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Torneo en Estalia (Córdoba) 28-07-2019

Una vez más el equipo de Estalia Córdoba organizó un evento de Warhammer 40.000 y una vez más me decidí a probar suerte con prácticamente el mismo ejército que en una partida anterior esta semana; aunque en esta ocasión no me enfrenté a ningún otro Caballero leal ni del Caos.

Mi ejército: Caballeros Imperiales
Destacamento Superpesado – Casa Mortan (Questor Imperialis)
– Caballero Paladina (Alabarda de Plata)
– Caballero Errante (Pretor 24)
– Caballero Preceptor (Ogenus)
– 2 Escoltas Helverin (Ángel de Darenne y Tiburón Cobra)
– Escolta Archa de Guerra (Escudero Fantasma)

El plan era usar a Ogenus y los Helverins para ocupar el campo de batalla y los objetivos y dejar la parte más ofensiva al resto. Sin embargo sobreestimé la capacidad del Preceptor para permanecer en retaguardia y muy a menudo eché en falta una mayor capacidad de fuego de largo alcance.
Alabarda de Plata sería mi Señora de la Guerra y casi invariablemente emplearía el Rasgo Rastreadora para mejorar la movilidad de mi vanguardia, mientras que su Reliquia variaría entre el Estandarte de Macharius Triunfante y en unas partidas y la Bendición de los Sacristanes para su Cañón de Batalla en otras, dependiendo de si buscaba mayor control o mayor capacidad ofensiva. Pretor 24 obtendría el Baluarte Iónico y Ogenus la Armadura del Ión Santificado para mejorar su resistencia.

Partida 1
Información Vital (Vital Intelligence)

Mi oponente sería una alianza de Vigías de la Muerte (Deathwatch) y Marines Espaciales de la Guardia del Cuervo. Dos unidades de Vigías armados con Cañones de Fragmentación y una unidad de Inceptors con Exterminadores de Plasma, todas ellas unidades capaces de desplegar en cualquier lugar durante la batalla, y un Dreadnought con armas anticarro eran las amenazas principales, y en esta misión los objetivos están en una posición prefijada con lo que cada uno de mis Caballeros sería imprescindible si quería acumular puntos de victoria. El despliegue de Yunque y Martillo me favorecía, pues podía abarcar todo el ancho del campo de batalla e impedir que tropas enemigas se infiltraran hacia mi zona de despliegue, aunque no podría evitar los teletransportes ni las caídas en picado de las unidades enemigas más peligrosas.
Cada Helverin se apostó sobre un objetivo de mi zona y Ogenus permaneció cerca de ellos en los primeros turnos para mejorar su puntería y para protegerlos de cualquier despliegue sorpresivo; mientras que la Paladina, el Errante y el Archa de Guerra ocuparon el centro. El Dreadnought fue el primero en caer pues quería librarme de sus disparos lo antes posible, pero mi oponente, creo, cometió el error de desplegar sus unidades en reserva directamente delante de Pretor 24 y Alabarda de Plata en un intento de frenar su avance, en lugar de atacar a los Helverins en retaguarida cada uno de los cuales era mi única opción de tomar esos objetivos. Mientras que las armas especiales concentraban el fuego en el Errante, un Capitán de los Vigías de la Muerte equipado con retrorreactor y martillo de trueno se adelantó hacia la Paladina, pero no se esperaba lo que ocurrió a continuación. Mientras Escudero Fantasma destacaba en una operación en solitario por el flanco, acabando con unos exploradores y resistiendo buena cantidad de fuego enemigo, Pretor 24 fue finalmente abatido por los disparos; pero antes de caer el Errante sobrecargó su reactor en un Noble Sacrificio, detonando de forma espectacular y borrando del mapa al Capitán, su Bibliotecario y a buena parte de los Vigías armados con Cañones de Fragmentación. Con la muerte del Capitán antes de que llevara a cabo su demoledor asalto, el frente de Marines Espaciales se deshizo y pude consolidar mi control sobre el campo de batalla.
Si mi oponente hubiera utilizado su capacidad de despliegue por sorpresa para amenazar a mis Helverins, y creo que era muy capaz de acabar con uno o ambos en un mismo turno, yo no habría tenido tanta libertad para concentrarme sólo en avanzar.

Torneo 1 Torneo 1 Torneo 1 Torneo 1Torneo 1Torneo 1 Torneo 1 Torneo 1

Partida 2
Suministros desde el Cielo (Supplies from Above)

En esta batalla tuve que enfrentarme a un ejército de Guardia Imperial, en mi opinión uno de los oponentes más complicados para los Caballeros Imperiales. Aunque cada Comandante de Leman Russ carece de la movilidad y capacidad cuerpo a cuerpo de un Caballero Questoris, su potencia de fuego lo iguala y a veces lo supera gracias a sus diversos métodos para mejorar su precisión y cadencia de fuego. Esto unido a sus vehículos de artillería, a una ingente cantidad de tropas difíciles de desmoralizar y a su tremenda cantidad de Puntos de Mando los hace muy versátiles y capaces de ocupar el campo de batalla en una misión con objetivos móviles.
Sus primeros movimientos fueron situar tropas y vehículos rápidos en mis rutas de aproximación para negar mi avance; varias unidades de Guardias Imperiales y un Hellhound que bloquearon los escasos huecos disponibles entre las ruinas. Sus vehículos Basilisk y Leman Russ pronto hicieron notar su poder abatiendo a mi Archa de Guerra y causando graves daños a Ogenus. Mi suerte en el combate a larga distancia fue dispar, no siendo capaz de acabar con su artillería con mis Helverins ni con sus vehículos pesados con mis Caballeros Questoris. La infantería y los vehículos ligeros no hacían sino ganar tiempo mientras caían abatidos a pisotones y tajos de Espada-sierra Segadora, pero eso era todo lo que necesitaban: ganar tiempo. En mi zona de despliegue, mi único objetivo seguro escapaba a mi control constantemente flotando por encima de escenografía que mis Helverins no podían atravesar, lo cual empeoró con la llegada de una unidad de Vástagos Tempestus que contribuyó a complicar ese cometido. En el frente pude ir ganando terreno y haciéndome con objetivos, pero no los suficientes y no a un ritmo que bastara para tomar la delantera y evitar la victoria de mi rival.
En esta partida usé al Preceptor de modo totalmente ineficaz. Su capacidad anticarro tenía demasiado corto alcance y su capacidad para abatir infantería pesada no se adecuaba a las enormes escuadras de Guardias Imperiales, mientras que los Helverins en retaguardia quedaron demasiado alejados para beneficiarse de su experiencia o su apoyo. Creo que gestioné a la infantería enemiga lo mejor que pude, pero que debí concentrar el fuego de mis armas mucho más, centrarme en un vehículo cada vez y destruirlo antes de pasar al siguiente.

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Partida 3
Tierra Quemada (Scorched Earth)

Los Necrones serían mis últimos rivales del torneo, en una misión en la que es posible destruir los objetivos de la zona de despliegue del rival. Dado que él contaba con motos Cuchillas de la Cripta (Tomb Blades) y la consabida capacidad teletransportadora necrona, mi prioridad sería proteger el objetivo de mi zona de despliegue, mientras que sus tres Arcas del Juicio Final (Doomsday Arks) serían la principal amenaza.
Ya me había enfrentado antes a ejércitos similares y una lista parecida a la que usaba ese día me había dado muy bien resultado, así que cuando durante toda la partida no fui capaz de causar ni siquiera daños leves a ninguna de las Arcas mientras que éstas despedazaron mis filas turno tras turno, sólo puedo achacárselo a la mala suerte. Escudero Fantasma presentó una enconada lucha contra una unidad de Guerreros Necrones en el flanco, pero sus oponentes no dejaban de levantarse tras ser abatidos y él solo no podía evitar que capturaran el objetivo en disputa. Fracasé a la hora de defender mi objetivo y mi rival logró consumirlo, aunque fue un hecho anecdótico que no influyó en mi derrota final.

Torneo 3 Torneo 3 Torneo 3 Torneo 3 Torneo 3 Torneo 3 Torneo 3

Conclusiones

Una vez más mi enhorabuena al equipo de Estalia Córdoba por otro evento divertido y bien organizado que añadir a su ya largo palmarés.

Poco tengo que añadir a mi actuación, salvo remarcar lo que ya es sabido: los Caballeros Imperiales son un ejército de extremos, muy poderosos y resistentes, pero que pagan caros sus errores. El control de objetivos es prioritario y puede hacerse difícil con un ejército de Caballeros puro, sin aliados baratos. El Preceptor puede ser una unidad poderosa a corto alcance pero, si permanece atrás para apoyar a los Helverins, su efectividad a larga distancia se reduce a la infantería pesada y, como mucho, los vehículos y monstruos ligeros. No lo utilicé bien para rechazar las incursiones enemigas en mis zonas de despliegue y se notó mucho. Los Helverins creo que tuvieron mala suerte, su rendimiento fue muy inferior al de pasadas ocasiones similares. Habrá que ver qué deparan las batallas venideras.

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Caballeros Imperiales de Forge World en Español

Actualización de Caballeros Imperiales de Forge World en Español
Caballero Cerastus LanceroCaballero Cerastus AquerónEste enlace ya está también disponible en el artículo de cada uno de los modelos de Caballeros de Forge World, que he actualizado para reflejar fielmente las capacidades de estos colosos en la 8ª edición de Warhammer 40.000.

En un artículo anterior comentamos que warhammer-community acaba de publicar una actualización para jugar con los Caballeros Imperiales de Forge World en la edición actual de Warhammer 40.000. Desde la entrada de 8ª edición, las reglas de Caballeros Imperiales (y del Caos) de Forge World habían quedado obsoletas o relegadas a Horus Heresy, con lo que muchos jugadores prácticamente perdieron la posibilidad de seguir jugando con sus miniaturas. Con el mismo espíritu, he traducido parte del documento oficial Forge World Imperial Knights Update para todos aquellos que no manejen el habla inglesa y quieran comprobar estas reglas.

Puede accederse a él desde el primer enlace de este mismo artículo. Espero que sea de utilidad a todo Caballero, sea cual sea su lealtad, que haya visto sus miniaturas relegadas durante todo este tiempo.

 

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