Ángel de Darenne y Tiburón-Cobra, los Escualos de Charias

Escualos de Charias

Los orkos caían sobre el mundo de Vevrum como una lluvia. Sus naves espaciales eran un insulto a la vista del personal del Adeptus Mechanicus que atendía las ancestrales maquinarias de sus asentamientos, ahora puestas en grave peligro. Soldadas sin ton ni son, ensambladas a golpes e incluso excavadas en asteroides, aquellas cosas surcaban a duras penas la leve atmósfera del planeta dejando atrás estelas de llamas y de los restos que se les desprendían. Que algo así pudiera sobrevivir a una reentrada era odioso, que sobrevivieran sus salvajes ocupantes lo era aún más pero, aún así, el desprecio de los tecnosacerdotes del Dios Máquina palidecía junto a la aversión de aquel que se había erigido en su custodio.

Nadie sabía su verdadero nombre, pero llegó a lomos de una máquina tan magnífica que el fabricador general de Vevrum quiso recibirle en persona. Se hacía llamar Ogenus, y su montura era conocida como el Caballero Ahogado. Sus orígenes estaban envueltos en el misterio, pero su odio por los pielesverdes era legendario y posiblemente era lo que le había traído a un planeta desértico que la mayoría de gobernadores imperiales había rehusado auxiliar.

Vevrum era poco más que una bola de arena, pero los skitarii del cercano mundo forja de Pentrarrovanium habían descubierto hacía siglos que, en ciertos lugares, la composición de esa arena podía refinarse y producir materiales cristalinos de excelente calidad para fabricar componentes de armas láser, aislantes electrotáumicos, visores espectrovoltaicos y un sinfín de aplicaciones. El caballero poco sabía de la importancia o no de aquel mundo; su nave había recibido la señal de auxilio emitida por los asentamientos pentarrovianos y había acudido en defensa del Imperio. Tal era la lógica arcaica de aquel guerrero, tal había sido la suerte de los skitarii.

La otra cara de la moneda habían sido los orkos, caídos en aquel mundo tras salir atropelladamente del Immaterium. Quizá huyendo de alguna batalla espacial perdida, quizá lanzados a la aventura siguiendo su bárbaro instinto, cuando empezaron a descender sobre los mares de dunas que los pentarrovianos habían hecho su hogar aquel granizo de piedra y metal ya nunca se detuvo. Conscientes de la nulidad de recursos del planeta, el resto del sistema estaba dispuesto a dejar que los orkos se desgastaran en Vevrum antes de lanzar su contraataque, pero Ogenus no estuvo dispuesto a sentarse a mirar cómo los tecnosacerdotes combatían por defender su feudo sin hacer nada. Alguien le reprochó que su movimiento era poco inteligente, y que a fin de cuentas los skitarii eran mitad máquina. Su respuesta no fue tan contundente por el tono en que se transmitió como por el significado de sus palabras: eran mitad humanos y eso bastaba.

Angel de Darenne 1

Ángel de Darenne

Apostado justo ante la compuerta principal de la ciudad-factoría amurallada, el Caballero Ahogado lanzaba una salva ininterrumpida de fuego con sus colores azules destacando sobre la arena anaranjada y el rojo de los muros. Las seis bocas de su monstruoso cañón rotante estaban al rojo vivo y trazaban un círculo incandescente. Era fácil imaginar la trayectoria de sus proyectiles, sólo había que seguir las hileras de orkos despedazados como por una fuerza invisible allá donde el caballero clase Guardián dirigiera su fría mirada. Eran tantos que ni podía verse la arena bajo sus pies mientras lanzaban su carga contra un único enemigo acorazado que les miraba indolente desde sus doce metros de altura. A sus espaldas, los vigilantes skitarii apostados en lo alto de las murallas abrían fuego a su vez, sus largos fusiles emitiendo un chispazo eléctrico donde un arma convencional vomitaría un fogonazo, y derribando a un alienígena tras otro con el estallido de sus balas galvánicas. No obstante, ni siquiera todo ello era suficiente para detener la oleada orka. Paso a paso, ganaban terreno por los flancos del caballero, pues el arco de terreno frente a él era una zona de muerte ineludible. Pronto empezaron a estrellarse y a aporrear las murallas, a atropellarse y a aplastarse unos a otros, ganando altura sobre los cadáveres de sus propios congéneres. A una orden inaudible, los vigilantes se retiraron de las murallas para ser reemplazados por las temidas vanguardias radiactivas. Las ráfagas a quemarropa de proyectiles de radio no sólo acribillaron a los orkos a los pies de aquellos muros, sino que su aura ponzoñosa les restaba fuerzas para acometer la escalada.

Rodeado en todos sus frentes, el Caballero Ahogado no pudo mantener a sus enemigos a raya durante más tiempo. Activó el lanzallamas auxiliar de su brazo y retrocedió a pasos lentos, dejando tras de sí un ardiente muro que engullía orkos a docenas. Cuando los primeros golpes empezaron a repiquetear, débiles e infantiles, contra sus piernas, llegó el momento. Cerró el guantelete atronador de su otro brazo y dejó fluir la energía de su reactor por sus sistemas, cargándolo con un creciente zumbido. La energía rebosó de aquel gran puño con tal fuerza que varios orkos cayeron calcinados por la mera proximidad. Cuando descargó el golpe sobre el suelo, la arena saltó en varios círculos concéntricos mientras las ondas expansivas arrasaban a los orkos en un creciente diámetro a su alrededor. Incluso las compuertas de la factoría se agitaron como si hubieran sido embestidas por un ariete y los salvajes orkos fueron aplastados contra las murallas pese a estar a varios metros de aquel primer movimiento; el segundo fue algo que los orkos no habían previsto: aquel caballero no había acudido a la llamada de los skitarii solo.

-¡Ahora! -gritó con la voz de un dios.

La compuerta a sus espaldas se abrió deslizándose hacia el interior de las murallas, pero el abrasador sol no pasó a través del umbral. Un segundo caballero dio un paso al frente, de blindaje oscuro como la noche, y cargó por la derecha de Ogenus blandiendo su espada-sierra como una guadaña. Un tercer gigante traspuso las puertas con su armadura de plata resplandeciendo, mantuvo la posición mientras las murallas volvían a cerrarse a sus espaldas y dirigió el cañón que portaba en cada brazo a zonas opuestas, a cada lado de los dos compañeros que se enzarzaban en cuerpo a cuerpo. Por la izquierda, su cañón gatling demostró ser tan mortífero como el de Ogenus barriendo ese flanco, mientras que su cañón de batalla inició un lento y demoledor martilleo sembrando el terreno a su derecha de explosiones que hacían volar orkos a docenas.

-Alabarda, mantén al enemigo lejos de las puertas. Pretor conmigo.

Las órdenes de Ogenus eran rápidas y concisas, pero aterradoramente serenas. La caballero plateada no se movió mientras descargaba sus armas, los otros dos se abrieron paso hombro con hombro, pisoteando a los orkos tanto como les atacaban con sus armas. Un solo caballero había sido capaz de contener el interminable mar pielverde; tres estaban consiguiendo hacerlo retroceder. Ni siquiera las mentes inundadas de directrices lógicas de los skitarii pudieron evitar un sentimiento de orgullo al presenciar la metódica ejecución del contraataque de los caballeros y la masacre resultante. Era una representación visual, viva, de la superioridad de la máquina sobre la carne. Alabarda de Plata protegía a los otros caballeros, los skitarii la protegían a ella y mientras Ogenus y Pretor 24 se erguían como dos rompeolas gemelos contra los que la oleada alienígena se estrellaba una y otra vez.

Pretor 24 ni siquiera había empleado aún su cañón termal, concentrado únicamente en aplastar y ejecutar amplias siegas con su espada-sierra que reducían filas enteras de enemigos a amasijos de carne y sangre. Su arma eran tan monstruosa y su potencia tal que los falibles cuerpos orkos no eran cercenados, sino triturados a su paso. El Errante tenía experiencia en combatir contra hordas tras años rechazando a los tiránidos en Ultramar y ahora daba justo uso a lo aprendido.

Había pasado mucho tiempo desde que Alabarda de Plata combatiera inmersa en el frente. Había vagado solitaria por el Imperio, embarcándose en una flota del Astra Militarum tras otra allá donde hubiera conflicto, pero manteniéndose siempre alejada de los demás incluso en combate, donde se posicionaba para el bombardeo a larga distancia. No toleraba la cercanía de enemigos ni amigos y tenía buenos motivos para ello, pero Ogenus la había convencido de que las circunstancias eran apremiantes en aquel momento de modo que allí estaba, erguida, saturada por los datos de vectores balísticos con que el espíritu máquina de su montura la acribillaba y eligiendo los más adecuados para reducir el flujo de orkos alrededor de sus compañeros.

Tiburon Cobra 1

Tiburón-Cobra

-Alabarda, ajusta más tu fuego a nuestro alrededor -le ordenó la voz de Ogenus por el canal de voz que sólo ellos tres compartían.

-¡No puedo ajustar más los vectores! -respondió ella con signos de estrés más que evidentes-. ¡Os alcanzaría a vosotros!

-Son demasiado para andar con miramientos -la voz de Ogenus permanecía inflexible aún mientras el Caballero Ahogado rechazaba orkos a patadas-. Mejor un impacto fortuito tuyo que otro golpe de sus mecanogarras.

Alabarda apretó los dientes y cerró aún más el arco de disparo de sus armas, pero una visión cruzó entonces su mente, emborronando por un instante sus marcadores de objetivos. Una instantánea acusación, sin palabras, sin gestos; sólo cuatro pares de ojos muertos fijos en ella, vacíos como las cuencas de las calaveras de los muertos. Casi pudo oír la acusación que sus labios inexistentes vertían sobre ella: “mataste a tus aliados”.

La impecable precisión de la Cruzada flaqueó a ojos vista. Sus precisas ráfagas y metódicos impactos de artillería se dispersaron alrededor de Ogenus y Pretor 24. Los xenos eran tantos que aún así las bajas siguieron siendo considerables, pero la zona de exterminio se difuminó y los pielesverdes pudieron ganar terreno. Con una maldición, Alabarda de Plata redujo el alcance de sus disparos para detener la nueva oleada que ahora amenazaba su propia posición, llegando al extremo de necesitar el uso de su lanzallamas y ametralladoras auxiliares. Ogenus volvió la vista atrás para evaluar la situación. La Cruzada alzó su yelmo, mirándole, esperando un reproche, pero el Caballero Ahogado tan sólo asintió. La misión de Alabarda de Plata era proteger la puerta; la de ellos era simplemente facilitárselo.

La ciudad resistía con su único punto débil convertido en el escollo más brutal para los asaltantes gracias al trío de desarraigados. Pero los orkos no habían puesto todos sus recursos en un asalto en masa, como cabría esperar. Sus mekanikoz habían estado canibalizando las armas y motores de sus naves para equipar peñaz enteras contra los muros de la ciudad, mientras que los blindajes eran utilizados para construir dreadnoughts, lataz azezinaz y motokópteroz por docenas para asediar sus puertas. Ambas ideas serían igualmente adecuadas para hacer frente a los caballeros.

Aquellos engendros empezaron a asomar sobre las dunas con sus tubos de escape oscureciendo el aire, sus patas articuladas dando zancadas de lado a lado y los precarios kópteroz monoplaza zigzagueando. Los skitarii fueron los primeros en divisarlos, pero sus escasos tiradores transuránicos eran los únicos con alcance suficiente para responder a su amenaza. Andanadas de gran calibre, proyectiles de energía y haces tractores provenientes de grupos de zakeadorez y tipejoz vazilonez golpearon al Guardián y al Errante con fuerza suficiente para hacerles tambalearse por primera vez mientras el frente de andadores de combate descendía las pendientes arenosas apartando a los orkos a su paso como niños que llegaran tarde a reclamar su lugar en un juego.

Ogenus intentó disparar su cañón vengador sobre los artilugios voladores que le sobrepasaban en dirección a la ciudad, pero los orkos se apelotonaban a su alrededor de tal manera que no podía maniobrar, mientras que Pretor 24 experimentaba la misma dificultad al intentar abrir fuego sobre los bípodes que se aproximaban.

-¡Estamos empantanados! -protestó el Errante-. ¡Alabarda, quítanoslos de encima!

-¡No puedo! -respondió ella con desesperación- ¡Estoy combatiendo cuerpo a cuerpo y estos orkos usan granadas, si me muevo de aquí podrían dañar la puerta!

Sopesando la situación en apenas un parpadeo, Ogenus vio que la Cruzada estaba casi de espaldas contra la compuerta. Negándose a desacatar la orden que él mismo le había dado, permanecía firme en su posición blandiendo sus cañones como garrotes y trazando rugientes arcos con su lanzallamas para mantener la ciudad intacta mientras los skitarii hacían cuanto podían por enfrentarse al asalto aéreo. Él y Pretor 24 estaban solos. Apenas podían moverse en la ciénaga encharcada de sangre en que habían convertido el arenal a su alrededor, y sus blindajes no dejaban de rechinar bajo la intensa y variopinta lluvia de fuego que les caía desde lo alto de las dunas; aún así el Errante partió en dos al primer monstruo mecánico que se le acercó. Cada uno de los caballeros doblaba en tamaño a los más grandes de los bípodes xenos, pero ser rodeados por ellos sería mucho peor que ser asediados por orkos a los que podían pisotear fácilmente.

-Aquí Peltastas de la Luz llamando a Arvias Mikkon. Vectores P4-K1-Mármol y P7-B2-Obsidiana. Preparaos.

Sólo Ogenus reconoció aquellos códigos, y no era para menos pues aquella comunicación desconocida le había llamado por su propio nombre, un nombre que sólo su verdadera familia podía saber. Dejando las conjeturas para después, previno a Alabarda de Plata y Pretor 24 de una inminente barrera de artillería utilizando un código de coordenadas que pudieran comprender.

Como un cataclismo profetizado, los proyectiles empezaron a caer en dos puntos muy concretos. Uno de ellos fueron las inmediaciones de Alabarda de Plata, donde el fuego de cañones automáticos de gran potencia salpicó y disgregó las compactas filas orkas lo suficiente como para que la Cruzada pudiera liberarse y volver a hacer cantar sus armas. El otro fueron las formaciones de zakeadorez de la lejana duna, levantando una nube de arena y cuerpos reventados con cada impacto.

Los vigilantes skitarii señalaron a lo alto de una lejana duna al este, donde una pareja de bípodes se había apostado y descargaba sus armas con una precisión espectacular. Informaron a Ogenus de sus inesperados aliados, su modelo y los colores que lucían, pero él ya había deducido hasta el último detalle. Sus colores ajedrezados rojos y verdes eran los de la casa Mikkon, su antigua casa, y los Peltastas eran las formaciones de escoltas modelo Helverin que habían servido a su lado durante generaciones, a menudo formadas por miembros de su propia familia.

Angel de Darenne 2

Ángel de Darenne

Alabarda de Plata descargó sus armas con furia desmedida haciendo a sus compañeros el mismo favor que los Helverins le habían hecho a ella. Cuando Pretor 24 se hubo zafado de la legión de hormigas pielesverdes, su cañón termal y su rifle de fusión hicieron su debut fundiendo a tres de las lataz azezinas en una cegadora ráfaga de microondas, para inmediatamente después lanzarse a la carga sobre el suelo de cristal fundido para interceptar el avance de los demás ingenios orkos. Ogenus le siguió uniendo su cañón gatling vengador al fuego de los Helverins para despejar la duna de artillería enemiga antes de lanzarse a la refriega.

Al ver que el empuje de su horda flaqueaba, los pilotos de los motokópteroz desistieron en su asedio. No importaba a cuántos pudieran acribillar en lo alto de las murallas si no iban a poder bajar para recoger su botín, de modo que el enjambre de máquinas voladoras se desvió hacia el este, hacia aquella pareja de máquinas humanas de aspecto más pequeño, vulnerable y apetitoso. Los Helverins mantuvieron la posición dirigiendo sus cañones directamente hacia ellos. Aún a aquella gran distancia, su pericia era aterradora contra blancos tan veloces y de movimiento tan irregular como los kópteroz, que empezaron a estallar y caer a la arena envueltos en grasientas nubes de humo y llamas. Casi la mitad de ellos fueron derribados antes de tener a sus víctimas a distancia de asalto, pero entonces éstas pusieron en acción otra temible e inesperada arma. Al mismo tiempo, los Helverins dieron media vuelta y echaron a correr a largas zancadas por la arena en dos direcciones diferentes. Kohetez y ráfagas de akribillador empezaron a caer tras ellos, pero los bípodes rivalizaban en velocidad con sus enemigos voladores y no sólo eso, sino que cada uno se movía para poner a sus perseguidores a tiro de su compañero y eran capaces de maniobrar y hacer blanco incluso en plena carrera, mientras que los orkoz se veían incapaces de darles alcance.

Cuando los pilotos de kópteros supervivientes se dieron cuenta de que los ágiles bípodes no sólo habían estado aniquilándolos, sino que habían estado haciéndoles perder el tiempo, fue demasiado tarde. Pues los Helverins no habían aparecido de la nada en el desierto, estaban actuando como avanzadilla del contingente pentarroviano enviado para liberar los yacimientos de Vevrum. Las barcazas gravitatorias Skorpius asomaron por el horizonte a tiempo de contemplar cómo la ciudad y los caballeros aún resistían. El frente de dreadnoughts orkos había sido detenido antes siquiera de acercarse a las murallas y éstas ofrecían un fuerte contraste entre su superficie cubierta de impactos y salpicaduras de sangre orka y la pátina impoluta de la compuerta ante la que aún se erguía la Cruzada plateada. Los orkos se vieron en peligro de ser atrapados entre el yunque inamovible de los caballeros y el martillo que se cernía sobre ellos, de modo que se retiraron para maquinar, literalmente, su siguiente ataque.

Los tecnosacerdotes insistieron de un modo mucho más solícito, más humano de lo que era su costumbre, en que los caballeros les permitieran reparar y rearmar sus armaduras y atender a los honorables espíritus máquina que habían sido sus salvadores. A la lanza Peltastas de la Luz le fue concedido el honor de entrar en primer lugar en la factoría y, al verlos, Ogenus se vio asaltado por su pasado, de cuando su propio caballero tenía el nombre de Escudo del Destino y lucía aquellos mismos colores, antes de que su fracaso en Charias le costara la vida a su alto rey Johanse Mikkon. Para su sorpresa, los dos jóvenes que descendieron de aquellas monturas le eran muy familiares, pero mucho mayores de lo que recordaba. Eran Naisa y Rodersen Mikkon, hijos del hermano y la hermana de su madre respectivamente; primos entre sí, y primos suyos.

Alabarda de Plata había conocido a Ogenus desde hacía dos años, Pretor 24 desde hacía más de seis, ninguno le había visto sonreír hasta aquel día y mucho menos fundirse en un abrazo con nadie, pero recibió a aquellos dos críos como a alguien largo tiempo añorado. Tras las oportunas presentaciones Ogenus, o Arvias como los Mikkon le llamaban, fue requerido a una reunión familiar. El Caballero Ahogado declaró que no tenía secretos para los que ahora eran sus hermanos de lanza, de modo que éstos estuvieron presentes.

Al parecer Darenne, hija de Johanse, gobernaba la casa Mikkon mientras Tybernas pasaba por un trance terrible. El mundo natal de Ogenus se había sumido en guerra contra una oleada invasora de fuerzas del Caos. Un contingente de los marines traidores de los Devoradores de Mundos se había aliado con varias lanzas de caballeros renegados que compartían su gusto por la sangre y la masacre. Ante tal fuerza combinada, incluso los Mikkon sufrieron graves pérdidas antes de poder rechazar sus asaltos y limpiar su órbita de naves enemigas. El planeta Tybernas había sido saqueado, grandes extensiones de terreno abrasadas y la población diezmada. Por ello la alta reina había llamado a las armas a todos los efectivos de su casa dispersos por el Imperio para recomponer sus filas. Los Mikkon debían ahora ocuparse de su propio hogar.

Tomar los votos del desarraigado era un derecho que asistía a todo caballero. Significaba la ruptura de sus lazos de sangre y de lealtad con su casa y su declaración de que, en efecto, se embarcaba en una cruzada en solitario en la que no debía obediencia a nadie más que a su propia conciencia. La reina Darenne sabía esto tan bien como cualquier otro caballero, y aún así había enviado a dos de sus más cercanos escoltas a seguir el rastro de las hazañas del Caballero Ahogado hasta dar con él. El mensaje estaba muy claro: la situación era grave y la reina llamaba al que fuera guardia real de su padre a su lado.

Tiburon Cobra 2

Tiburón-Cobra

El corazón de Ogenus se encogió ante el relato que se desplegaba ante él, pero volvió a latir aliviado al saber que los Mikkon se habían impuesto una vez más a las amenazas que el destino tenía reservadas para ellos. Tybernas había sufrido graves pérdidas, pero aún se alzaba y su casa aún era soberana en sus dominios. Un duro revés, pero no peor que los que se habían sufrido en el pasado. Ser reclamado una vez más por su casa era un honor, pero Ogenus explicó a sus primos que fuera de su sistema había encontrado todo un universo desesperadamente necesitado de su ayuda. Durante casi quince años su crucero había surcado el espacio sin encontrar nunca un momento de ocio. Siempre había una señal de socorro, una llamada a las armas, una cruzada, un asedio, una invasión, defensa, marcha o conflicto en el que el ser humano precisaba de un protector. Había marchado junto al Astra Militarum, había combatido codo con codo con los Adeptus Astartes y las Adepta Sororitas e incluso se había sometido de motu propio al liderazgo de la Inquisición, experiencia esta última que había evitado desde entonces. El Imperio era infinitamente más extenso que un solo planeta, un sistema o incluso un sector. Allá a donde se moviera miles de almas suspiraban aliviadas al saber que combatiría por ellos allá donde no fueran capaces. Encontró a Pretor 24 combatiendo en un conflicto a tres bandas entre Ultramarines, Tiránidos y T’au. Alabarda de Plata servía como artillería móvil en un regimiento de Cazadores de Alimañas de Cardoval II cuando se unieron a su lucha contra guardias imperiales desertores. Ambos habían estado vagando como él y accedieron a acompañarle en su nave. Ahora formaban su propia lanza y su propia casa, una casa sin nombre ni tradición, formada por los lazos de la lealtad que los defensores de la Humanidad se profesan unos a otros.

Al igual que el resto de su casa, Naisa y Rodersen nunca creyeron que Arvias mereciera el exilio por un fracaso del que nadie salvo él mismo le consideraba culpable. Ambos empatizaron con su primo y sus argumentos, pero aún siendo de más baja graduación que él eran caballeros y su deber era acatar las órdenes de su alta reina. Cuando insistieron en que les acompañara de vuelta a Tybernas, Ogenus hizo valer sus votos. Sobre su alma aún pesaba la lápida de Johanse Mikkon y no podría volver a su hogar ni mirar a los ojos a su familia mientras no hubiera expiado su culpa. Deberían regresar sin él.

Los escoltas eran elegidos no sólo por sus habilidades marciales y su arrojo en batalla, sino por su entrega a la hora de vincular los yelmos mechanicum con que se unían a sus armaduras a los tronos mechanicum de sus superiores. Ello no sólo les permitía actuar en perfecta sincronía con los movimientos y deseos de su líder, sino que forjaba un poderoso lazo de lealtad. Por ello fueron incapaces de hacer lo que Ogenus les decía; no sólo iba contra las órdenes de Darenne, sino que implicaba estar de acuerdo con él en que merecía su autoimpuesto destierro. De modo que hicieron algo fuera de lo común en las crónicas de los Mikkon.

La lanza Peltastas de la Luz tomó los votos del desarraigado allí mismo, en el asentamiento de Vevrum, e hicieron el juramento de acompañar al que fuera Arvias Mikkon a donde quiera que su cruzada le llevase. Lucharían junto a él en defensa del Imperio, le ayudarían a restablecer su honor como fuera que él considerara necesario y le devolverían sano y salvo a Tybernas, cumpliendo así los deseos de todos los Mikkon. Ambos habían demostrado ya su habilidad como guerreros, pero Ogenus les reprochó su juventud. No podían renunciar a sus ancestros, sus tradiciones y su casa por su culpa, eso sólo le haría sentirse más agraviado aún; pero no había nada que él pudiera hacer para evitarlo salvo abandonarles a su suerte, y ya había abandonado a su familia una vez.

Así fue como los Peltastas de la Luz fueron rebautizados como los Escualos de Charias y se unieron al Caballero Ahogado y su lanza de desarraigados. Su primo había elegido sus colores de desarraigado por los azules océanos de Charias en los que se hundió, de modo que ellos eligieron los suyos de entre los depredadores marinos más feroces de aquel mundo. Rodersen asumió los colores y el nombre del tiburón-cobra. Naisa eligió a la temida manta ángel, pero se aseguró de que su primo tuviera siempre presente que su Reina le reclamaba y que, Desarraigado o no, no podía desoír la llamada de su Casa. Además, su único medio de librarse de ellos sería volver a Tybernas, de modo que Naisa se haría llamar Ángel de Darenne.

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